Tres billones de dólares. Esa es la valoración conjunta con la que OpenAI y SpaceX quieren presentarse ante el mercado, una cifra que ayuda a medir hasta qué punto la inteligencia artificial ya no se juega solo en laboratorios y centros de datos, sino también en los despachos de Wall Street y, en el caso de SpaceX, incluso en órbita.
La maniobra más avanzada es la de SpaceX. La compañía registró oficialmente la documentación para salir a bolsa con una valoración cercana a los 2 billones de dólares y con el objetivo de captar hasta 75.000 millones en lo que apunta a ser la mayor oferta pública de venta vista hasta ahora.
SpaceX quiere financiar pérdidas millonarias con una salida a bolsa récord
Hay un contraste difícil de pasar por alto. Mientras busca decenas de miles de millones en el parqué, SpaceX perdió 4.280 millones de dólares en el primer trimestre de 2026 con unos ingresos de 4.690 millones, y en 2025 sus pérdidas anuales rozaron los 5.000 millones.
Ese desequilibrio no aparece como una nota al pie, sino como parte del propio tamaño de la apuesta. El negocio de inteligencia artificial consumió más de la mitad de los 20.700 millones de dólares de inversión ejecutados por la empresa el año pasado.
Para pilotar la operación, SpaceX contará con Barclays, UBS y Deutsche Bank entre los grandes bancos de Wall Street que coordinarán la colocación.
La empresa dibuja un mercado de 28,5 billones desde la Tierra hasta el espacio
En la documentación registrada, SpaceX describe un mercado potencial de 28,5 billones de dólares. No habla solo de cohetes o comunicaciones. Sitúa en el centro una infraestructura de computación para inteligencia artificial instalada en satélites alimentados por energía solar.
Ahí aparece una de las ideas más llamativas del plan. La compañía aspira a lanzar cada año hasta 100 gigavatios de capacidad de cálculo para inteligencia artificial en el espacio, una escala que traslada la carrera por los chips y la energía a una geografía que hasta hace poco pertenecía sobre todo a la industria aeroespacial.
Detrás de esa ambición hay una pregunta muy terrenal. Si el coste energético y físico de entrenar y operar sistemas de IA no deja de crecer, llevar parte de esa capacidad fuera del planeta deja de sonar a ciencia ficción y empieza a presentarse como argumento bursátil.
OpenAI llega al mercado mientras su pulso con Musk pierde fuerza en los tribunales
OpenAI, por su parte, trabaja con Goldman Sachs y Morgan Stanley para presentar su solicitud de cotización en las próximas semanas. La empresa mantiene una valoración aproximada de 1 billón de dólares, lo que la colocaría entre las salidas a bolsa más observadas del sector tecnológico.
No llega, sin embargo, en un clima sereno. OpenAI declaró internamente un código rojo ante la aceleración competitiva del sector, una señal de hasta qué punto la presión ya no se mide solo por la calidad de los modelos, sino también por la velocidad con la que hay que financiar su expansión.
Al mismo tiempo, la justicia estadounidense desestimó la demanda de Elon Musk contra OpenAI. Musk acusaba a la compañía de haber traicionado su misión original sin ánimo de lucro al transformarse en una empresa comercial centrada en maximizar beneficios.
Wall Street mira a la IA con cifras que ya compiten con los grandes índices
La dimensión financiera del momento se entiende mejor cuando se compara con el dinero que ya circula por los mercados. El capital indexado ligado al S&P 500 mueve unos 24 billones de dólares, de modo que las magnitudes con las que juegan estas dos operaciones ya se expresan en la misma unidad que los grandes termómetros bursátiles.
Visto así, la historia no trata solo de dos empresas que buscan cotizar. Trata de una industria capaz de absorber inversiones multimillonarias pese a pérdidas muy abultadas, de presentar el espacio como extensión de los centros de datos y de defender valoraciones que, sumadas, alcanzan 3 billones mientras una sola de ellas perdió 4.280 millones en apenas tres meses.