Añadir Mangas Verdes como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
Una novela de 26.000 palabras premiada entre 2.204 manuscritos ha quedado bajo sospecha por una pregunta que hasta hace poco parecía de laboratorio y hoy ya alcanza a jurados, editoriales y lectores.
Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, ganó en julio de 2026 el primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat. Ahora, la editorial ha suspendido todos los actos de presentación previstos en Madrid y otras ciudades españolas mientras revisa el caso.
El premio prohibía la IA antes incluso de elegir la obra
Las bases del certamen, convocado en noviembre de 2025 por la editorial mexicana Almadía y la fundación española Ventosa Arrufat, no dejaban margen. La participación implicaba declarar expresamente que la obra no había sido escrita ni parcial ni totalmente con herramientas de inteligencia artificial, y contemplaban la descalificación ante cualquier indicio o sospecha de incumplimiento.
El detector Pangram atribuye un 99 % del texto de la novela a inteligencia artificial.
Ahí aparece la fricción central, porque David Silva Rojas niega haber usado esa tecnología en el libro. El autor, nacido en Ica en 1981, es abogado especializado en Derecho Penal e investigador.
"Consideramos necesario realizar una revisión detallada, sin anticipar conclusiones y con el cuidado que requiere una valoración que puede afectar a una obra y su autor" - Almadía, editorial convocante del premio
No es una disputa encerrada en un único manuscrito. También pesan los textos que rodearon la promoción del libro y la imagen pública de su autor.
La sospecha saltó del manuscrito a las declaraciones públicas
En una entrevista publicada en septiembre por la revista Ulrica, el mismo detector atribuyó a inteligencia artificial el 97 % de las respuestas de Silva Rojas. En un texto en primera persona sobre el origen de la novela publicado en la web de Ventosa Arrufat, la herramienta elevó esa atribución al 80 %.
Mientras tanto, el jurado había celebrado rasgos muy concretos de la obra, desde “el uso de los silencios” hasta una construcción hecha con “un lenguaje sutil, oraciones breves como el goteo de los regadores en las viñas, sin caer nunca en la tentación del panfleto ni la declamación”. Ese contraste vuelve el caso especialmente incómodo, porque el elogio literario y la sospecha técnica conviven sobre el mismo texto.
Max Spero, consejero delegado de Pangram, sostuvo en un podcast que la tasa de falsos positivos del detector es de uno por cada 24.000 textos escritos por personas. Aun así, la discusión no desaparece, porque un detector no dicta por sí solo qué hacer con un premio ya concedido.
De hecho, las sospechas en premios literarios ya no son una rareza y empiezan a formar parte del paisaje editorial.
Otros casos ya enseñan el coste de una duda así
El canadiense Thélyson Orélien usó inteligencia artificial en la redacción de una novela premiada en Francia y su editorial acabó desvinculándose de él tras una investigación interna. No es un antecedente idéntico, pero sí una señal de hasta qué punto la autoría se ha vuelto un terreno sensible cuando hay galardones, contratos y prestigio de por medio.
Además, un análisis de 175 libros populares en España concluyó que uno de cada tres superventas autopublicados contiene mucho texto generado con inteligencia artificial. Ese dato ensancha el problema, porque desplaza la cuestión desde un caso singular hacia una práctica que ya circula en el mercado con bastante más frecuencia de la que muchos lectores imaginan.
También hay rastreos de superventas autopublicados que apuntan en la misma dirección.
Al final, la tensión no nace solo de un 99 %. Nace de que una novela premiada por su voz singular quedó atrapada entre una cláusula firmada antes del fallo, una negación tajante de su autor y un detector que también marcó con porcentajes muy altos las palabras con las que intentó explicarse.