En las últimas semanas, una palabra se ha repetido como estribillo en las salas de reuniones y en los comunicados de prensa de grandes empresas tecnológicas inteligencia artificial. Cada vez que una compañía anuncia miles de despidos, la IA aparece como el villano de la historia, el responsable silencioso que ha venido a robar puestos de trabajo. Pero, ¿es real o solo una coartada? ¿Estamos ante una revolución laboral o ante un nuevo tipo de disculpa corporativa?
El fantasma de la IA en las nóminas
Sam Altman, el CEO de OpenAI, no lo dice con mala intención. En una entrevista durante el India IA Impact Summit, reconoció algo que muchos sospechaban "No sé cuál es el porcentaje exacto, pero hay algo de 'AI washing' donde la gente culpa a la IA de despidos que harían de todos modos".
El término "AI washing" suena a eufemismo, pero describe una práctica real usar la inteligencia artificial como parapeto para decisiones de negocio que tienen más que ver con ajustes financieros, reestructuraciones o errores de gestión que con la automatización. Sobre todo tras la pandemia, muchas empresas contrataron a gran velocidad. Ahora, cuando la demanda se normaliza o los mercados se enfrían, necesitan recortar. Y la IA aparece como el argumento perfecto moderno, tecnológico, inevitable.
Considera esto en 2025, en Estados Unidos se registraron más de 1,2 millones de despidos. De ellos, apenas 54.836 fueron atribuidos directamente a la inteligencia artificial. Eso representa el 0,045% del total. Un número tan pequeño que resulta difícil justificar con él la magnitud de los ajustes en gigantes como Amazon, Microsoft o Google.
La paradoja de los datos
Esto no quiere decir que la IA no esté transformando el trabajo. Pero la transformación no es la misma que el despido masivo. Un estudio del National Bureau of Economic Research, que entrevistó a casi 6.000 directivos en Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Australia, reveló que casi el 90% de ellos afirmaron que la IA no ha afectado al empleo en sus empresas en los tres años posteriores al lanzamiento de ChatGPT.
Otro informe, elaborado por The Budget Lab de la Universidad de Yale con datos del Bureau of Labor Statistics hasta noviembre de 2025, tampoco encontró cambios significativos en las tasas de desempleo de los puestos más expuestos a la IA. No hay una ola de trabajadores juniors expulsados de sus oficinas por algoritmos. Al menos, no a nivel macroeconómico.
Martha Gimbel, codirectora del laboratorio, lo dijo con claridad
"No importa desde qué perspectiva se miren los datos, en este preciso momento no parece que haya efectos macroeconómicos importantes aquí"
¿Y entonces, por qué tanta alarma?
Porque algunos líderes sí están convencidos de que el cambio es inminente. Dario Amodei, CEO de Anthropic, una empresa de IA ética, vaticina que "la mitad de los trabajos de oficina podrían desaparecer en los próximos cinco años". Es un pronóstico duro, pero también especulativo. No es lo que está ocurriendo hoy, sino lo que podría pasar mañana.
Y hay casos reales que alimentan la preocupación. Sebastian Siemiatkowski, CEO de Klarna, reveló que su empresa ya ha sustituido parte de su equipo de atención al cliente por agentes de IA. Y adelanta que, hacia 2030, podrían prescindir de hasta un 30% de sus 3.000 empleados actuales. Aquí, la IA no es una excusa es una herramienta activa.
Pero incluso cuando las empresas sí vinculan los despidos con la IA, el análisis se complica. Amazon anunció en 2025 el despido de 16.000 empleados y dijo que necesitaría "menos gente para algunos trabajos que se hacen hoy", implicando a la IA. Pero días después, su CEO, Andy Jassy, matizó en una conferencia con inversores
"El anuncio que hicimos hace unos días no tuvo un verdadero impulso financiero, ni siquiera está impulsado por la IA, al menos no ahora mismo. Es una cuestión cultural"
Es decir el mundo real ralentiza el guion tecnológico. Las decisiones no son puramente técnicas. Son humanas, complejas, a menudo contradictorias.
La revolución que llega a cuentagotas
Altman, por su parte, no niega que habrá desplazamiento laboral. Admite que ciertos perfiles, especialmente en tareas administrativas rutinarias, serán afectados por la automatización. Pero insiste en una idea clave "Encontraremos nuevos tipos de trabajos, como hacemos con cada revolución tecnológica".
Es un argumento histórico, y válido. Las máquinas de vapor no eliminaron el trabajo, lo transformaron. Los ordenadores no arrasaron con las oficinas, las redefinieron. La IA podría seguir la misma senda no borrar empleos, sino redistribuirlos.
Y hay indicios de cambio real. Según datos citados por el Financial Times, en puestos altamente expuestos a la IA, como el apoyo administrativo o la redacción básica, ya se observa una caída relativa del 13% en el empleo de trabajadores junior. No es un tsunami, pero es una marea baja que comienza a notarse.
¿Quién gana, quién pierde?
La gran pregunta no es si la IA acabará con los trabajos, sino quién se beneficia del cambio y quién queda atrás. Por ahora, la narrativa dominante es la de las grandes tecnológicas más eficiencia, más productividad, menos costes. Pero la productividad no siempre se traduce en más empleo ni en mejor distribución de la riqueza.
La historia nos enseña que las revoluciones tecnológicas no son neutrales. Tienen vencedores y vencidos. Y a veces, el chivo expiatorio en este caso, la IA sirve para encubrir decisiones que, en el fondo, son más mundanas que disruptivas.
El impacto real de la inteligencia artificial en el empleo, como dice Altman, comenzará a ser palpable en los próximos años. Pero de momento, el verdadero lavado no es tecnológico, sino comunicacional. Y mientras tanto, los trabajadores siguen preguntándose ¿soy reemplazable… o solo desechable?