La IA ya llega al 20,3% de las empresas en España, pero mecánicos, electricistas y taxistas dicen que no sustituye el criterio

España alcanza un 20,3% de adopción empresarial de IA en 2025, lejos del 35% de los países nórdicos. Naciones Unidas calcula que la automatización podría poner en riesgo el 40% de los empleos en la próxima década.

02 de junio de 2026 a las 10:42h
La IA ya llega al 20,3% de las empresas en España, pero mecánicos, electricistas y taxistas dicen que no sustituye el criterio
La IA ya llega al 20,3% de las empresas en España, pero mecánicos, electricistas y taxistas dicen que no sustituye el criterio

La inteligencia artificial llega envuelta en cifras de vértigo, pero cuando uno baja al taller, al taxi o al cuarto de costura, la discusión cambia de tono. Naciones Unidas calcula una pérdida del 40% de empleos en la próxima década por su irrupción, aunque en muchos oficios el pulso diario sigue dependiendo de ojos, manos y criterio.

España adopta la IA, pero lo hace a un ritmo desigual

Vicente Salas, profesor de la Universidad de Zaragoza, sitúa la tasa de adopción empresarial de inteligencia artificial en España en el 20,3% en 2025. No es una cifra menor, aunque queda lejos de los países nórdicos que ya superan el 35%.

Dinamarca, Finlandia y Suecia rebasan ese umbral, mientras Rumanía, Polonia, Bulgaria y Grecia permanecen por debajo del 10%. Europa, vista así, no avanza como un bloque compacto, sino como un mapa partido en velocidades distintas.

Esa brecha ayuda a entender por qué el debate sobre el empleo no suena igual en una oficina que en un oficio manual. La automatización puede extenderse con rapidez en unos sectores, mientras en otros choca con tareas donde cada caso aparece torcido de una manera diferente.

En el taller la pantalla ayuda, pero la avería no siempre obedece

Julio Lorenzo, mecánico en Midas con 35 años de experiencia, describe un cambio muy concreto en su rutina. Ahora, cuenta, pasa más tiempo con el ordenador y con las tablets.

"En el cribado que tienes que hacer al detectar una avería, te reduce un poquito las posibilidades" - Julio Lorenzo, mecánico en Midas

La frase importa por lo que concede y por lo que niega. La máquina acota, filtra y ordena, pero no resuelve por sí sola el rompecabezas completo que plantea un coche cuando varios síntomas apuntan en direcciones engañosas.

Lorenzo lo explica con una escena conocida en cualquier reparación compleja. A veces el sistema señala el fallo en un elemento, pero el origen real está en otro, y ahí entra una experiencia acumulada durante décadas que no cabe en un diagnóstico automático.

También marca un límite físico muy claro cuando llega el momento de desmontar y sustituir piezas. A la hora de cambiar las piezas, la IA no va a cambiar nada, resume desde un oficio donde el conocimiento digital convive con grasa, herramientas y tacto.

Modificar una instalación exige leer el lugar, no solo el plano

Desde otro oficio manual, Ismael Gómez Dacuña, electricista en Electricidad Varela, rechaza la idea de una sustitución total. Su argumento no gira en torno al miedo a la tecnología, sino a la naturaleza misma del trabajo.

"Imposible que una inteligencia artificial sustituya el trabajo que realiza una persona en este oficio" - Ismael Gómez Dacuña, electricista en Electricidad Varela

Luego introduce una distinción que suele perderse en los discursos generales sobre automatización. No es lo mismo preparar una obra en una fábrica para transportarla y colocarla que modificar instalaciones ya existentes, con sus sorpresas, sus límites y sus remiendos previos.

Ahí cada pared cuenta una historia propia. Un plano puede parecer limpio en pantalla, pero una instalación antigua obliga a interpretar lo que otros hicieron antes, detectar anomalías y decidir sobre la marcha.

La costura y el taxi recuerdan que trabajar también es interpretar personas

Conchi Prado, modista con tienda en el Centro Comercial Camelias, lleva la discusión a un terreno menos visible y igual de decisivo. En su trabajo, dice, hacen falta conocimientos de base para afrontar lo que entre por la puerta.

No habla solo de coser mejor o peor. Habla de leer un encargo, imaginar cómo caerá una tela, detectar qué pide realmente la clienta y aplicar un criterio propio ante situaciones que no llegan estandarizadas.

"Yo confío solo en mi criterio" - Conchi Prado, modista con tienda en el Centro Comercial Camelias

En el taxi ocurre algo parecido, aunque la herramienta principal no sea una aguja sino la conversación. Blanca Vila García, taxista con 26 años de experiencia, sostiene que ninguna máquina podrá sustituir el valor humano que aparece dentro del vehículo.

Su descripción va mucho más allá del trayecto. El taxi no es solo llevar a alguien de un punto A a un punto B, porque también incluye psicología, cercanía y un servicio social que aflora cuando hay pasajeros que hablan de problemas familiares, económicos o de salud.

La discusión de fondo no está en la velocidad, sino en las preguntas

Wolfgang Münchau, director de Eurointelligence Ltd, lleva esa intuición al plano intelectual en Cuadernos de Información Económica de Funcas. Para él, la inteligencia artificial carece de creatividad genuina o capacidad para formular preguntas originales.

Esa observación conecta con lo que cuentan un mecánico, un electricista, una modista y una taxista desde contextos muy distintos. La dificultad no siempre consiste en procesar datos más deprisa, sino en detectar qué problema hay realmente delante y cómo responder cuando el caso no encaja.

Entre el 40% de empleos en riesgo que calcula Naciones Unidas y el 20,3% de adopción empresarial en España aparece una paradoja incómoda. La inteligencia artificial ya entró en el trabajo, pero en muchos oficios todavía necesita algo que no sale en la pantalla cuando el diagnóstico falla y alguien pide, simplemente, criterio.

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