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Madrid abrió el Orgullo 2026 el 19 de julio en la plaza Pedro Zerolo con una advertencia que ya no suena abstracta, porque la violencia digital no solo circula por las pantallas y también entra en la intimidad de aquello que una persona nunca decidió contar.
Los algoritmos infieren más de lo que mucha gente cree
Hervé Lambert, responsable de Operaciones Globales de Consumo de Panda Security, situó el problema en un terreno incómodo, el de las deducciones invisibles que hacen las plataformas a partir del rastro cotidiano.
"Los algoritmos analizan lo que una persona publica de forma explícita, pero también hacen deducciones a partir de su comportamiento digital, de las cuentas que sigue, de los contenidos con los que interactúa, las ubicaciones que comparte o de las aplicaciones que usa" - Hervé Lambert, responsable de Operaciones Globales de Consumo de Panda Security
Después de ese rastreo, Lambert explicó que todo eso genera datos que se pueden usar para elaborar perfiles cada vez más precisos. Cuando la variable en juego es la identidad sexual, el daño deja de ser técnico y pasa a ser personal.
Ahí aparece una frontera delicada.
Lambert formuló esa idea con una frase directa sobre la exposición involuntaria de la identidad sexual. las redes bajo control privado ya mostraban hasta qué punto el diseño algorítmico pesa sobre quienes todavía están construyendo su identidad.
"Y ninguna persona debería verse expuesta porque un algoritmo haya sido capaz de inferir algo que nunca decidió compartir" - Hervé Lambert, responsable de Operaciones Globales de Consumo de Panda Security
No hablamos solo de una hipótesis. Estibaliz Cepa-Rodríguez y Aitor Martxueta, investigadores de la Universidad del País Vasco, examinaron una muestra de más de 1.000 personas que se identifican como gais, lesbianas, bisexuales o asexuales, y el estudio reveló que más de la mitad había sufrido algún tipo de violencia por su orientación sexual.
El daño digital golpea más que el presencial
Ese mismo trabajo añadió un dato que obliga a mirar el problema de otra manera, porque determinó que el ciberacoso genera daños más severos en la salud mental y en el desarrollo de la identidad que el acoso presencial.
Visto así, el móvil deja de ser una simple herramienta de comunicación. También puede convertirse en el lugar donde una sospecha, una burla o una deducción algorítmica persiguen a alguien a cualquier hora.
Una de cada cinco mujeres que dedica tiempo a los videojuegos online en España recibe mensajes sexuales no consentidos. La cifra encaja con un entorno donde el hostigamiento digital se mezcla con rutinas de ocio que antes parecían inofensivas.
Además, Lambert describió los ataques con inteligencia artificial generativa como más fáciles, más rápidos y más baratos. Esa combinación reduce barreras para acosar y multiplica la escala con muy poco esfuerzo.
Europa pide aplicar mejor unas reglas que ya existen
Mientras el debate público gira alrededor de nuevas herramientas, el Consejo de la Unión Europea ha instado a los Estados miembros y a la Comisión Europea a aplicar con mayor firmeza la legislación vigente para frenar la violencia en línea contra niñas y mujeres jóvenes.
No es un matiz menor.
El problema no siempre arranca en la ausencia de normas, sino en la distancia entre la norma escrita y la experiencia diaria de quien recibe insultos, insinuaciones o amenazas a través de una pantalla. En esa brecha también crecen las suplantaciones de identidad y otras formas de daño apoyadas en datos personales.
Ese contraste entre celebración pública y vulnerabilidad privada flotó sobre la inauguración del Orgullo 2026 en Madrid. El 19 de julio, en la plaza Pedro Zerolo, la fiesta convivió con un hecho incómodo, porque hoy basta el comportamiento digital de una persona para que otros intenten convertirlo en perfil, arma o amenaza.