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La inteligencia artificial ya está en casi todas partes dentro de la empresa, pero el dinero sigue contando otra historia. El 89% de las organizaciones la adopta y el 80% de los empleados dice haber ganado productividad, aunque solo el 37% de las compañías reporta un impacto positivo en su EBIT.
Adoptar IA ya no garantiza que llegue al balance
El contraste se vuelve más nítido cuando se mira la escala. El 44% de las empresas aplica la IA de forma masiva, frente al 38% registrado en 2025, y el 56% ya la usa en tres o más áreas corporativas, por encima del 51% del periodo anterior.
Solo el 6% de las empresas de alto rendimiento obtiene al menos un 5% de aporte al EBIT por la IA, y esa cifra sigue estancada.
Carlos Fernández Naveira, socio de McKinsey & Company, sitúa ahí la primera diferencia entre quienes corren y quienes solo prueban herramientas.
"Existen organizaciones que están desplegando la IA mucho más rápido comenzando a ver el impacto y creando mayor valor gracias a esta tecnología". - Carlos Fernández Naveira, socio de McKinsey & Company
No todas avanzan al mismo ritmo, ni con la misma ambición. Entre las corporaciones con ingresos superiores a 1.000 millones de dólares, el despliegue masivo llega al 54%, los chatbots alcanzan al 64% y los agentes de codificación de software ya están presentes en el 31%.
Las grandes compañías empujan y las pequeñas frenan
También en los agentes autónomos aparece una brecha clara. En las grandes corporaciones su uso asciende al 40%, frente al 27% de 2025, mientras en las compañías más pequeñas la adopción sigue detenida en el 22%.
Esa distancia ayuda a entender por qué el 32% de los encuestados asegura que su organización ya ha renunciado a comprar al menos un producto o una función de software comercial para desarrollarlo internamente, una decisión que encaja con el coste creciente de los tokens. Cuando una empresa elige construir por su cuenta, no solo cambia de proveedor, también rediseña su dependencia tecnológica.
Carlos Fernández Naveira describe ese movimiento como un aumento de autonomía en las decisiones sobre qué construir, cómo rediseñar procesos y qué soluciones comprar.
"La implantación de la IA y agentes de desarrollo de software es uno de los dominios con mayor impacto. La tendencia que vemos en las organizaciones es el incremento en autonomía, seleccionando que construyen, cómo rediseñan los procesos y qué soluciones compran". - Carlos Fernández Naveira, socio de McKinsey & Company
Mientras tanto, el 28% de las firmas dedica más del 10% de su presupuesto tecnológico a la IA. Y un 20% identifica el coste del procesamiento de datos y tokens como freno, una presión que sube al 25% en tecnología y al 24% en instituciones financieras.
El cambio real aparece cuando se rediseña el trabajo
Hay un dato que separa la implantación superficial del cambio profundo. El 74% de las organizaciones de alto rendimiento ha rediseñado por completo sus procesos de trabajo, frente al 25% del resto del mercado, una brecha que recuerda a el salto de asistentes a agentes, donde la clave ya no consiste en responder sino en ejecutar.
Carlos Fernández Naveira vuelve sobre esa idea al hablar del uso que hacen las empresas que mejor rinden.
"Las empresas que lideran el mercado no usan la IA solo para reducir costes, sino para reinventar la forma en que trabajan". - Carlos Fernández Naveira, socio de McKinsey & Company
Ahí aparece otra tensión menos visible, porque la productividad no se reparte igual dentro de la organización. El 47% de los mandos intermedios y empleados reporta presión laboral o efectos negativos vinculados a la tecnología, frente al 31% de la alta dirección.
Un dato más complica el relato del reemplazo automático.
El 39% de los encuestados prevé recortes de plantilla durante el próximo año por el impacto de la IA, pero el año pasado solo el 14% de quienes anticipaban esas reducciones llegó a ejecutarlas. Entre la expectativa y la realidad sigue habiendo una distancia considerable, justo igual que entre adoptar IA y convertirla en beneficio medible.
Carlos Fernández Naveira resume la diferencia entre unas compañías y otras en una combinación muy concreta, innovación y crecimiento junto a una gestión rigurosa de los riesgos y un apoyo decidido de la dirección. La paradoja queda servida con cifras difíciles de ignorar, porque la IA ya está adoptada por el 89% de las organizaciones, pero solo el 37% logra que ese despliegue aparezca de forma positiva en el EBIT.