La inteligencia artificial está aprendiendo a hablar, a dibujar, a diagnosticar enfermedades. Pero lo que no dice es que, para hacerlo, necesita enchufarse. Y no uno cualquiera. Necesita miles. Decenas de miles. Y por ahora, aunque las grandes tecnológicas compren los últimos chips de Nvidia como si fueran billetes de lotería premiada, el verdadero cuello de botella no está en las tarjetas gráficas. Está en el suelo. En los cables. En la capacidad de mantener encendidas sus máquinas 24 horas al día, sin fallas, sin cortes, sin excusas.
"El problema ya no es que le falten chips de Nvidia, sino que no hay suficientes enchufes"
- Satya Nadella, CEO de Microsoft
La fiabilidad que exigen los centros de datos es del 99,999 %. Una cifra que suena a perfección matemática, pero que en la práctica significa que solo pueden permitirse cinco minutos de caída al año. Cinco minutos. No más. Y para garantizarlo, no basta con tener electricidad. Hay que tenerla en reserva. Y no de cualquier forma. La IA no consume energía como una oficina o un hogar. Su demanda es volátil, impredecible, puede subir en picado en cuestión de segundos. Necesita respuestas inmediatas, como un músculo que se contrae al instante. Por eso, las Big Tech no están solo buscando más energía. Están excavando.
El oro blanco bajo tierra
Google, Amazon, Meta. Todas miran ahora hacia abajo. Muy abajo. A miles de metros bajo la superficie, donde antiguas formaciones geológicas guardan una solución poco romántica pero eficaz cavernas de sal. Sí, sal. Cuando se inyecta agua en estos domos subterráneos, se disuelve el mineral y queda una cavidad hermética, perfecta para almacenar gas natural. Y no cualquier gas, sino el que puede encender turbinas en minutos cuando la IA pide más recursos.
Estas cavernas tienen una ventaja clave frente a los antiguos yacimientos de petróleo permiten inyectar y extraer gas con mucha más frecuencia. Son como baterías de alta presión. Y en un mundo donde la demanda de energía puede duplicarse en horas según el uso de modelos de lenguaje o entrenamientos masivos, esa flexibilidad es oro. Literalmente.
Según Fortune, solo se ha planificado alrededor de la mitad del almacenamiento de gas necesario para cubrir la demanda futura de los centros de datos. Una cifra alarmante. Y más aún cuando Jack Weixel, analista de East Daley Analytics, advierte que se necesita el doble de la capacidad de almacenamiento que se planea actualmente. No es una cuestión de lujo. Es de supervivencia energética.
Los nuevos centros del poder digital
En Louisiana y Texas, las empresas de infraestructura están acelerando proyectos que parecían dormidos. Enbridge, gigante del transporte de gas, confirma expansiones en Egan y Moss Bluff. Greg Ebel, su CEO, lo dice sin rodeos "Esta demanda cambia drásticamente la economía del suministro". Ya no se trata solo de mover gas. Se trata de anticipar la IA, de tenerlo listo antes de que se pida.
Uno de los proyectos más ambiciosos es el Freeport Energy Storage Hub, o FRESH, en Houston. La idea es conectar hasta 17 gasoductos a un nuevo domo de sal para 2028. Pero hay un problema los tiempos de construcción suelen superar los cuatro años. Y la IA no espera. Mientras tanto, empresas como Trinity Gas Storage ya han dado el paso definitivo. Han tomado la decisión final de inversión (FID) para ampliar su capacidad en el este de Texas. ¿El objetivo? Dar soporte a Stargate, un megacluster de 500.000 millones de dólares de OpenAI y Microsoft. Jim Goetz, CEO de Trinity, lo llama sin ambages "superciclo del almacenamiento 2.0".
El precio de la inteligencia
Todo este movimiento tiene un impacto directo en la factura de la luz. El auge de la IA, sumado a las exportaciones de GNL y a una reindustrialización tímida pero presente, está presionando al alza los precios del gas y la electricidad. Y sin suficiente almacenamiento, cualquier perturbación un frío extremo, una ola de calor se convierte en una crisis. El gas natural actúa como amortiguador. Lo absorbe, lo libera, estabiliza. Pero sin capacidad, esa amortiguación desaparece. Y la volatilidad se traslada directamente al consumidor.
La infraestructura de la Costa del Golfo, clave para todo este sistema, es especialmente vulnerable. Un solo huracán sobre Texas o Louisiana puede interrumpir producción, exportaciones y transporte de golpe. Y cuando falla, falla todo. La red no está diseñada para estos niveles de estrés continuo. Está siendo rediseñada sobre la marcha.
La paradoja verde
Mientras tanto, los compromisos de descarbonización siguen en pie. Gobiernos, empresas, activistas. Todos hablan de renovables, de cero emisiones. Pero la realidad es tozuda. Las energías limpias crecen, sí. Pero no lo hacen con la velocidad ni la estabilidad que requiere la IA. El sol no siempre brilla. El viento no siempre sopla. Y los modelos de lenguaje no pueden quedarse sin energía a las tres de la madrugada.
Así que, paradójicamente, el auge de la inteligencia artificial está retrasando el abandono de los combustibles fósiles. En Europa, algunas eléctricas negocian convertir antiguas centrales de carbón y gas en centros de datos. En China, el estado subvenciona directamente la electricidad para alimentar la carrera de la IA, construye clústeres en provincias interiores y hasta planea centros de datos submarinos, aprovechando el frío oceánico para refrigerar sus máquinas. Todo para abaratar el "combustible" digital, especialmente cuando sus chips son menos eficientes que los de Nvidia.
Pero no todo es gas. Hay señales de cambio. Fervo Energy, una startup geotérmica con Google como inversor y cliente, acaba de cerrar una de las mayores rondas de financiación del sector. Su apuesta geotermia avanzada, que permite generar electricidad constante, las 24 horas, sin depender del clima. Una promesa. Aún limitada en escala, pero con potencial real.
La IA no solo está transformando cómo trabajamos, cómo aprendemos, cómo nos comunicamos. Está redibujando el mapa energético del planeta. Y en ese mapa, los chips son solo el inicio. Lo verdaderamente importante está debajo. En la sal, en el gas, en las decisiones que se toman hoy para que mañana, cuando preguntes algo a un asistente virtual, no se quede en silencio por falta de energía.