Tres años después de que ChatGPT entrara en la conversación diaria, el Vaticano ha dedicado una encíclica entera a la inteligencia artificial. No es un gesto aislado ni una rareza tardía. La Iglesia lleva más de cinco siglos mirando cada gran tecnología con una mezcla de fascinación y recelo.
En 1487, Inocencio VIII ya dejó escrito en la bula Inter multiplices que la imprenta servía para difundir la palabra de Dios, pero también herejías y falsedades. Mucho después, en 1936, Pío XI vio en el cine un posible instrumento de corrupción moral y manipulación de masas si no existía una regulación estricta.
Entre un extremo y otro de esa historia aparecen advertencias que hoy suenan menos lejanas de lo que parece.
León XIII denunció en 1891, con Rerum Novarum, que la concentración de la riqueza y de las nuevas tecnologías en manos de unos pocos estaba empujando a los obreros hacia una forma de esclavitud. Pío XII amplió en 1957 esa inquietud a la radio y la televisión en Miranda Prorsus.
También hubo alarmas sobre riesgos más concretos. Juan XXIII habló del peligro atómico en Pacem in Terris, publicada en 1963, y Juan Pablo II cargó en 1995, en Evangelium Vitae, contra técnicas biomédicas eugenésicas y la manipulación de embriones.
León XIV puso la inteligencia artificial en la misma línea histórica
Ahora esa cadena llega a la inteligencia artificial con Magnifica Humanitas, la encíclica que León XIV publicó en 2026. El documento aparece en un momento en que los sistemas generativos han salido de los laboratorios y han entrado en aulas, oficinas, buscadores y conversaciones cotidianas.
Robert Fracis Prevost, el papa León XIV, no aterriza en este debate como un observador completamente ajeno a los números. Se licenció en matemáticas en 1977 por la Universidad Villanova en Filadelfia, un dato poco habitual en una biografía papal y muy revelador en un texto de este tipo.
La dimensión del documento también dice algo sobre la prioridad del asunto. Magnifica Humanitas alcanza las 40.000 palabras y se dedica por completo a la inteligencia artificial, algo que sitúa esta tecnología en el centro de una preocupación moral, política y cultural, no solo técnica.
El temor no está en la máquina sola, sino en quién decide por todos
La encíclica alerta de que las grandes empresas de inteligencia artificial pueden terminar imponiendo su visión moral al conjunto del planeta. No habla de una amenaza abstracta, sino de poder concentrado en infraestructuras, plataformas y modelos que millones de personas usan para informarse, trabajar o simplemente escribir.
Ahí aparecen nombres concretos. El texto señala el dominio comercial de hiperescaladores como Amazon, Microsoft y Google, junto a firmas como OpenAI o Anthropic, y sostiene que esa influencia moral ya supera la que en su día ejercieron el cine o la televisión.
La comparación no es menor. Durante décadas, la pantalla fue el gran campo de batalla cultural. Ahora el foco se desplaza a sistemas que no solo muestran contenidos, sino que responden, resumen, redactan y sugieren qué pensar o qué decisión tomar.
El riesgo que describe el Vaticano afecta al hábito de pensar
Uno de los conceptos más llamativos del documento es el del desplazamiento cognitivo. La advertencia apunta a un escenario en el que el ser humano acaba prefiriendo que los algoritmos piensen por él, en lugar de asumir el esfuerzo reflexivo que exige entender, dudar y decidir.
No cuesta reconocer esa escena. La tentación de delegar una búsqueda, una redacción o una respuesta compleja en una máquina ahorra tiempo, pero también puede vaciar una parte del trabajo mental que forma criterio.
La encíclica describe un desplazamiento cognitivo que lleva a ceder el esfuerzo reflexivo a los algoritmos. La preocupación ya no gira solo en torno a lo que la IA produce, sino a lo que el usuario deja de ejercitar cuando la consulta se convierte en sustitución.
La vieja pregunta sobre la técnica vuelve con otro rostro
Hay una continuidad muy clara entre la imprenta de 1487 y la IA de 2026. En ambos casos, la pregunta de fondo no es únicamente qué puede hacer una tecnología, sino quién controla su difusión, qué valores arrastra consigo y cuánto espacio deja a la autonomía de las personas.
Eso explica que el documento de León XIV conecte con una tradición de advertencias sobre la concentración de poder. Si León XIII veía a los obreros atrapados por la riqueza y la técnica en pocas manos, Magnifica Humanitas traslada ese mismo nervio al dominio de Amazon, Microsoft, Google, OpenAI y Anthropic.
La tensión final está ahí, muy concreta y nada teórica. El Vaticano coloca a la inteligencia artificial en un lugar de influencia moral superior al que tuvieron el cine y la televisión, mientras el texto avisa de que el usuario puede acabar renunciando, poco a poco, al acto mismo de pensar.