En 2025, la ingeniería informática volvió a encabezar las clasificaciones de carreras con mayor empleabilidad. Un dato que, a primera vista, suena tranquilizador. Pero bajo la superficie, algo ha cambiado. En los campus de las universidades públicas de California, el corazón tecnológico del planeta, las aulas de informática están un poco más vacías que antes. Y ese leve silencio esconde una revolución silenciosa.
El fin de una era de crecimiento ininterrumpido
Desde el año 2000, ninguna crisis había logrado frenar el creciente interés por la informática en las universidades públicas de California. Ni el colapso financiero de 2008, ni la pandemia que paralizó el mundo en 2020, lograron doblegar esa tendencia ascendente. La programación, los algoritmos, las redes y los sistemas operativos se convirtieron en una suerte de promesa moderna estudia informática y tendrás trabajo seguro. Fue un auténtico bastión de la empleabilidad, un seguro de vida especialmente para familias de clase media y baja que veían en la tecnología una escalera social tangible.
Pero ahora, por primera vez en más de dos décadas, esa línea de crecimiento se ha curvado hacia abajo. En el último año, se han matriculado 12.652 estudiantes en carreras de informática en el sistema universitario de California. Es un descenso del 6% respecto a 2024 y del 9% frente a 2023. No es una caída catastrófica, pero sí una señal clara. Aunque el número actual de estudiantes sigue siendo casi el doble que hace diez años, la inercia ha cambiado. Ya no subimos. Tal vez estemos estabilizándonos. O tal vez estemos empezando a bajar.
¿Por qué ya no brillan tanto los teclados?
La pregunta que muchos se hacen ahora es sencilla si la salida laboral sigue siendo buena, ¿por qué baja la matrícula? La respuesta no está solo en los datos, sino en las conversaciones que se dan en las cocinas, en las asesorías académicas y en las oficinas de admisiones.
Los grandes despidos que estamos viendo en las big tech han dejado huella. Empresas que parecían invulnerables, que crecieron a un ritmo desaforado durante la pandemia, ahora recortan plantillas. Y los primeros en salir suelen ser los perfiles junior. Jóvenes que apenas han tenido tiempo de consolidarse, y que ahora se encuentran en el mercado con menos oportunidades y más competencia. La inteligencia artificial empieza a causar estragos entre esos perfiles más jóvenes, aquellos que antes entraban por la puerta grande a través de prácticas bien remuneradas.
Y eso cambia la percepción. Los padres, que antes animaban a sus hijos a estudiar programación como si fuera una profesión a prueba de crisis, ahora dudan. "Ya no animan tanto a estudiar informática y sí otras ingenierías más clásicas y tangibles eléctrica, mecánica...", reconoce personal de admisión citado por el San Francisco Chronicle. Hay un desplazamiento en la confianza. Lo digital ya no parece tan sólido como un puente, una turbina o un circuito eléctrico.
Un fenómeno que va más allá de California
Lo que ocurre en Berkeley, UCLA o San Diego no es un caso aislado. Es un termómetro global. Las universidades públicas de California han sido, durante años, un barómetro de las tendencias educativas y tecnológicas mundiales. Lo que empieza allí, suele llegar al resto del mundo poco después.
Si el descenso en matrículas de informática se consolida, es probable que lo veamos replicarse en Europa, en Latinoamérica, en Asia. No porque haya menos interés en la tecnología, sino porque la tecnología ya no se entiende como un solo camino, sino como una red de caminos. Y los estudiantes, y sus familias, lo están percibiendo.
Del código a la inteligencia la evolución del currículo
La Universidad de San Diego ha dado un paso significativo el año pasado lanzó una carrera específica en inteligencia artificial. Y las matrículas explotaron. "Fue un éxito total", asegura Steven Swanson, director del departamento y profesor de informática, en declaraciones a TechSpot.
Este detalle no es menor. No se trata de que haya menos estudiantes interesados en tecnología. Se trata de que hay un desplazamiento hacia programas más específicos y emergentes. La informática clásica, tal como la conocimos, ya no es el destino final. Se está convirtiendo en una materia transversal, como la matemática o la física. Aprender a programar ya no es suficiente. Ahora se valora más saber cómo pensar con la tecnología, cómo diseñar soluciones en un entorno donde la IA puede escribir código mejor y más rápido que un humano promedio.
Las universidades ya tienen sobre la mesa una asignatura pendiente llevar a cabo una transición curricular. Ya no interesa tanto cómo se construye una herramienta, picar código línea a línea, sino cómo pensarla, cómo validarla, cómo integrarla en un mundo donde el alumno no será el único inteligente en la sala. El futuro no pertenece solo a quienes saben programar, sino a quienes saben colaborar con lo que ellos mismos programan.
Un nuevo capítulo, no un final
El descenso en las matrículas de informática no es el fin de la era digital. Es, más bien, el inicio de una madurez tecnológica. La tecnología ya no es un campo marginal ni exótico. Es parte del aire que respiramos. Y como todo lo que se vuelve esencial, deja de ser una opción especializada para convertirse en un lenguaje común.
La ingeniería informática sigue siendo relevante. Más aún es más importante que nunca. Pero ya no basta con dominar el lenguaje de las máquinas. Ahora hay que entender su lógica, sus límites, su ética. El verdadero seguro de vida ya no es saber programar. Es saber pensar con inteligencia. Artificial y humana.