¿Qué pasaría si alguien se dedicara a estropear cosas que funcionan bien? No por venganza ni por vandalismo, sino como parte de su trabajo. Alguien que, sin pudor, admitiera lo que hago es coger cosas que están perfectamente bien y empeorarlas. Suena absurdo. Pero ese personaje no es un producto de la ficción. Es la encarnación de una tendencia que ya forma parte de nuestro día a día. Y su nombre, tan contundente como revelador, es mierdificador.
El nacimiento de una palabra para un fenómeno global
El término "mierdificación" fue acuñado por el escritor y activista digital Cory Doctorow, pero fue en 2024 cuando adquirió estatus oficial. El Macquarie Dictionary, referencia en el idioma inglés, lo eligió como palabra del año. No por su elegancia, sino por su precisión. Define así el fenómeno el deterioro progresivo de un servicio o producto provocado por una disminución de la calidad del servicio prestado, especialmente en el caso de una plataforma en línea, y como consecuencia de la búsqueda de beneficios.
No se trata de fallos técnicos aislados. Es un patrón. Un plan. Primero, una plataforma atrae a millones con precios bajos, funcionalidades útiles y una experiencia fluida. Luego, cuando ya dependes de ella, las cosas empiezan a cambiar. Los botones desaparecen. Los anuncios invaden cada rincón. Las funciones se limitan. Y tú, como usuario, ya no tienes escapatoria. Ese es el momento en el que entra en juego la mierdificación.
De Netflix a los frigoríficos la invasión silenciosa
Tomemos como ejemplo Netflix. Hace años, bastaba con conectar tu móvil al televisor mediante cast para ver tus series favoritas. Hoy, esa opción ha desaparecido en muchos dispositivos. Se justifica con argumentos técnicos, pero el efecto es claro más complicado, más fricción, más dependencia de sus propios ecosistemas. Y mientras tanto, los planes sin anuncios suben de precio y, aun así, los anuncios empiezan a aparecer en servicios que ya pagas.
Instagram, por su parte, ha transformado sus feeds en escaparates publicitarios. Los algoritmos priorizan contenido patrocinado y los usuarios pierden el control de lo que ven. Pero el absurdo alcanza su cima cuando los anuncios no solo llegan al móvil o al televisor, sino a la pantalla de un frigorífico conectado. ¿Dónde termina la funcionalidad y dónde empieza la intrusión? Parece una broma negra, pero es la cotidianidad de la mierdificación.
Y el problema no es nuevo. Uber lo practicó desde sus inicios precios bajos para conquistar ciudades enteras, luego tarifas más altas que superan con creces las de los taxis tradicionales. Una vez que el hábito está instalado, la alternativa desaparece. El usuario queda atrapado.
La IA como cómplice silenciosa
La inteligencia artificial no ha venido a solucionar este problema. En muchos casos, lo ha agravado. Según el informe del Consejo de Consumidores de Noruega, el contenido generado por IA está llenando las plataformas con información de baja calidad. Los resúmenes automáticos de Google, por ejemplo, a menudo son inexactos y debilitan el ecosistema informativo. No solo fallan en transmitir datos correctos; desplazan a los medios que sí invierten en periodismo riguroso.
Peor aún, los algoritmos publicitarios impulsados por IA aprenden a mostrarte más anuncios, más personalizados, más difíciles de ignorar. Y algunas plataformas aprovechan la integración de la IA no para mejorar, sino para justificar subidas de precio. "Nueva IA integrada" se convierte en una excusa para que el botón de suscripción cueste un 30% más. La innovación se utiliza no para avanzar, sino para rentabilizar la dependencia.
La respuesta noruega un plan de desmierdificación
Frente a esta deriva, Noruega no se ha limitado a denunciar. Ha actuado. El Consejo de Consumidores del país lanzó un vídeo impactante "Un día en la vida de un "mierdificador"", donde un hombre sonriente explica con naturalidad cómo su trabajo consiste en empeorar servicios digitales. Es una sátira que duele porque es real.
Pero más allá del mensaje, el informe noruego propone soluciones concretas. En primer lugar, devolver el poder a los usuarios. Permitir elegir el sistema operativo de tus dispositivos, exigir interoperabilidad y proteger herramientas como bloqueadores de anuncios o algoritmos alternativos. Son pequeñas libertades que marcan la diferencia entre tener control o ser mero dato en una base.
En segundo lugar, reducir la dependencia de las grandes tecnológicas. Obligarlas a abrir las puertas, adoptar estándares abiertos, fomentar el software libre. Y usar al sector público como motor si el Estado prioriza tecnologías abiertas y seguras, puede cambiar el mercado.
Por último, aplicar la ley. Elevar las sanciones, endurecer los controles. Porque mientras los beneficios crecen, las multas a menudo parecen un mero coste de operación. No es suficiente.
Un llamado internacional
Y Noruega no se queda en casa. Ha enviado cartas a catorce países, entre ellos Estados Unidos, para pedir una acción coordinada. Porque la mierdificación no respeta fronteras. Y si no se frena, el usuario seguirá siendo el perdedor de un juego que nunca eligió jugar.
El camino ya está marcado. La Unión Europea, con su Digital Markets Act, ha dado pasos decisivos el USB-C obligatorio en todos los dispositivos o la posibilidad de instalar aplicaciones desde fuera de las tiendas oficiales en iOS. Son pequeñas victorias. Pero prueban que otra forma de hacer tecnología es posible.
Quizá la palabra "mierdificación" suene cruda. Pero a veces, solo nombrar un problema con claridad es el primer paso para combatirlo.