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Europa no entró en pánico cuando Washington forzó a Anthropic a suspender el acceso a Fable 5. Y no lo hizo por fortaleza, sino por calendario, porque Fable 5 y Mythos todavía eran modelos demasiado nuevos como para haberse incrustado en los procesos críticos de las empresas.
Ahí está la paradoja. El corte apenas dejó heridas visibles, pero sirvió como aviso de lo que puede ocurrir cuando una herramienta clave depende de una decisión política tomada al otro lado del Atlántico.
La dependencia dejó de sonar abstracta
Andreas Prins, director global de Soluciones Soberanas de SUSE, sitúa en ese episodio un cambio de mentalidad entre directivos y responsables de tecnología. Ya no hablan de soberanía digital como una consigna genérica, sino como un riesgo operativo que puede materializarse de un día para otro.
"El movimiento más interesante que surgió de esto es la toma de conciencia por parte de las empresas. A menudo hablábamos de soberanía, resiliencia digital e independencia, pero nunca al nivel de que un gobierno retire de forma efectiva un software (...) la gente de repente se dio cuenta de que la dependencia es real". - Andreas Prins, director global de Soluciones Soberanas de SUSE
Desde entonces, Prins observa una búsqueda más concreta de modelos que puedan ejecutarse dentro de las propias instalaciones, con software auditable y bajo control directo de la empresa. Esa idea encaja con el debate que ya recorre Bruselas sobre datos críticos bajo jurisdicción europea, donde la pregunta técnica se mezcla con la jurídica.
"Probablemente no necesito el modelo más nuevo y espectacular; lo que necesito es un modelo que pueda controlar, que se ejecute en mis propias instalaciones o en mi centro de datos, con software de código abierto que pueda auditar e inspeccionar". - Andreas Prins, director global de Soluciones Soberanas de SUSE
Si el bloqueo hubiera llegado tres o cinco meses después, con chatbots corporativos, atención al cliente y motores de decisión apoyados en esos modelos, el golpe habría sido mucho mayor. A veces la diferencia entre una anécdota geopolítica y una crisis empresarial cabe en un trimestre.
El riesgo ya compite con inundaciones y diques
Prins define la soberanía digital como una evaluación de riesgo empresarial, no como un asunto reservado al departamento de TI. Su ejemplo resulta casi físico, porque una empresa neerlandesa concluyó que la probabilidad de inundación por rotura de diques en su centro de datos de respaldo era menor que el riesgo de que un hiperescalador estadounidense desconectara el servicio a clientes europeos.
Para muchos directivos, el problema ya no consiste en tener el modelo más reciente, sino en saber quién puede apagarlo.
Esa lógica explica también por qué el código abierto gana peso en la conversación. Prins sostiene que, para alcanzar los niveles de cumplimiento más estrictos que exige la Cloud Act, la vía viable pasa por software abierto que permita auditar, inspeccionar y controlar la infraestructura sin depender por completo de cajas negras ajenas.
Europa intenta responder, aunque no todos avanzan al mismo ritmo
La Unión Europea ya ha anunciado el Paquete Europeo de Soberanía Tecnológica y la Cloud and AI Development Act. SUSE, además, ha trabajado con Dinamarca, Francia, Alemania y los Países Bajos en la redacción de recomendaciones a la UE.
Mientras tanto, el mapa europeo avanza de forma desigual. Noruega y Finlandia se mueven en soberanía aplicada a la industria de defensa, Alemania transforma su infraestructura a gran escala, España impulsa proyectos como Penpot y la alianza de SUSE con OpenChip, y Reino Unido mantiene su cercanía a Estados Unidos.
Prins cree que una Europa fuerte exige más coordinación entre iniciativas nacionales, aunque ve espacio para varios proveedores. También advierte de un obstáculo menos visible y muy terrenal, el peso del lobby de las grandes tecnológicas.
El Parlamento Europeo ya retiró Google de todos sus ordenadores y lo sustituyó por Qwant.
Esa decisión institucional no significa que la ciudadanía vaya a abandonar por iniciativa propia herramientas como Google o ChatGPT. Prins no lo ve probable salvo bloqueo, porque, en su diagnóstico, la comodidad sigue mandando y la mayoría usará lo que encuentre a un par de clics.
Las alternativas existen, pero todavía cuestan verse
Prins insiste en que Europa ya cuenta con alternativas de código abierto de gran nivel, aunque muchas permanecen invisibles incluso para quienes trabajan cerca del sector. En ese punto, el debate no gira solo sobre crear más tecnología, sino sobre identificar la que ya existe, conectarla mejor y darle escala frente a una dependencia que también recuerda el bloqueo parcial de Mythos.
En muchos organismos públicos, sostiene Prins, ya no hay vuelta atrás en este camino.
Su peor escenario no pasa por una escalada inmediata, sino por algo bastante más cómodo y quizá más peligroso, que las tensiones geopolíticas se relajen durante un tiempo y Europa vuelva a dejar la soberanía digital en un segundo plano. Su mejor escenario dibuja oficinas de enlace de código abierto convertidas en norma y empresas que tratan la diversificación de proveedores como un factor de riesgo tan concreto como un dique, un contrato o un centro de datos.
De momento, el dato más incómodo sigue siendo el mismo. Fable 5 volvió al poco tiempo con cambios, pero bastó una suspensión breve para que muchas empresas entendieran que la dependencia no era una hipótesis teórica.