La inteligencia artificial ya no suena al futuro. Suena al presente, aunque todavía con ecos de promesa incumplida. En reuniones de trabajo, en correos automáticos, en el chat del servicio técnico, la IA ya está entre nosotros. Pero su llegada no es uniforme, ni equitativa, ni siquiera ordenada. Es más bien como una ola que avanza por tramos: potente en algunas orillas, casi inexistente en otras.
La brecha entre lo que se dice y lo que se hace
Sam Altman y Jensen Huang, líderes indiscutibles del mundo de la IA y el hardware que la impulsa, auguran un cambio radical. Los trabajadores administrativos, esos que gestionan correos, programan citas, revisan documentos, podrían desaparecer de escena en pocos años, reemplazados por algoritmos que no duermen, no se equivocan (o al menos eso se espera) y no piden vacaciones. Pero en España, la realidad dista mucho de ese escenario. Un estudio de la Fundación Cotec publicado en octubre revela que la adopción real de IA en empresas con más de diez empleados sigue siendo claramente minoritaria. Y no solo eso: es desigual. Hay territorios que avanzan a paso firme y otros que ni siquiera han salido del bloqueo.
Paradójicamente, mientras las empresas grandes prueban modelos avanzados en laboratorios internos, muchas pymes ni siquiera han digitalizado sus procesos básicos. Para algunas, pasar de usar agendas en papel a integrar IA es como pedirle a alguien que corra antes de saber caminar.
"Hace algunos años aún se podían encontrar departamentos sin correo electrónico propio o trabajadores que no sabían hacer una consulta en un Excel. Pasar de ese estado a trabajar con la IA es un salto muy ambicioso" - Braulio Campos, responsable de transformación digital en una firma textil valenciana
El auge silencioso de los usuarios individuales
Hay un dato que rompe esta narrativa gris: el 35% de los trabajadores españoles ya usan herramientas de IA generativa en su jornada laboral. No porque su empresa lo haya ordenado, sino porque ellos mismos las han adoptado. ChatGPT, por ejemplo, se ha convertido en un compañero de escritorio. Se usa para redactar correos, resumir informes, incluso para preparar presentaciones. Pero esta adopción es informal, a menudo en la sombra, sin guía ni supervisión.
La IA no entra por la puerta principal de la empresa, sino por la ventana de los empleados curiosos. Y eso crea un fenómeno extraño: dentro de un mismo departamento, hay quienes multiplican su productividad y otros que apenas rozan la tecnología. Una brecha interna que no depende solo del acceso a herramientas, sino de la actitud, el miedo al error, la disposición al aprendizaje.
"En la mayoría de las oficinas hay dos grupos muy distinguibles: uno compuesto por trabajadores curiosos y proactivos que han decidido adoptar la IA y otros con miedo a equivocarse o a arriesgarse con nuevas tecnologías, lo que está provocando una brecha de productividad dentro del mismo departamento" - Jesús Serrano, director principal de Producto en Studio42 (Microsoft)
La paradoja de la inversión sin retorno
Las empresas han invertido millones. Pero un estudio del MIT publicado en julio deja en evidencia una realidad incómoda: de 300 proyectos de IA en 52 compañías, solo el 5% ha sido rentable. Y eso incluye firmas con presupuestos multimillonarios. ¿Por qué? Porque la IA no se integra bien en los flujos de trabajo reales. A menudo, los empleados terminan recurriendo a herramientas públicas como ChatGPT porque son más intuitivas que los sistemas internos costosos y complejos.
Un despacho de abogados invirtió 50.000 dólares en un software de IA para analizar contratos. Al final, los abogados usaban ChatGPT para redactarlos. Más rápido, más sencillo. El estudio del MIT lo dice con claridad: ahora mismo no son las barreras legales, la calidad de las herramientas ni el riesgo asociado a los datos: es la IA la que no logra integrarse en la operativa diaria.
"Ahora mismo no son las barreras legales, la calidad de las herramientas ni el riesgo asociado a los datos: es la IA la que no logra integrarse en la operativa diaria" - Estudio del MIT
¿Dónde está, entonces, el cambio?
