Ma Ruipeng ya no va a una oficina. A sus 41 años, tras dos décadas como programador en empresas tecnológicas chinas, dejó su empleo hace tres meses. Ahora trabaja desde un pequeño apartamento en Pekín, rodeado de tres ordenadores, con herramientas de inteligencia artificial que escriben código, diseñan interfaces y simulan pruebas de producto. No tiene empleados, ni socios, ni oficina. Solo él, sus pantallas y una idea construir algo antes de que la máquina construya su futuro por él. "Prefiero trabajar con la IA antes de que la IA trabaje en mi lugar", dice.
El nacimiento del solopreneur de IA
Ma no es un caso aislado. En China está emergiendo una nueva figura el emprendedor unipersonal de inteligencia artificial, o one-person company (OPC). Son individuos altamente cualificados que, respaldados por herramientas de IA generativa, se lanzan a crear productos tecnológicos desde casa. No necesitan equipos grandes, ni oficinas, ni rondas de inversión iniciales. Con modelos de lenguaje, plataformas de diseño como Figma y servidores de computación accesibles, pueden prototipar, programar y lanzar aplicaciones en cuestión de días.
Y el Estado está allí, observando, impulsando, financiando. En noviembre, la ciudad de Suzhou anunció la construcción de 30 "comunidades OPC", espacios físicos y digitales destinados a albergar a estos nuevos solopreneurs. Su objetivo tener al menos 1.000 empresas unipersonales de IA operativas en 2028. En Shanghái, el distrito de Pudong cubre hasta 300.000 yuanes (unos 37.500 euros) en costes de computación. Wuhan, por su parte, ofrece préstamos especiales y promete absorber parte de las pérdidas si el negocio fracasa. El modelo no es esperar al unicornio, sino multiplicar los intentos.
Infraestructura vacía, oportunidades llenas
Este impulso no surge en el vacío. Durante la fiebre de la IA en 2022 y 2023, China construyó decenas de centros de datos con la esperanza de liderar la carrera tecnológica global. Muchos quedaron medio vacíos, infrautilizados, como monumentos a una promesa incumplida. Hoy, esos mismos espacios se están reconvirtiendo en incubadoras para OPCs. Los servidores que antes solo consumían energía ahora alimentan miles de pequeñas ideas.
Los gobiernos locales compiten entre sí para atraer a estos nuevos emprendedores. Subvencionan hardware, ofrecen acceso gratuito a modelos de IA locales, y se convierten en clientes directos de sus productos. Es un ecosistema orquestado desde arriba, donde la burocracia no frena, sino que impulsa. "Cuando emerge una nueva tecnología, todo el sistema burocrático se moviliza para desarrollarla", señala Lin Zhang, investigadora de la Universidad de New Hampshire. "Es como un Silicon Valley gigante".
El miedo como motor
Detrás de este fenómeno hay una tensión humana palpable. El sector tecnológico chino ha vivido despidos masivos en los últimos años. Las grandes plataformas ya no crecen al ritmo de antes. Y los trabajadores, especialmente los de mediana edad, sienten que su experiencia puede no ser suficiente si no se adaptan. La IA no solo es una herramienta, también es una amenaza. Y la respuesta, para muchos, es tomar el toro por los cuernos usar la IA para crear, no esperar a que la IA los reemplace.
Ma Ruipeng aún no ha ganado dinero con su empresa. Su proyecto está en fase de pruebas, su modelo de negocio en borrador. Pero no está solo. A su alrededor, cientos de personas como él están lanzando sus propias OPCs, con nombres extraños y ambiciones variadas chatbots para servicios locales, herramientas de diseño para pymes, agentes autónomos para gestión de trámites. La mayoría fracasará, admiten incluso los inversores de capital riesgo. Pero eso, paradójicamente, forma parte del plan.
El modelo del volumen
El enfoque chino no se basa en encontrar el próximo Tencent o Alibaba. Se trata, más bien, de un juego de probabilidades si lanzas 1.000 startups, aunque un 10% tenga éxito, obtienes 100 nuevas empresas tecnológicas. Y si cada una emplea a dos o tres personas más adelante, el impacto es real. Es una apuesta por la escala, por la densidad de intentos. Como sembrar miles de semillas en un campo, sabiendo que solo unas pocas germinarán.
Esta estrategia también cambia la relación entre el Estado y la innovación. En Occidente, el emprendedor suele ser visto como un héroe solitario que desafía al sistema. En China, el sistema lo invita a entrar, le da las llaves, le ofrece electricidad, red y subsidios. No se trata de libertad absoluta, sino de libertad guiada. Y quizás, en tiempos de transición tecnológica, esa guía sea lo que muchas personas necesitan para dar el salto.
Ma Ruipeng sigue trabajando todos los días desde su apartamento. No sabe si su empresa sobrevivirá. Pero sí sabe que, por ahora, está del lado de los que intentan moldear el futuro, no de los que lo esperan de brazos cruzados. Y en un mundo donde la inteligencia artificial redefine el trabajo, eso, por ahora, ya es un logro.