Las startups de IA multiplican su valor por diez sin ingresos recurrentes

"El dinero fluye no por ingresos, sino por promesas"

28 de enero de 2026 a las 06:15h
Las startups de IA multiplican su valor por diez sin ingresos recurrentes
Las startups de IA multiplican su valor por diez sin ingresos recurrentes

La inteligencia artificial está en todas partes. En las conversaciones, en los titulares, en las estrategias de empresas que antes ni sabían pronunciar "machine learning". Pero detrás del entusiasmo tecnológico late una pregunta incómoda ¿cuánto de esto es valor real y cuánto es fe ciega? El sector se mueve hoy en una economía de la creencia, donde las valoraciones no dependen tanto de lo que se gana como de lo que se espera ganar. El dinero fluye no por ingresos, sino por promesas.

El precio de cada mensaje a una máquina

ChatGPT revolucionó la forma en que millones de personas interactúan con la tecnología. Puedes pedirle un poema, corregir un currículum o simular una reunión de trabajo. Pero cada consulta tiene un coste, y según las cifras disponibles, OpenAI pierde dinero con cada una de ellas. A pesar de eso, la empresa ya vale medio billón de dólares. Esa cifra no se sostiene por beneficios, sino por la convicción de que, en algún momento, la balanza cambiará. El valor no está en lo que se produce hoy, sino en lo que se imagina para mañana.

Startups que crecen como algodón de azúcar

En el ecosistema emergente de la IA, hay startups que multiplican su valorización por diez sin haber facturado un solo euro recurrente. Basta con un buen pitch, un buen equipo y, sobre todo, un dominio que acabe en .ai. Ese pequeño detalle funciona como un imán para inversores ávidos de entrar en la próxima gran cosa. Rondas de inversión de cientos de millones se cierran en semanas para empresas que, en el fondo, no hacen más que envolver modelos ajenos con interfaces elegantes. La innovación a menudo se mide por el hype, no por el impacto.

La ilusión del crecimiento sostenible

Las grandes corporaciones no se quedan atrás. Despidos masivos se anuncian como "reorganizaciones estratégicas hacia la IA", aunque a menudo lo único que cambia es el nombre del departamento. Proyectos ambiciosos se lanzan con bombo y platillo, y seis meses después desaparecen sin dejar rastro. Lo que queda es una narrativa coherente todo lo que hacemos está alineado con la IA. Pero alineación no es resultado. Y los resultados, en términos financieros, siguen esperándose.

Nadie espera rentabilidad en cinco años. Ni en diez. Así lo reconoce el mercado tácitamente. Las condiciones actuales liquidez abundante y tipos de interés bajos permiten financiar pérdidas durante años, siempre que el crecimiento de la historia sea creíble. Pero esa historia tiene un límite. El ciclo se romperá cuando los inversores dejen de confiar en las promesas o cuando los clientes se cansen de pagar por funciones que no usan.

¿Realidad o teatro?

Lo que complica el diagnóstico es que, a diferencia de la burbuja puntocom, esta vez sí hay valor real. ChatGPT resuelve problemas concretos. Claude Code acelera el desarrollo de software. Los modelos mejoran trimestre a trimestre. Empresas de todos los sectores usan la IA para automatizar tareas, acelerar procesos y mejorar márgenes. No es teatro. Pero el problema está en la escala la brecha entre el valor generado hoy y el capital absorbido es enorme.

Se calcula que la IA necesita 650.000 millones de dólares al año para sostenerse. Ese dinero no financia solo investigadores y centros de datos. También alimenta valoraciones estratosféricas, salarios millonarios y campañas de marketing que venden el futuro como si ya hubiera llegado.

El reloj del capital privado

El capital privado no piensa como un Estado. No está diseñado para financiar proyectos con retornos a cincuenta años. Busa multiplicar el dinero en menos de una década. Por eso, incluso en rondas tempranas como la Serie B, se exigen métricas trimestrales. Ese ritmo acelerado empuja a las empresas a priorizar la escala sobre la sostenibilidad, el crecimiento sobre la solidez. Y mientras tanto, el sistema público que podría asumir riesgos a largo plazo queda al margen.

¿Ajuste o transformación?

Es imposible saber si lo que vivimos es el prólogo de un colapso o el preludio de una revolución. Tal vez estas inyecciones masivas de capital estén financiando los avances que cambiarán la medicina, la educación o la energía. Tal vez estemos construyendo infraestructuras invisibles que un día darán frutos inesperados. O tal vez, simplemente, el ciclo termine con una cascada de quiebras y desilusiones.

Lo cierto es que este modelo depende de algo frágil la necesidad constante de nuevos creyentes. Mientras haya alguien dispuesto a comprar la historia, el sistema seguirá girando. Pero cuando el consenso se agote, cuando las preguntas sobre rentabilidad dejen de posponerse, entonces sabremos si la inteligencia artificial fue un salto tecnológico… o solo un espejismo colectivo.

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