El dinero corre a velocidades que ya no parecen humanas. En el mundo de la inteligencia artificial, cada anuncio de inversión suena como una nueva partida de ajedrez donde las fichas valen miles de millones y el tablero abarca el planeta. Ahora, el foco se centra en OpenAI, la empresa que con ChatGPT aceleró la llegada de la IA al salón de nuestras casas, y que parece estar a punto de sumar una de las rachas de financiación más descomunales de la historia tecnológica.
Una tormenta de capital en torno a la IA
SoftBank, el gigante japonés de las inversiones tecnológicas, estaría negociando una inyección adicional de 30.000 millones de dólares en OpenAI. Esta cifra no es un error tipográfico. Tampoco es una previsión lejana. Es una negociación en curso, enmarcada en una ronda de financiación global de 100.000 millones de dólares. Si se concreta, marcaría un antes y un después no solo para la empresa, sino para el propio modelo económico de la innovación tecnológica.
En este escenario, la valoración de OpenAI escalaría hasta los 830.000 millones de dólares. Para ponerlo en perspectiva, ese importe supera el PIB de países como Turquía o Países Bajos. Y solo estamos hablando de una empresa joven, con apenas una década de vida, que no cotiza en bolsa y que aún no ha desplegado toda su potencialidad comercial más allá de suscripciones y APIs.
Estamos asistiendo a una concentración de capital en IA que no tiene precedentes en la historia industrial. Y lo más llamativo es que no es un jugador el que apuesta, sino varios, moviéndose casi al unísono.
El papel de SoftBank de salir de Nvidia a apostar por OpenAI
La decisión de SoftBank adquiere un matiz aún más estratégico si consideramos que a finales de septiembre vendió toda su participación en Nvidia, la compañía cuyos chips han sido el combustible de la revolución de la inteligencia artificial. Fue una salida táctica, probablemente calculada para liberar recursos y reorientarlos hacia donde el grupo japonés prevé mayor valor futuro no solo en el hardware, sino en el cerebro que lo alimenta, en el software que define cómo piensan las máquinas.
La inversión anterior de SoftBank en OpenAI, cerrada en diciembre, ascendió a 41.000 millones de dólares y le otorgó una participación del 11 %. Ahora, con una nueva apuesta de 30.000 millones más, su peso en la compañía podría crecer sustancialmente. Esta escalada sugiere que SoftBank no ve a OpenAI como una apuesta más entre muchas, sino como una pieza central de su estrategia global.
Y no está solo. Sam Altman, el carismático CEO de OpenAI, ha estado en conversaciones con grandes fondos soberanos del Golfo Pérsico, como el PIF de Arabia Saudí y MGX de Abu Dabi. También se ha negociado con Amazon una inyección de 10.000 millones de dólares. El mapa de poder financiero global se está reconfigurando alrededor de una sola tecnología.
La carrera de las valoraciones de 500.000 a 830.000 millones en meses
En otoño del año pasado, OpenAI ya había alcanzado una valoración de 500.000 millones de dólares, aunque entonces fue en una operación secundaria de venta de acciones por empleados. En apenas unos meses, la cifra ha crecido más de un 60 %. Este salto no responde solo a resultados financieros, sino a una percepción colectiva que la implantación masiva de inteligencia artificial está ocurriendo ya, y que OpenAI está en el centro del fenómeno.
La empresa defiende este crecimiento sin precedentes con datos de uso, expansión de clientes empresariales y avances técnicos en modelos multimodales. Pero también hay algo más la conversión de OpenAI en una entidad con ánimo de lucro, un movimiento reclamado por SoftBank. Este cambio no es solo contable, es una señal clara de que se prepara el escenario para una salida a bolsa.
Microsoft, que ya posee cerca del 27 % del capital, ha sido un socio clave en este camino. Pero ahora, con tantos nuevos actores entrando en escena, el equilibrio de poder dentro de OpenAI podría volverse complejo. ¿Quién tendrá la última palabra cuando llegue el momento de decidir el rumbo? ¿El fundador, los inversores, o el mercado?
Anthropic, el competidor que también crece a ritmo de superpotencia
OpenAI no es el único foco de atracción. Anthropic, la startup fundada por Dario Amodei, exinvestigador de OpenAI, también está en plena escalada. Negocia una ronda de financiación para captar 20.000 millones de dólares, el doble de lo que buscaba inicialmente. Su valoración alcanzaría los 350.000 millones, casi duplicando la de su anterior ronda en septiembre, cuando ya había recaudado 13.000 millones.
Entre sus inversores figuran gigantes como BlackRock, Fidelity, General Atlantic, Goldman Sachs, GIC, TPG y la Qatar Investment Authority. Y a finales de 2025, recibió una inyección conjunta de 15.000 millones de dólares por parte de Nvidia y Microsoft. Es una paradoja los mismos que financian a OpenAI también apuestan por su competidora. Lo que están comprando no es una empresa, sino opciones sobre el futuro.
Anthropic ya planea una salida a bolsa para finales de 2026. La carrera no es solo técnica, es financiera, simbólica, geopolítica.
IA como nuevo campo de batalla económico
En septiembre pasado, OpenAI y Nvidia anunciaron una alianza estratégica, con una inversión de 100.000 millones de dólares de la compañía de chips. Es una simbiosis perfecta Nvidia fabrica el cerebro físico, OpenAI el intelecto digital. Pero también es una señal de dependencia. Sin esos chips, no hay modelos de IA avanzados. Y sin aplicaciones como las de OpenAI, los chips no alcanzarían su máximo valor.
Estamos viendo cómo se construye una nueva infraestructura económica global, con alianzas que trascienden las fronteras y con decisiones que afectarán a cómo trabajamos, aprendemos y nos comunicamos. No es exagerado decir que las decisiones tomadas hoy en estas salas de reunión entre fondos soberanos, japoneses y empresas estadounidenses están moldeando el mundo en el que viviremos dentro de una década.
¿Dónde está el riesgo? En la concentración. En que unas pocas empresas, respaldadas por unos pocos inversores todopoderosos, terminen definiendo cómo piensan las herramientas que todos usaremos. Pero también está la oportunidad acelerar avances que podrían transformar la medicina, la energía, la educación.
La inteligencia artificial ya no es un experimento de laboratorio. Es un campo de fuerzas, y el dinero es su gravedad.