Añadir Mangas Verdes como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
La inteligencia artificial no solo abre una carrera tecnológica. También está dibujando una frontera económica entre quienes podrán pagar mejores herramientas y quienes quedarán atrapados en versiones gratuitas con límites de uso.
Ahí sitúa una de sus alertas Lucía Velasco, experta en IA y economista, cuando vincula la transición tecnológica con una pregunta incómoda sobre quién asume el coste y quién captura los beneficios. En ese reparto, el precio de los tokens deja de ser un detalle técnico y pasa a parecerse más a una nueva barrera de entrada en el trabajo del conocimiento.
Lucía Velasco pone el foco donde duele
Velasco no describe un problema abstracto, sino una concentración de poder con nombres y apellidos que condiciona el acceso a las herramientas, la productividad y la capacidad de competir en el mercado laboral.
"Está claro de dónde debe salir el dinero para esta transición: de los trillonarios, de los billonarios y los que no lo son pero ganan mucho dinero con esto" - Lucía Velasco, experta en IA
Su planteamiento no gira solo en torno a la fiscalidad. También apunta a la asimetría que aparece cuando una parte de la población trabaja con asistentes más capaces, más rápidos o con menos restricciones, mientras otra depende de servicios recortados, cupos diarios y respuestas de menor calidad.
En ese terreno, el coste de los tokens puede convertirse en una ventaja competitiva directa para empresas y profesionales con capacidad de pago.
La economista lleva esa inquietud un paso más allá en la concentración de infraestructura, porque el problema no termina en la pantalla del usuario. Empieza antes, en quién controla el acceso a la potencia de cálculo, a los modelos y al precio de entrada.
El debate ya no cabe solo en Silicon Valley
"Me preocupa muchísimo la concentración de poder en personas que no están sujetas al control democrático, como los grandes empresarios tecnológicos", dice Lucía Velasco, economista.
Esa preocupación enlaza con una discusión política más amplia sobre el papel del Estado. Cuando unas pocas fortunas y unas pocas compañías marcan el ritmo de una tecnología que afecta al empleo, la educación o la organización de las empresas, la neutralidad pública empieza a parecer una renuncia.
Velasco ha señalado además a Peter Thiel como partidario de la llamada ilustración oscura y de discursos alejados de la ciencia convencional orientada al bien público. No es un matiz menor, porque desplaza la discusión desde la mera eficiencia tecnológica hacia la cultura política de quienes acumulan poder para decidir qué herramientas se desarrollan y bajo qué valores.
Banco Mundial y FMI ya cambiaron el tono
Durante años, el reflejo habitual de las grandes instituciones financieras internacionales fue recomendar menos intervención directa y más confianza en el ajuste del mercado. Ahora el giro resulta visible.
El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han orientado sus recomendaciones hacia el fortalecimiento de la política industrial, un cambio que altera el marco del debate.
Además, ambas instituciones coinciden en la urgencia de que los Estados adopten una postura proactiva para que la ciudadanía compita en igualdad de condiciones en el mercado laboral. La cuestión ya no consiste solo en tener acceso a la tecnología, sino en evitar que el acceso desigual a herramientas avanzadas fije de antemano quién corre con ventaja.
Esa es la contradicción de fondo. La inteligencia artificial promete multiplicar capacidades, pero su despliegue puede ensanchar diferencias si el mejor rendimiento queda reservado a quienes pueden pagar cada consulta, cada ampliación de contexto y cada uso intensivo, mientras el resto trabaja con topes.
No hace falta imaginar un futuro lejano. La brecha puede empezar en algo tan pequeño y tan decisivo como el precio de un token.