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La inteligencia artificial ya está dentro de la rutina escolar de miles de adolescentes, pero su uso no avanza al mismo ritmo que la verificación. Un estudio de la Escola Pia de Catalunya y la Universitat Oberta de Catalunya con 3.700 alumnos de ESO y Bachillerato de 17 centros concertados catalanes dibuja esa distancia con bastante nitidez.
Solo uno de cada diez comprueba siempre lo que la máquina responde
Solo uno de cada diez estudiantes contrasta siempre las respuestas que obtiene con inteligencia artificial.
El 23,8% las verifica a menudo, más de la mitad lo hace a veces o raramente y un 11,5% no las comprueba jamás. Dicho de otro modo, la herramienta entra en el estudio mucho antes de que se consolide el hábito de someterla a prueba.
Mientras tanto, el uso digital para estudiar ocupa ya una parte estable del día. El 55% del alumnado emplea dispositivos electrónicos entre una y tres horas diarias y otro 27% supera las tres horas.
Ahí aparece una paradoja llamativa. La presencia de la tecnología crece en el trabajo escolar, pero no todos los estudiantes sienten que entiendan bien cómo funciona ni cómo deben usarla en tareas académicas.
Un 34% del alumnado declara un conocimiento bajo o muy bajo de esta tecnología, frente a un 46% que se sitúa en niveles altos. El dato sugiere que convivir con la IA no equivale siempre a dominarla con criterio.
Escribir manda más que crear imágenes o vídeos
El uso más extendido es la generación de contenido escrito.
Quedan por detrás la creación de imágenes, de vídeos o de prompts, algo que encaja con la lógica cotidiana de las aulas. Para muchos estudiantes, pedir un texto, un resumen o una reformulación resulta más inmediato que explorar usos más técnicos o creativos.
Marta López Costa, miembro del equipo de coordinación del estudio y responsable del grupo de investigación en Educación de la UOC, sitúa ahí la prioridad pedagógica.
"El centro tiene que pasar de la tolerancia o la reacción puntual a una estrategia explícita, progresiva y compartida." - Marta López Costa, responsable del grupo de investigación en Educación de la UOC
Su planteamiento no se limita a permitir o prohibir herramientas. También reclama definir reglas de uso, márgenes de autonomía y formas de acompañamiento para que el alumnado no dependa de soluciones intuitivas en tareas que afectan al aprendizaje.
López Costa formula ese cambio con otra idea muy concreta.
"Hay que transitar de un uso intuitivo a una competencia digital académica crítica y sistematizada." - Marta López Costa, responsable del grupo de investigación en Educación de la UOC
Esa transición obliga a ordenar algo que hoy a menudo ocurre por costumbre, por ensayo y error o por simple presión de tiempo. En debates recientes sobre IA educativa de alto riesgo, la discusión gira precisamente alrededor de ese mismo punto, que no consiste solo en usar herramientas, sino en decidir bajo qué criterios entran en el aprendizaje.
La ESO y Bachillerato no piden la misma respuesta
Ramon Puig, impulsor de la iniciativa y miembro de la comisión sobre IA de la Escola Pia de Catalunya, plantea una diferencia de fondo entre etapas.
"El análisis de los datos muestra que la escuela no puede dar la misma respuesta en todas las etapas. En la ESO hay que alfabetizar en IA, mientras que en Bachillerato hay que exigir autoría y capacidad de defender el proceso que se ha seguido." - Ramon Puig, miembro de la comisión sobre IA de la Escola Pia de Catalunya
La idea cambia el enfoque de una norma única para todo el sistema. Primero haría falta aprender a identificar qué hace la herramienta, cómo falla y cuándo conviene desconfiar, y más adelante tocaría exigir que cada alumno pueda justificar qué parte del trabajo le pertenece.
Puig añade otra advertencia ligada al avance por etapas.
"A medida que avanza la etapa educativa, esta tecnología entra más en las tareas académicas, y también aumenta el riesgo de que sustituya partes esenciales del aprendizaje." - Ramon Puig, miembro de la comisión sobre IA de la Escola Pia de Catalunya
No es una preocupación abstracta. Cuando una herramienta ayuda a redactar, resumir o reorganizar ideas en segundos, la frontera entre apoyo y sustitución empieza a volverse borrosa, algo que también ha asomado en estudios sobre respuestas cada vez más homogéneas.
La evaluación ya no puede mirar solo el resultado final
Como parte del estudio, el equipo ha elaborado un conjunto de recomendaciones para los centros educativos sobre la verificación de la información. El foco no está únicamente en detectar errores, también en enseñar cuándo la ayuda es legítima y cuándo invade una parte del proceso que el estudiante debe resolver por sí mismo.
López Costa vuelve sobre esa frontera con una pregunta muy práctica para cualquier aula.
"El alumnado necesita saber cuándo la IA es una ayuda legítima, cuando hay que limitar su uso y qué parte del proceso tiene que ser propia." - Marta López Costa, responsable del grupo de investigación en Educación de la UOC
Después llega el punto más delicado, que afecta a la manera de examinar, corregir y pedir trabajos. Si el docente solo recibe un producto final, pierde visibilidad sobre cómo nació ese texto, quién tomó las decisiones y en qué momento intervino la herramienta.
López Costa lo resume con una exigencia concreta para la evaluación.
"Esto afecta directamente a la evaluación: pedir un producto final no es suficiente. Hay que pedir evidencias del proceso, justificación de decisiones y trazabilidad del uso de la IA." - Marta López Costa, responsable del grupo de investigación en Educación de la UOC
Ese es quizá el dato más incómodo del estudio. La inteligencia artificial ya acompaña horas de estudio cada día, pero solo una minoría la somete siempre a verificación y un 11,5% no la comprueba nunca.