La inteligencia artificial ya no suena a ciencia ficción cuando hablamos de educación. Está aquí, en las aulas, en los deberes, en los exámenes. Y aunque aún no todos lo notan, su sombra se alarga sobre pizarras y pupitres. Una encuesta reciente de Eurobarómetro revela que más de la mitad de los ciudadanos de la Unión Europea ven en la IA una fuerza dual: capaz de transformar el aprendizaje, pero también de desestabilizarlo. Ni ángel ni demonio. Más bien una herramienta de doble filo, que depende de cómo se use.
Una Europa dividida frente a la IA en clase
La aceptación no es uniforme. En países como Finlandia y Estonia, el respaldo es claro. El 65% de los finlandeses y el 63% de los estonios creen que la inteligencia artificial puede mejorar la enseñanza. Son sociedades que históricamente han apostado por la innovación educativa, con sistemas escolares digitalizados y profesores bien formados. Allí, la IA no asusta. De hecho, se percibe como un aliado para personalizar el aprendizaje, como un tutor silencioso capaz de adaptarse a cada estudiante.
En el otro extremo, Francia e Irlanda muestran mayor resistencia. El 28% de los franceses y el 27% de los irlandeses consideran que la IA no debería tener cabida en el aula. Son porcentajes altos en un contexto europeo donde la mayoría tiende a ver ventajas. ¿Por qué esta desconfianza? Quizá tenga que ver con una tradición pedagógica más humanista, donde la relación cara a cara entre profesor y alumno es casi sagrada. O tal vez con el temor de que máquinas impersonales reemplacen el juicio humano en cuestiones tan sensibles como la educación.
Los hombres y los jóvenes entre 15 y 24 años son quienes más confían en que la IA puede mejorar la enseñanza. No es una sorpresa. Las generaciones digitales crecieron con tecnologías que aprenden de ellos: algoritmos de recomendación, asistentes virtuales, redes sociales. Para ellos, la IA no es algo externo. Es parte del aire que respiran. En cambio, entre los mayores y las mujeres, la prudencia domina. Un reflejo, quizás, de experiencias distintas con la tecnología, o de una mayor conciencia de sus riesgos.
La formación docente, el punto de inflexión
Uno de los datos más contundentes es este: el 35% de los europeos está muy de acuerdo y el 46% algo de acuerdo en que todo el profesorado debería tener competencias para usar y entender la IA. Sumados, casi nueve de cada diez personas creen que los docentes no pueden quedarse al margen. Chipre y Malta lideran este apoyo, mientras que solo el 24% de los checos está muy de acuerdo. Una brecha que revela cómo las diferencias culturales y estructurales marcan el ritmo de la transformación educativa.
Y no se trata solo de saber manejar una herramienta. El 85% de los encuestados en cada país considera que los profesores deben poder ayudar a los estudiantes a detectar desinformación generada por IA —textos falsos, imágenes manipuladas, vídeos engañosos. En Portugal, ese porcentaje sube hasta el 95%. Es un mandato claro: la escuela ya no puede limitarse a enseñar a leer y escribir. Ahora debe enseñar a discernir. A desconfiar con fundamento. A navegar un mundo donde lo real y lo simulado a menudo se funden.
Alrededor del 80% de los ciudadanos cree que los docentes deben guiar a los niños en el uso seguro de la tecnología. No solo como vigilantes, sino como mentores. Como alguien que no diga simplemente “no uses el móvil”, sino que explique por qué, cuándo y cómo usarlo. Porque el rechazo absoluto no es una estrategia sostenible. Ni realista. La tecnología no va a desaparecer. Lo que cambia es cómo la integramos.
El debate del móvil en clase: control o prohibición
Mientras algunos discuten sobre IA, otros siguen peleando una batalla más visible: los teléfonos móviles en las aulas. El 69% de los encuestados apoya su prohibición en los centros educativos. Un dato contundente, pero también revelador. No se trata solo de distracción. Se trata de atención, de jerarquías, de un modelo de aula que todavía imagina el silencio como condición del aprendizaje.
Al menos 12 países de la UE ya han adoptado restricciones. Otros cuatro las están estudiando. Bélgica, por ejemplo, ha decidido vetar el uso recreativo de dispositivos electrónicos en las escuelas a partir del curso 2025/2026. No es una prohibición total, pero sí una señal clara: el ocio digital no tiene cabida durante las horas de clase. Es una medida que busca devolver el enfoque al aula, aunque también plantea preguntas. ¿Dónde está la línea entre herramienta y distracción? ¿Puede un móvil ser a la vez un peligro y una oportunidad?
Orientaciones claras, no muros
El 40% de los europeos cree que las escuelas y universidades deberían establecer pautas claras sobre el uso de la IA. Y que los docentes necesitan apoyo para saber cuándo y cómo usar estas herramientas. No se pide un manual de instrucciones rígido, sino criterios. Un marco ético. Un poco como enseñar a conducir: no basta con saber manejar el volante. Hay que saber cuándo no ponerse al volante.
La educación está en un cruce de caminos. La tecnología avanza a toda velocidad, pero las aulas no pueden cambiar de un día para otro. Requieren formación, debate, tiempo. Lo que esta encuesta muestra no es solo una división geográfica o generacional. Es una llamada de atención. La inteligencia artificial no viene a reemplazar a los profesores, sino a exigirles más. A pedirles que sean, más que nunca, guías en un mundo complejo.