Proyecto Panama: millones de libros fueron destruidos para entrenar a la IA que escribe como un novelista

“Escanear destructivamente todos los libros del mundo”: el objetivo oculto de Anthropic

07 de febrero de 2026 a las 10:50h
Proyecto Panama: millones de libros fueron destruidos para entrenar a la IA que escribe como un novelista
Proyecto Panama: millones de libros fueron destruidos para entrenar a la IA que escribe como un novelista

Imagina una máquina que aprende a escribir como un novelista, que redacta ensayos con el tono de un ensayista clásico o que cuenta historias con la cadencia de un poeta. Ahora imagina que, para que eso ocurriera, alguien decapitó millones de libros. Literalmente. Les cortó el lomo, los escaneó página a página y luego los trituró. Lo suena como ciencia ficción. Pero ocurrió. Y no en una película. Ocurrió en 2024, en almacenes repartidos por Estados Unidos y Europa, bajo el nombre en clave de Proyecto Panama.

El secreto tras el lenguaje perfecto

Anthropic, la empresa detrás del chatbot Claude, quería que su inteligencia artificial aprendiera a escribir bien. No solo con corrección gramatical, sino con profundidad, estilo, coherencia. Uno de sus cofundadores, Ben Mann, escribió en enero de 2023 que entrenar modelos con libros podría enseñarles cómo escribir bien en lugar de imitar la jerga de internet de baja calidad. Era una ambición noble. Pero el camino elegido fue oscuro.

Para lograrlo, la empresa puso en marcha una operación a escala industrial comprar millones de libros de segunda mano, cortarles el lomo con máquinas hidráulicas, escanear cada página y luego reciclar el papel. Una vez convertidos en datos, los libros físicos dejaban de existir. En un año, Anthropic invirtió decenas de millones de dólares en este proceso. Todo en secreto. Documentos internos citados por el Washington Post revelan que el objetivo era escanear destructivamente todos los libros del mundo. Y que no querían que nadie lo supiera.

La sombra de la piratería

Pero antes del escaneo físico, hubo otra fase. Una más opaca. Ben Mann, el cofundador, descargó personalmente durante 11 días en junio de 2021 una colección masiva de libros desde LibGen, una conocida biblioteca digital pirata. En julio de 2022, celebró el lanzamiento de "Pirate Library Mirror", un espejo del sitio pirata, escribiendo a sus compañeros ¡¡¡Justo a tiempo!!!. Los registros internos muestran que empleados de Anthropic usaron servidores alquilados a Amazon para descargar torrents, evitando que la actividad fuera rastreada hasta la empresa. La razón, según un correo interno evitar el riesgo de rastrear la operación.

Estas prácticas no eran exclusivas de Anthropic. Documentos judiciales revelan que Meta, Google y OpenAI también se lanzaron a una carrera desenfrenada por obtener datos masivos. Un email de Meta de 2024 describe el acceso a una biblioteca digital de libros como esencial para ser competitivo en la carrera de la inteligencia artificial. Y cuando empleados expresaron preocupaciones legales, la práctica fue aprobada tras ser escalada al más alto nivel. Aparentemente, hasta Mark Zuckerberg.

El silencio de los editores

¿Por qué no pidieron permiso? Porque no lo consideraron práctico. Miles de editoriales, millones de autores. Negociar con cada uno habría sido un proceso lento, costoso, casi imposible. Así que optaron por tomar. Sin pedir. Sin pagar. Sin avisar. Las compañías no consideraron práctico obtener permiso directo de editoriales y autores y se decantaron por copias no autorizadas de sitios de terceros. Fue una decisión tecnológica, pero también ética. Y legal.

La demanda llegó. Autores literarios, afectados por el uso no autorizado de sus obras, presentaron una acción judicial. En agosto de 2025, Anthropic acordó pagar 1.500 millones de dólares para cerrar el caso. Sin admitir culpabilidad. Los autores cuyas obras fueron descargadas pueden reclamar una compensación estimada en unos 3.000 dólares por título. Un consuelo económico, quizás. Pero también un reconocimiento sí, usaron vuestros libros. Sí, sin vuestro permiso.

La lógica del juez

En junio de 2025, el juez William Alsup emitió una sentencia sorprendente. Determinó que Anthropic tenía derecho a usar libros para entrenar modelos de inteligencia artificial porque el proceso era transformador. Comparó el entrenamiento de una IA con lo que hacen los profesores cuando enseñan a escribir a sus alumnos no copian, aprenden. Asimilar, no replicar. La analogía fue poderosa. Pero también polémica. Porque, ¿es lo mismo leer un libro que escanearlo en masa para alimentar una máquina que luego puede imitar tu voz, tu estilo, tu firma literaria?

En el caso de Meta, otro juez, Vince Chhabria, dictaminó que los autores no habían demostrado que los modelos de IA perjudicaran las ventas de sus libros. Era un argumento frío, basado en datos. Pero dejaba de lado una pregunta más profunda ¿Quién tiene derecho a usar mi obra para crear algo nuevo?

El futuro de la creatividad

El Proyecto Panama ya no existe. Anthropic cambió de estrategia. Contrató a Tom Turvey, uno de los arquitectos de Google Books, para replantear su enfoque. Hoy, la empresa considera comprar libros directamente de librerías de segunda mano, como la mítica Strand de Nueva York, o trabajar con vendedores del Reino Unido. Una vuelta a lo físico, pero esta vez, al menos, con cierto aire de transparencia.

Pero la herida sigue abierta. La carrera por los datos ha puesto en jaque los derechos de autor en la era digital. Y ha revelado una verdad incómoda las grandes tecnológicas están construyendo el futuro con materiales prestados, sin pedir permiso. Libros, arte, música, textos. Todo sirve. Todo se escanea. Todo se transforma.

Y mientras tanto, millones de ejemplares, con dedicatorias, anotaciones, marcas de lectura, han sido convertidos en bytes. Y luego, reciclados. Como si nunca hubieran existido.

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