En la vasta estepa austral de la Patagonia argentina, donde el viento parece esculpir el tiempo y la tierra guarda silencios milenarios, ahora resuenan debates de otro tipo no solo sobre glaciares o minería, sino sobre chips, datos y soberanía. Allí, en medio de un paisaje remoto, se discute el futuro de una nación frente al avance imparable de los gigantes tecnológicos. Porque lo que parece ser una carrera por la inteligencia artificial está revelando algo más profundo una batalla por el control de los recursos esenciales del siglo XXI energía, territorio, información y por el rol que los países como Argentina quieren jugar en ella.
La fiebre de los data centers
Entre 2025 y 2026, las cinco principales empresas tecnológicas del mundo las conocidas como Big Tech invertirán 736 millones de dólares en infraestructura digital. No es un dato menor, pero lo que realmente enciende las alarmas es el contexto la Agencia Internacional de Energía prevé que, para 2030, estas mismas compañías consumirán cerca del 20% de la demanda global de energía. Esa cifra no solo habla de escalas colosales, sino de una transformación silenciosa las computadoras que antes cabían en una oficina ahora ocupan ciudades enteras de servidores, refrigeradas a toda costa, devorando megavatios como si fueran aire.
En Argentina, esta ola ha llegado con el nombre de Stargate Argentina, un proyecto asociado a OpenAI y la empresa Sur Energy. El anuncio activó luces rojas. ¿Por qué aquí? ¿Qué se negocia realmente? Y, sobre todo, ¿a qué costo? El gobierno actual impulsa el RIGI, un régimen de incentivos para grandes inversiones, que podría abrir la puerta a proyectos de esta magnitud. Pero mientras se discute en el Congreso una reforma a la Ley de Glaciares que permitiría actividades hoy prohibidas como minería o grandes obras de infraestructura, la pregunta se vuelve urgente ¿estamos preparados para decir sí… o para decir bajo qué condiciones?
Opacidad y promesas
"Suele ser poco transparente porque mezcla uso de suelo, obras de red eléctrica, contratos de energía, beneficios fiscales y compromisos de empleo, pero bajo confidencialidad comercial" explica Yas García, directora de IA y datos para la Fundación Conocimiento Abierto y Jump Educación. Y tiene razón detrás de cada anuncio de inversión se esconden acuerdos complejos, casi invisibles para el público. ¿Quién paga las subestaciones eléctricas? ¿Quién garantiza que la energía no se roba del sistema local? ¿Qué pasa con el agua, el suelo, los ecosistemas frágiles?
Yas García lo resume con una pregunta que suena simple, pero es clave "¿Tierra?, ¿energía?, ¿quién paga las obras?". Porque no todo es tecnología. Es geografía. Es poder. Es soberanía.
"Es un punto favorable, pero no escalable. Luego permanecerá un equipo reducido" - Yas García, directora de IA y datos para la Fundación Conocimiento Abierto y Jump Educación
El modelo que se repite no es nuevo OpenAI paga a Oracle por capacidad computacional, Oracle paga a Nvidia por chips, y Nvidia, a su vez, invierte millones en OpenAI. Es un círculo cerrado, un ecosistema autosuficiente donde los países receptores quedan fuera del valor real. No fabrican chips, no desarrollan algoritmos centrales, no controlan los datos. Solo ofrecen espacio y enchufes.
La burbuja de la IA y su lógica especulativa
Milagros Miceli, socióloga y doctora en ingeniería informática en DAIR Institute y Weizenbaum-Institut, lo ve con claridad "El data center es un lugar tangible que se le puede mostrar a un inversor para decir "estamos haciendo algo"". Y agrega "La construcción de data centers es un poco inseparable del tema de la burbuja de la IA, que definitivamente es una burbuja y que como tal se sostiene con una promesa hay que invertir porque esto va a mejorar todo, porque esto va a revolucionar la industria".
La ironía es brutal en un mundo que habla de inteligencia artificial como si fuera ciencia pura, muchas decisiones se toman con la lógica del marketing financiero. La infraestructura física sirve como ancla de legitimidad para una promesa a menudo exagerada sobre el futuro. Y mientras tanto, los gobiernos competen por atraer esos proyectos con pocos filtros, guiados por la ilusión de que la inversión extranjera resolverá todo.
"Pero esta no es la mentalidad que prima en la industria de la inteligencia artificial, sobre todo en Occidente, sobre todo en Silicon Valley", advierte Miceli. Allí, la innovación no viene acompañada de debate ético, ambiental o social. Viene con velocidad, con opacidad, con la certeza de que el mercado decidirá. Y en países como Argentina, esa lógica puede convertirse en sumisión.
¿Depósito o protagonista?
El manifiesto del Nodo Argentino de Inteligencia Artificial, conocido como Nadia, fue claro hay un riesgo real de que Argentina termine siendo solo un "depósito" de data centers. Un territorio de cómputo, sí, pero no de creación. Un lugar donde se almacenan datos del mundo, pero donde no se genera conocimiento propio.
Yas García insiste "La soberanía digital no es negarse a inversiones es negociar de forma que haya control, transparencia, retornos locales y protección de derechos". Y va más allá "Argentina tiene el potencial para ser un receptor de los grandes poderes de la tecnología, pero debemos fijar condiciones ahora como precedente regulatorio que quede instalado".
Para ella, alternativas existen. Empresas públicas como YPF o Arsat podrían jugar un rol central en una estrategia energética y digital que no dependa únicamente de acuerdos con gigantes extranjeros. Pero eso requiere algo que hoy escasea visión de Estado. "Pero la soberanía digital no la lidera un solo actor requiere una estrategia país", subraya.
Y detalla "Necesitamos un ancla pública de infraestructura y conectividad, un sistema energético que garantice adicionalidad renovable y flexibilidad sin competir con la demanda local, y una serie de capacidades universidades, ciencia y sector productivo para capturar valor".
"Si solo atraemos máquinas sin construir capacidades, nos volvemos territorio de cómputo y no productores de tecnología" - Yas García, directora de IA y datos para la Fundación Conocimiento Abierto y Jump Educación
En medio de todo, llama la atención que hace apenas unas semanas, el ministro de Desregulación y Transformación, Federico Sturzenegger, haya declarado públicamente que su única tarea es asegurarse de que no aparezca una regulación sobre inteligencia artificial. Como si la ausencia de reglas fuera una virtud. Como si dejar pasar fuera lo mismo que avanzar.
La paradoja es evidente mientras el mundo debate cómo controlar el poder de la IA, Argentina parece dispuesta a abrir las puertas sin pedir cuentas. Pero los desiertos patagónicos no son tierra baldía. Son territorio. Son futuro. Y si no decidimos ahora qué tipo de desarrollo queremos, no será la inteligencia artificial la que nos cambie será el silencio cómplice de quienes no supieron preguntar a tiempo. La soberanía no se negocia en secreto, ni se entrega por promesas vagas. Se construye con decisiones claras, con ciencia, con participación ciudadana. Porque al final, no se trata solo de energía o de datos. Se trata de quién decide el futuro. Y de quién queda fuera del mapa.