En el mundo de la inteligencia artificial, donde cada operación requiere potencia bruta y cada avance depende de quién tenga los mejores chips, una noticia ha sacudido el tablero Meta ha sellado con AMD uno de los acuerdos más ambiciosos de la historia en tecnología de IA. No se trata solo de comprar procesadores. Es un pacto estratégico, financiero y simbólico que podría reconfigurar el equilibrio de poder en un mercado dominado por un solo jugador. Y a medida que los centros de datos crecen como ciudades subterráneas de silicio y electricidad, este tipo de alianzas ya no son un lujo. Son una necesidad de supervivencia.
El contrato que cambia las reglas
Meta no solo quiere más capacidad. Quiere asegurarla. Durante los próximos cinco años, la compañía comprará a AMD suficientes chips para alimentar centros de datos con hasta seis gigavatios de potencia computacional. Para hacerlo tangible un gigavatio equivale al consumo energético de unas 750.000 viviendas domésticas. Y estamos hablando de seis. Esta potencia no se destina a reproducir vídeos o servir anuncios, sino a entrenar modelos de inteligencia artificial cada vez más grandes, más rápidos, más ambiciosos.
El valor total del contrato podría superar los 100.000 millones de dólares, según estimaciones del Wall Street Journal. Cada gigavatio representa para AMD decenas de miles de millones en ingresos, afirmó la propia compañía. Es una inversión colosal, pero en el universo de la IA, donde los márgenes son estrechos y la escala lo es todo, este tipo de acuerdos ya no sorprenden. Lo que sí llama la atención es la forma en que se ha estructurado.
Una inversión con intereses en acciones
Como parte del trato, AMD ofrecerá a Meta garantías de compra (warrants) para adquirir hasta 160 millones de acciones de la empresa a un centavo por acción. Eso significa que Meta podría convertirse en propietaria de hasta el 10% de AMD. Una participación nada menor. Los títulos se liberarán en tramos, atados a hitos técnicos y comerciales. El último no se desbloqueará hasta que la acción de AMD alcance los 600 dólares, un objetivo ambicioso. Tras conocerse la noticia, las acciones de AMD subieron más de un 10% en preapertura, cerrando el lunes a 196,60 dólares. El mercado ha respondido con entusiasmo, pero también con interrogantes.
Este esquema financiero en el que Meta paga por chips y AMD devuelve parte del valor en acciones no es nuevo, pero sí revelador. Es una señal de que las grandes tecnológicas no solo compran hardware; están invirtiendo directamente en los fabricantes. Es una alianza que borra las líneas entre cliente y accionista. Y tras este movimiento se esconde una realidad incómoda para AMD para competir con gigantes como NVIDIA, a veces hay que pagar con capital, no solo con tecnología.
"Meta tiene muchas opciones. Quiero asegurarme de que siempre tengamos un lugar claro en la mesa cuando piensen en lo que necesitan" - Lisa Su, CEO de AMD
El monopolio de NVIDIA y el asalto coordinado
NVIDIA domina el mercado de chips para inteligencia artificial con más del 90% de cuota. Su arquitectura, sus herramientas de desarrollo y su ecosistema han convertido a sus GPUs en el estándar de oro. Pero la historia de la tecnología está llena de imperios que parecían invencibles. AMD, con este acuerdo y con otro firmado en octubre con OpenAI en condiciones muy similares, está lanzando un asalto coordinado al trono.
Meta no está apostando todo a una sola carta. La semana pasada, también cerró un acuerdo con NVIDIA para adquirir millones de sus chips por decenas de miles de millones de dólares. Y mantiene conversaciones con Google para el uso de sus procesadores de IA. Para Meta, la diversificación no es una estrategia técnica. Es una estrategia de poder.
A la escala a la que opera, no puede depender de un solo proveedor. Así lo resume Santosh Janardhan, responsable de infraestructura de Meta "A la escala a la que operamos, hay sitio para los tres". Tres. No uno. Y eso, en el mundo de los semiconductores, suena a revolución.
La carrera por la infraestructura del futuro
Meta gastó 72.000 millones de dólares el año pasado en centros de datos. Este año prevé desembolsar hasta 135.000 millones. Es una cifra difícil de imaginar. Para ponerlo en perspectiva, es más que el presupuesto anual de muchos países. Y todo ese dinero fluye hacia cables, servidores, refrigeración y, sobre todo, chips. Porque los modelos de inteligencia artificial no funcionan con magia, sino con watts. Y cuantos más watts, más inteligencia se puede fabricar.
Mark Zuckerberg ha fijado un objetivo claro "construir decenas de gigavatios esta década y cientos de gigavatios o más con el tiempo". Es una visión casi de ciencia ficción, pero que está siendo construida con acero, silicio y contratos multimillonarios. Cada chip que Meta encarga hoy es una apuesta por el tipo de mundo que quiere ayudar a crear. Un mundo donde los asistentes virtuales piensan como humanos, donde los algoritmos redactan, crean y deciden. Y donde la infraestructura que lo sostiene está en manos de muy pocas empresas.
Mientras tanto, detrás de cada negociación, cada acción cedida, cada gigavatio contratado, hay una pregunta que late ¿quién realmente controla el futuro de la inteligencia artificial? ¿Será el fabricante del chip, la empresa que lo compra o el usuario que lo usa? Por ahora, los grandes están repartiendo el pastel. Pero el horno sigue caliente, y el juego no ha hecho más que comenzar.