La inteligencia artificial llegó para quedarse, pero su recepción entre los más jóvenes no es la que muchos esperaban. Si en 2025 había un cierto entusiasmo, casi un aire de expectación por lo que la IA podía aportar, un año después ese ánimo se ha enfriado de forma notable. Un estudio realizado entre 1.572 jóvenes de la Generación Z revela que el entusiasmo ha caído más de un tercio del 36% al 22%. El optimismo también se ha desinflado, pasando del 27% al 18%, mientras que la rabia o el enfado han crecido de forma preocupante del 22% al 31%. Algo está fallando en la relación entre la juventud y la tecnología que supuestamente va a definir su futuro.
Una generación dividida entre usarla y temerla
A pesar del malestar, hay una paradoja evidente más de la mitad de los jóvenes el 51% utiliza la IA al menos una vez por semana. No es amor, no es entusiasmo, pero tampoco rechazo total. Es lo que Zach Hrynowski, investigador senior de educación en Gallup, llama una aceptación pragmática. Los jóvenes usan la IA porque saben que no pueden eludirla, no porque confíen en ella. Es como si, frente a un río en crecida, decidieran nadar no por deseo, sino por necesidad. Y mientras más mayores son dentro de esta generación, más crece la rabia hacia la IA, especialmente por la percepción de que amenaza sus futuros empleos.
El miedo al desplazamiento laboral no es una sospecha vaga. Los datos lo respaldan. Según The New York Times, casi la mitad de los jóvenes de la Generación Z el 48% considera que los riesgos de la IA en el mercado laboral superan con creces sus beneficios. Y el 80% cree que depender de esta tecnología a largo plazo es un obstáculo para el aprendizaje autónomo. No quieren convertirse en operadores de máquinas inteligentes, sino en personas capaces de pensar por sí mismas.
Sabotaje silencioso en las oficinas del futuro
Este descontento no se queda en el plano emocional. Ha trascendido a las prácticas laborales. Un informe de la empresa Writer y la consultora Workplace Intelligence, basado en más de 2.400 trabajadores en Estados Unidos, Reino Unido y Europa, revela un fenómeno inquietante el 29% de los empleados admite haber saboteado de alguna forma la estrategia de IA de su empresa. Y entre la Generación Z, esa cifra se dispara hasta el 44%. No estamos hablando de actos vandálicos, sino de resistencia cotidiana.
- Introducir información confidencial en herramientas de IA públicas
- Usar aplicaciones no autorizadas para tareas laborales
- Negarse a adoptar las herramientas oficiales
- Manipular evaluaciones de desempeño para ocultar el uso de IA
Estas conductas no surgen del capricho. El 30% de quienes las practican lo hacen por miedo a perder su empleo. Hay una sensación extendida de que la IA no está aquí para ayudarles, sino para reemplazarles. Y cuando las máquinas aprenden más rápido, trabajan sin descanso y no reclaman derechos laborales, el temor no parece infundado.
La amenaza desde arriba
Mientras los empleados resisten desde abajo, los mandos se preparan para actuar desde arriba. El 60% de los directivos asegura estar considerando prescindir de aquellos trabajadores que se nieguen a adoptar la IA. Y el 69% tiene previsto llevar a cabo despidos vinculados a esta tecnología en los próximos meses. Es un círculo vicioso los jóvenes temen que la IA les quite el trabajo, se resisten a usarla, y esa resistencia se convierte en una razón para despedirles. La paradoja está servida.
"Los jóvenes están atrapados entre la obligación de usar la IA y el temor a que esa misma herramienta les haga obsoletos" - Zach Hrynowski, investigador senior de educación en Gallup
Este conflicto no es solo técnico, ni siquiera económico. Es profundamente humano. Habla de identidad, de propósito, de qué significa trabajar cuando las máquinas pueden hacerlo mejor. La Generación Z no rechaza la innovación, pero tampoco quiere ser su víctima. Exige una transición justa, no una imposición acelerada sin diálogo. Y si las empresas y las instituciones no escuchan, el sabotaje no será solo silencioso, sino masivo. Porque al final, ninguna tecnología puede funcionar si quienes la usan le han declarado la guerra sin palabras, pero con acciones. Y en esa guerra, todos pierden.