Hay un nuevo protagonista en la carrera por el control de la inteligencia artificial. No es un gigante tecnológico, ni un superordenador en un centro de datos. Es un pequeño dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito que lleva más de una década democratizando el acceso a la programación y la computación. Hablamos de Raspberry Pi, esa especie de ordenador-en-miniatura que se convirtió en símbolo de la educación digital y ahora, de forma inesperada, está volviendo al centro del debate. Esta vez no por su bajo coste, sino por su papel en un fenómeno emergente los agentes autónomos de inteligencia artificial.
El auge silencioso de los agentes de IA
Los modelos de inteligencia artificial han evolucionado rápidamente ya no se limitan a responder preguntas o generar texto. Ahora existen sistemas capaces de tomar decisiones, ejecutar tareas y actuar por su cuenta. OpenClaw es uno de ellos. Se trata de un agente de IA, es decir, un programa que puede lanzar scripts, interactuar con servicios externos, navegar por internet o rellenar formularios sin intervención humana constante. Estos agentes no solo piensan, también hacen.
La novedad no es solo lo que pueden hacer, sino cómo lo hacen. En muchas configuraciones, el modelo principal de IA se ejecuta en la nube, en servidores potentes y especializados, mientras que el dispositivo local como una Raspberry Pi actúa como coordinador. Gestiona la sesión, llama a las APIs necesarias y ejecuta las acciones en el entorno del usuario. Es como tener un asistente digital que delega el trabajo pesado a una oficina remota, pero que lleva el timón desde casa.
Raspberry Pi, de aula a centro de control
Con este cambio de rol, el viejo ordenador de bajo coste ha adquirido un nuevo estatus. Según Reuters, las acciones de Raspberry Pi han subido hasta un 43% en paralelo al creciente interés por OpenClaw y otros sistemas similares. Lo que antes era un juguete para estudiantes se convierte en nexo de control para sistemas autónomos.
La ventaja está en la separación. Dar acceso profundo al sistema operativo a un agente de IA puede ser arriesgado. Que un programa interactúe con tus archivos, tu navegador o tus servicios locales no es algo que deba tomarse a la ligera. Aquí entra en juego la Raspberry Pi como una especie de cápsula de contención. Usarla como entorno aislado permite limitar los daños si algo sale mal. Si el agente comete un error o actúa de forma inesperada, el impacto se queda confinado en un dispositivo pequeño y desacoplado del equipo principal.
¿Seguridad o espejismo?
Este enfoque suena inteligente, pero no todos están convencidos. The Register ha cuestionado la lógica de usar una Raspberry Pi para estas tareas. Para ellos, la esencia del dispositivo siempre fue su bajo precio, su accesibilidad. El atractivo histórico del dispositivo era su bajo precio, recuerdan. Pero ese encanto se ha desvanecido en parte. Los aumentos en el coste de la memoria han encarecido los modelos más potentes. Un Raspberry Pi 5 con 16 GB de RAM puede superar los 200 dólares, una cifra difícil de justificar si lo que necesitas es simplemente un intermediario.
Además, hay alternativas. Existen herramientas como Ollama o llama.cpp que permiten ejecutar modelos pequeños directamente en dispositivos locales, sin necesidad de depender tanto de la nube. Y eso se puede hacer incluso en una Raspberry Pi 4 o 5, siempre que tenga suficiente memoria. Pero la pregunta persiste ¿merece la pena construir un ecosistema entero en torno a un dispositivo que ya no es tan económico?
El futuro en un chip del tamaño de una mano
Lo que está en juego no es solo el futuro de Raspberry Pi, sino cómo vamos a interactuar con la IA en los próximos años. Si los agentes autónomos se popularizan, es posible que necesitemos dispositivos físicos que actúen como interfaces seguras, como centros de mando personales.
Si los agentes autónomos se popularizan, muchos usuarios podrían acabar recurriendo a estos dispositivos físicos
La imagen que surge es casi cinematográfica cada hogar con su pequeña caja ejecutando órdenes, tomando decisiones, gestionando tareas mientras nosotros dormimos. Un escenario fascinante, pero también inquietante. Y en medio, ese pequeño ordenador que nació para enseñar a programar a los niños, ahora al borde de convertirse en guardián de nuestra vida digital.
Toca esperar para saber si finalmente el movimiento que acaba de anticipar el mercado acabará convirtiéndose en realidad. Mientras tanto, la Raspberry Pi, ese trocito de tecnología humilde, sigue demostrando que a veces, lo pequeño mueve lo grande.