Hay ejemplos que sí funcionan. Salesforce redujo su área de soporte de 9.000 a 5.000 empleados porque los agentes de IA gestionan la mitad de las conversaciones. Klarna recortó un 40% de su personal tras introducir chatbots. Estos casos tienen algo en común: son procesos concretos, repetitivos, con resultados medibles. El retorno es inmediato, y eso convence a los directivos.
"Todas esas compañías, como los centros de atención al cliente o las empresas de software, están experimentando éxito porque son casos concretos en los que el retorno es inmediato y tangible" - Xavier Mitjana, divulgador especializado en IA
Pero estos éxitos no se replican fácilmente. David Pereira, jefe global de Datos e IA en Seidor, señala una falla recurrente: “Seguramente han invertido mucho en tecnología, pero estas empresas se olvidaron de construir planes de acción sólidos para saber qué hacer con ella”.
Formación, personalización y confianza
El 78% de los trabajadores españoles piden formación en IA. No quieren cursos genéricos sobre cómo usar ChatGPT. Quieren formación adaptada a su sector, a su puesto, a sus desafíos reales.
"Ya no es suficiente con cursos generalistas, tan populares hoy en día, que enseñen a los empleados a interactuar con ChatGPT, sino que cada sector debe impartir formación personalizada" - Pablo Sáez Hurtado, abogado y formador experto en IA generativa
Y hay otro obstáculo: la confianza. La IA no es infalible. Los modelos de lenguaje pueden alucinar, inventar datos, enviar correos al destinatario equivocado. David Villalón, cofundador de Maisa, lo explica sin tapujos: “Los modelos de lenguaje como ChatGPT están destinados a sufrir ‘alucinaciones’ porque estos están diseñados para generar la respuesta más probable, incluso cuando no tienen información suficiente”.
Por eso, hoy por hoy, la supervisión humana sigue siendo clave. Nuria Ávalos, directora de IndesIA, lo resume: “De momento, hay que vigilar a los agentes de IA para asegurarse de que están realizando correctamente algo tan simple como enviar un correo al destinatario correcto”.
La revolución que aún no llega
Nvidia, el fabricante de chips que alimenta gran parte de la IA global, ya supera en valor de mercado a las economías de España e Italia juntas. 4,2 billones de dólares. Es una cifra que da vértigo. Pero también revela algo: estamos pagando por una promesa. Por una transformación que aún no se ha materializado a escala.
Bob O’Donnell, presidente de Technalysis Research, lo dice sin rodeos: “Aún estamos en una fase muy, muy temprana de esta transformación y ya conocemos suficientes ejemplos de empresas pioneras en inteligencia artificial que han causado sensación. Pero convertir esos ejemplos prometedores en algo que cambie la forma en que trabajamos está llevando mucho más tiempo del previsto”.
El reto no es tecnológico, es humano
La revolución de la IA no es solo cuestión de hardware o algoritmos. Es más digerible que las anteriores, dice Jesús Serrano, porque “no es únicamente tecnológica, sino también comunicacional; las peticiones y los resultados se expresan en lenguaje natural y no en código”. Eso la acerca al ciudadano común. Pero también la hace más compleja de gestionar.
En una empresa valenciana de formación profesional, el director de RRHH cuenta que la IA “ha puesto orden en todo el caos que puede generar una oficina”. Y añade: “La gente llega con vergüenza de usar ChatGPT, pero aquí nos sentimos orgullosos si alguien usa herramientas de este tipo en su trabajo diario de manera responsable”.
"Ha puesto orden en todo el caos que puede generar una oficina" - Pedro García, director de RRHH de una empresa de formación profesional valenciana
Este cambio no será lineal. No será igual para todos. Pero ya está ocurriendo. Y como señalaba Antonio Jara, director científico de Libelium, viviremos en una datocracia a la que tendrá acceso cualquier compañía, grande o pequeña. El dinero invertido durante años en nube, datos y sistemas empezará a cobrar sentido, no por la tecnología en sí, sino por cómo las personas aprendan a usarla.