Samsung no está jugando a mantener el ritmo. Está acelerando a toda marcha, y lo hace en un momento clave para la industria tecnológica global. Los primeros números del año ya lo anticipan unos beneficios estimados en 38.000 millones de dólares en el primer trimestre, una cifra que no solo sorprende, sino que multiplica por ocho lo obtenido en el mismo periodo del año anterior. No es una mejora gradual; es un salto cuántico. Y detrás de esta explosión, hay una palabra que resuena con fuerza en los laboratorios de diseño de chips HBM4.
El pulso de la memoria
Las memorias HBM4 High Bandwidth Memory de cuarta generación no son simples componentes. Son el corazón de las nuevas GPU de NVIDIA y AMD, esas que alimentan los centros de datos de inteligencia artificial más potentes del mundo. Y aquí está el giro Samsung, que hasta hace poco parecía rezagada frente a su competidora nacional SK Hynix, ha dado un zarpazo. Adelantó a SK y se ha posicionado como proveedora clave de ambas empresas en esta tecnología. No es solo un contrato; es una declaración de intenciones.
La demanda es tan intensa que se prevé un aumento de precios en estos chips superior al 50%. En este mercado, fabricar primero no solo da ventaja técnica, da poder de negociación. Y Samsung lo sabe. Pero para mantener este ritmo, necesita más que ingeniería necesita fábricas, inversión y presencia estratégica. Es ahí donde entra Estados Unidos.
Una apuesta de 37.000 millones de dólares
En Texas, la planta de Samsung en Taylor se está convirtiendo en un símbolo de esta nueva era. De los 37.000 millones de dólares que la empresa planea invertir en suelo estadounidense, 17.000 millones irán directamente a esta instalación. El objetivo es claro fabricar chips de 2 nanómetros utilizando transistores con arquitectura gate-all-around, una tecnología que permite mayor eficiencia y menor consumo al envolver completamente el canal del transistor con el gate. Es un salto más allá del FinFET, y una carrera que ya no es solo técnica, sino geopolítica.
El campus de Taylor, con la contratación de 1.500 empleos directos, no solo generará productos; generará dependencia. Y eso es precisamente lo que buscan empresas como Apple, NVIDIA, AMD o incluso Tesla tener acceso a chips fabricados localmente, sin depender de cadenas de suministro asiáticas. Un deseo que, por cierto, encaja perfectamente con las políticas impulsadas durante la administración de Donald Trump, que exigió fortalecer la soberanía tecnológica en Estados Unidos.
La maquinaria del futuro
En Corea del Sur, el campus de Pyeongtaek, el mayor centro de operaciones de Samsung, también está en plena transformación. La compañía ha encargado ya 20 máquinas de litografía EUV de ASML esas gigantescas y complejas herramientas que dibujan los circuitos a escala atómica por un valor cercano a los 8.000 millones de dólares. Se estima que la planta contará con 70 unidades en total, un número diseñado para sostener la producción masiva de HBM4 y preparar el terreno para lo que viene después.
Y lo que viene es aún más ambicioso. Samsung ya ha comenzado a producir unidades de prueba en proceso de 2 nm, una etapa crucial antes de llegar a la fabricación en serie. El objetivo es claro arrancar la producción en masa de estos chips de 2 nm de cara a 2027. Si lo consigue, podría no solo igualar, sino superar a TSMC, el gigante taiwanés que hoy domina el sector con clientes como Apple y NVIDIA. TSMC, por ahora, se enfoca en tecnologías de 2/3 nm. Samsung apunta más allá.
El horizonte del 1 nm
Pero la ambición no se detiene en el 2 nm. Samsung ya tiene la mirada puesta en el 1 nm para 2030. Es un umbral simbólico, casi límite de lo físicamente posible. Alcanzarlo significaría mantener el ritmo de la ley de Moore en una era en la que muchos la daban por muerta. Y para hacerlo, la compañía no actúa sola forma parte del programa EPIC de Applied Materials, junto a SK Hynix, una alianza estratégica para desarrollar tecnologías de fabricación avanzada.
Todo esto no es solo una historia de transistores más pequeños o memorias más rápidas. Es la historia de cómo una sola empresa está redefiniendo el mapa global del poder tecnológico. No desde Silicon Valley, sino desde Pyeongtaek y Taylor. No solo con algoritmos, sino con hormigón, maquinaria y decisiones políticas. Y mientras el mundo depende cada vez más de la inteligencia artificial, quien controle los chips, controlará el futuro. Samsung no lo dice. Lo está construyendo, capa a capa, nanómetro a nanómetro.