Sam Altman compara la IA con la electricidad y alerta de que el cómputo puede volverla un lujo

El CEO de OpenAI defendió ante el G20 que renunciar a la IA sería tan mala idea como renunciar a la electricidad, y advirtió de la concentración de poder, el coste del cómputo y los riesgos de ciberseguridad.

04 de septiembre de 2026 a las 07:09h
Sam Altman compara la IA con la electricidad y alerta de que el cómputo puede volverla un lujo
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Sam Altman llevó al G20 una comparación que busca cerrar el debate antes de que empiece. Para el director ejecutivo de OpenAI, renunciar a la inteligencia artificial sería tan mala idea como haber renunciado a la electricidad hace más de un siglo.

Lo dijo ante ministros de tecnología y comercio en Chapel Hill, y además admitió su propio interés en la discusión. “Estoy sesgado, estoy defendiendo mi negocio. Perdónenme la analogía”, reconoció.

"Creo que sería una idea aproximadamente tan mala decir que no vamos a tener IA en nuestro país como fue decir que no íbamos a tener electricidad hace más de cien años". - Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI

La comparación no solo busca impresionar. También coloca la inteligencia artificial en el terreno de las infraestructuras básicas, como si el debate ya no fuera si conviene adoptarla, sino quién controlará el acceso, quién pondrá las reglas y quién pagará la factura de entrada.

En seis años y medio el consumo pasó de cero a 100.000 tokens al mes

Altman dibujó ese cambio con una cadena de cifras que ayuda a medir la velocidad del fenómeno. A comienzos de 2020, dijo, el mayor usuario mundial consumía unos 100.000 tokens al mes, mientras que a mediados de 2026 ese mayor usuario ya consume cientos de miles de millones mensuales.

Más llamativo aún resulta el salto del usuario medio.

Según Altman, la persona promedio pasó de cero a 100.000 tokens mensuales en seis años y medio, y dentro de otros seis años y medio rondará los 100.000 millones al mes. La escala cuesta imaginarla, pero apunta a una tecnología que deja de sentirse como herramienta puntual y empieza a comportarse como una capa continua de uso diario.

Esa expansión también cambia la relación con el software. Si hace poco una startup medía su avance por semanas, Altman sostuvo que el trabajo que antes exigía tres meses ahora puede resolverse en unos 17 minutos con Codex, una idea que conecta con la adopción lenta en las empresas, donde la velocidad técnica no siempre coincide con la velocidad real de cambio.

Howard Lutnick preguntó quién pondrá el contexto

Ahí apareció una de las preguntas más delicadas de la jornada. Howard Lutnick, secretario de Comercio de Estados Unidos, cuestionó quién aporta el contexto necesario para aplicar la inteligencia artificial.

Altman respondió que esa parte no debe venir de OpenAI. Su empresa, dijo, pondrá “el motor” y esa “materia prima de IA”, pero no el contexto final con el que gobiernos, empresas o servicios decidan usarla.

"Eso no va a venir de nosotros, y no creo que deba". - Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI

No es un matiz menor. Si una compañía entrega la capacidad de cálculo y de generación, pero deja fuera el contexto, traslada a otros la tarea de decidir cómo aterriza esa potencia en escuelas, hospitales, tribunales, oficinas o administraciones.

Altman incluso fue más lejos al admitir que OpenAI tampoco sería buena en ese papel aunque le correspondiera. La frase sugiere un reparto del poder bastante claro, con unas pocas empresas concentradas en el motor y una multitud de actores obligados a decidir cómo lo enchufan a la vida cotidiana.

La abundancia de cómputo decidirá quién puede usar la herramienta

Ese reparto enlaza con otra advertencia suya, quizá menos vistosa que la metáfora de la electricidad y más incómoda. Altman alertó sobre la concentración de poder y la inequidad de cómputo.

Si la inteligencia artificial no llega a ser abundante, sostuvo, acabará convertida en un recurso muy disputado por el que los ricos gastarán enormes sumas. La discusión deja entonces de ser puramente técnica y se parece bastante a una pelea por acceso, precio y jerarquía.

Un chico que crece hoy nunca será más inteligente que la IA, afirmó también Altman, aunque añadió que tampoco conocerá un mundo donde los productos y servicios con los que interactúa no sean inteligentes, capaces y útiles.

Esa imagen mezcla promesa y dependencia. La misma tecnología que se presenta como ubicua necesita, al mismo tiempo, evitar que el acceso quede cercado por el coste del cómputo, una tensión que ya asoma en debates sobre control y dinero en OpenAI.

Altman avisó de que la ciberseguridad puede torcerse muy rápido

No todo en su intervención giró en torno a productividad y adopción. Altman advirtió que algunas cosas van a salir muy mal en ciberseguridad si la gente no actúa con bastante urgencia.

La alarma encaja con un problema que ya no suena abstracto. Cuanto más capaces y más extendidos son estos sistemas, más valor tienen también para automatizar ataques, buscar fallos y escalar operaciones a una velocidad que antes exigía equipos y tiempo, una presión que recuerda a el desfase frente al cibercrimen.

Altman anunció además que OpenAI lanzará pronto un nuevo modelo, aunque no dio nombre ni fecha. El dato añade expectación, pero la escena del G20 dejó una contradicción más concreta que cualquier calendario, con una tecnología presentada como inevitable y, al mismo tiempo, atravesada por dos riesgos muy terrenales, quién puede pagarla y quién puede contener sus fallos.

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