Manus, comprada por Meta por más de 2.000 millones, se reubicó en Singapur en julio de 2025 y China prohibió la inversión extranjera

Manus cerró sus oficinas en Shanghái y trasladó operaciones a Singapur en julio de 2025. China prohibió la inversión extranjera y exigió retirar la transacción de más de 2.000 millones.

28 de abril de 2026 a las 10:45h
Manus, comprada por Meta por más de 2.000 millones, se reubicó en Singapur en julio de 2025 y China prohibió la inversión extranjera
Manus, comprada por Meta por más de 2.000 millones, se reubicó en Singapur en julio de 2025 y China prohibió la inversión extranjera

En pleno verano de 2025, mientras los observadores del sector tecnológico seguían de cerca la carrera por el talento en inteligencia artificial, algo inusual ocurrió en el mapa del poder digital una startup china desapareció de sus oficinas en Shanghái y reapareció, como por arte de magia, en Singapur. No hubo comunicado ruidoso, ni rueda de prensa. Solo el silencio de unas puertas que se cerraron y otras que ya estaban abiertas en el otro extremo del mar de China Meridional. La empresa se llamaba Manus, y su historia, breve pero intensa, se convirtió en el epicentro de una batalla silenciosa entre estrategia nacional y ambición global.

El talento como recurso estratégico

Manus no era una de esas startups que prometían revolucionar el mundo con una app. Su valor residía en algo más sutil, pero poderoso una capa de orquestación de modelos de IA capaz de coordinar múltiples sistemas especializados para ejecutar tareas complejas, como si fuera un director de orquesta invisible. Esa tecnología no solo es útil; es cara, y extremadamente escasa. Meta, con una inversión anual en infraestructura de IA cercana a los 70.000 millones de dólares, veía en Manus una pieza clave para acelerar su apuesta por Meta AI, un producto que aún no termina de encontrar su lugar en el bolsillo del consumidor.

La compra, valorada en más de 2.000 millones de dólares, parecía un movimiento audaz, pero dentro de las reglas del juego global. El problema es que las reglas han cambiado. Lo que antes se medía por sede jurídica o registro mercantil ahora se analiza bajo una lupa más fina dónde nació la idea, dónde trabaja el equipo clave, de dónde salen los datos y hacia dónde fluyen. Y en ese mapa, Manus seguía siendo, en espíritu y sustancia, una empresa china.

El giro regulatorio

Cuando las oficinas de Manus en China cerraron en julio de 2025 y sus operaciones se relocalizaron a Singapur, sin notificar ni pedir autorización a las autoridades chinas, algo se encendió en los despachos del poder en Pekín. La Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma (NDRC), junto con el Ministerio de Comercio y el regulador antimonopolio, entraron en acción. No con ruido, sino con precisión. Se prohibió la inversión extranjera en Manus y se exigió la retirada de la transacción, aunque sin nombrar directamente a Meta en el comunicado oficial.

Este hecho marca un antes y un después en la forma en que China protege sus activos tecnológicos. Ya no basta con mover el papel. El traslado de operaciones a Singapur, un hub cada vez más popular para startups chinas que buscan distancia regulatoria, ya no garantiza la invisibilidad. Las agencias chinas están aplicando un enfoque basado en la sustancia, no en la forma. No importa dónde esté registrada tu empresa si tus ingenieros siguen tomando café en el mismo time zone, si tus servidores aún están anclados en flujos de datos chinos, o si tu código nació en un laboratorio de Beijing.

IA el nuevo campo de batalla

Detrás de esta decisión no hay solo un conflicto por una empresa. Hay una estrategia nacional en marcha. Pekín ha visto cómo, durante años, empresas tecnológicas estadounidenses han atraído talento, propiedad intelectual y capacidades críticas desde China, especialmente en sectores sensibles. La inteligencia artificial ya no es un simple campo de innovación; es un terreno estratégico, tan vital como el control de semiconductores. Y en esta guerra fría tecnológica, cada ingeniero, cada algoritmo y cada línea de código cuenta.

Para Meta, el intento de incorporar Manus era una apuesta por ganar en eficiencia, por reducir el cuello de botella que supone coordinar decenas de modelos de IA para ofrecer una experiencia fluida al usuario. Pero también era un atajo adquirir, no construir. Y ese atajo, por ahora, parece haber sido bloqueado.

¿Qué pasa cuando la venta ya se hizo?

Quizá lo más fascinante de este caso no es que China haya dicho "no", sino que lo haya hecho después de que la operación ya se hubiera consumado. ¿Cómo se deshace una adquisición global que involucra a una empresa estructurada fuera del territorio nacional? No hay precedentes claros. Las implicaciones legales y operativas son enormes. ¿Se devuelven los empleados? ¿Los datos? ¿El código? ¿Y qué pasa con los contratos ya firmados?

El desenlace aún está por escribirse, pero el mensaje está claro las fronteras físicas ya no definen el alcance del control. La soberanía tecnológica se extiende más allá de los mapas, y los gobiernos están dispuestos a usar todas las herramientas disponibles desde controles de inversión hasta regulaciones de exportación para mantener lo que consideran estratégico dentro de su órbita.

Esta historia no es solo sobre una startup y una gigante de Silicon Valley. Es sobre cómo, en la era de la IA, el talento, el conocimiento y el código se han convertido en recursos tan valiosos como el petróleo o el uranio. Y como tales, están siendo reclamados, protegidos y, en algunos casos, recluidos. El futuro de la innovación no solo dependerá de quién tenga las mejores ideas, sino de quién tenga permiso para llevarlas fuera de casa.

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