Sin automatización, la desigualdad salarial en España habría sido un 21,5% menor en 2019

"La inteligencia artificial no democratiza, concentra"

17 de marzo de 2026 a las 12:04h
Sin automatización, la desigualdad salarial en España habría sido un 21,5% menor en 2019
Sin automatización, la desigualdad salarial en España habría sido un 21,5% menor en 2019

La tecnología prometía un mundo más justo. Más eficiente, desde luego. Pero justo, no tanto. Detrás de cada avance que multiplica la productividad, que acelera los procesos, que nos hace más cómoda la vida, hay una pregunta incómoda ¿quién se lleva los beneficios? Un estudio riguroso, fruto de la colaboración entre la London School of Economics y la Universidad Complutense de Madrid, arroja luz sobre esta duda con datos concretos de España. Y la respuesta no es tranquilizadora.

La brecha que crece

Entre 2000 y 2016, la desigualdad salarial en España subió 6,4 puntos en el índice Gini, una medida estándar para evaluar cómo se distribuye la renta. El pico más agudo se registró entre 2008 y 2016, cuando en solo ocho años el Gini se disparó 4,7 puntos. En 2023, España tenía un Gini de 30,8, por encima de la media europea, que se situó en 29,4 en 2024. No es una diferencia abismal, pero sí reveladora el progreso tecnológico no ha repartido sus frutos de forma equitativa.

El estudio ofrece una proyección reveladora sin los efectos de la automatización, la desigualdad salarial en España habría sido un 21,5% menor en 2019. Eso no es una especulación. Es un cálculo basado en datos reales, en modelos económicos que aíslan el impacto de la tecnología. Y el resultado es claro la máquina ha ampliado la brecha entre los que más ganan y los que menos ganan.

Quién gana y quién pierde

En el extremo superior de la pirámide, el 10% de los trabajadores con mayores ingresos habría recibido un 3,9% menos de cuota salarial sin la revolución tecnológica. Ellos, en cierto modo, han sido los aliados de las máquinas. Las han integrado, las han dirigido, han aprovechado sus capacidades. Pero en el otro extremo, la historia es distinta. El 50% de los trabajadores con salarios más bajos habría ganado un 0,83% más sin automatización. Y dentro de ese grupo, el 10% más vulnerable habría visto su salario aumentar hasta un 2,2%. Pequeñas cifras en apariencia, pero que marcan la diferencia entre sobrevivir y resistir.

Lo interesante y preocupante es que el estudio distingue entre dos fenómenos la automatización y la inteligencia artificial. No son lo mismo. La automatización, esa que reemplaza tareas repetitivas, afecta especialmente a los salarios medios y bajos. Son empleos administrativos, operarios, gestores de procesos rutinarios. Trabajos que, pese a su importancia, son más fáciles de codificar, de estandarizar, de reemplazar. En cambio, la IA no reemplaza tanto como potencia. Y lo hace en beneficio de quienes ya están mejor posicionados. La inteligencia artificial no democratiza, concentra.

Para el periodo 2015-2019, sin exposición a la IA, el coeficiente Gini habría sido un 9,9% menor en 2019. Casi una décima parte de la desigualdad actual, atribuible directamente al impacto de estas nuevas tecnologías. Y no es un efecto neutro los trabajadores con menor nivel educativo sufrieron un impacto salarial negativo casi tres veces mayor que quienes tienen estudios universitarios. La brecha educativa se ha convertido en una brecha tecnológica.

El fantasma del pasado y el futuro que se acerca

En el año 2000, España tenía 8,8 puntos Gini menos que Estados Unidos en desigualdad salarial. En 2019, esa diferencia se redujo a solo 2,2 puntos. Lo que antes parecía un abismo entre un modelo europeo más igualitario y uno estadounidense más desigual, se ha ido cerrando. Y no porque Estados Unidos haya mejorado, sino porque España ha empeorado. La desigualdad se ha acercado, y la tecnología ha sido parte del motor.

Sin los efectos de la automatización entre 2000 y 2019, la diferencia salarial entre trabajadores con distintos niveles de estudios habría sido un 43% menor. Es decir, la educación sigue siendo clave, pero la tecnología está amplificando su valor de forma desproporcionada. Quien ya tenía ventaja, la ha multiplicado.

Los más expuestos

El estudio identifica con precisión a los grupos más vulnerables los jóvenes con poca formación y quienes realizan tareas rutinarias, especialmente en gestión administrativa. Son los primeros en verse desplazados, no necesariamente por robots, sino por software que automatiza procesos. Mientras tanto, los trabajadores de mayor edad y alta cualificación tienden a integrar la tecnología en su labor. No compiten con ella; la usan como herramienta. La diferencia no es solo técnica, es de poder, de acceso, de contexto.

¿Qué hacer?

Los autores no se quedan en el diagnóstico. Proponen dos vías de acción. La primera invertir en educación y formación continua, pero no cualquier tipo de educación. El foco debe estar en habilidades no rutinarias, aquellas que las máquinas aún no pueden replicar pensamiento crítico, creatividad, competencias sociales. Capacidades que no se miden en exámenes, pero que definen la capacidad de adaptación.

La segunda propuesta es más incómoda revisar el tratamiento fiscal del capital y del trabajo. Hoy, en muchos países, es más barato invertir en maquinaria que en personas. Los impuestos favorecen la adquisición de tecnología sobre la contratación humana. La política fiscal, en silencio, está decidiendo quién gana y quién pierde en esta revolución.

La tecnología no es mala. Pero tampoco es neutral. Trae progreso, pero también desigualdad. Y si no queremos que el futuro sea solo para unos pocos, toca repensar no solo qué hacemos con las máquinas, sino cómo distribuimos lo que producen.

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