Hay una escena que resume bien los límites de la inteligencia artificial cuando se sienta en el asiento del copiloto. Algunos propietarios de Tesla en China están colocando una cabeza de plástico delante de la cámara interior del coche para burlar el sistema que vigila al conductor.
Cuesta unos 30 dólares. Y basta ese objeto inmóvil para engañar a un vehículo que pesa más de una tonelada.
Un maniquí barato deja en evidencia a una cámara que debía vigilar
La imagen tiene algo de sátira tecnológica, pero también de recordatorio físico. Un coche de ese tamaño no circula con metáforas, sino con masa, velocidad y decisiones tomadas en décimas de segundo.
Ahí aparece una vieja advertencia de Alfred Korzybski que sigue encajando con precisión en los sistemas actuales. El mapa no es el territorio y la cámara no ve el mundo como lo ve una persona.
Ese desajuste no ocurre solo dentro del automóvil. La inteligencia artificial puede confundir la cabeza pelada de un juez de línea con un balón, una equivocación casi cómica en un estadio y bastante menos tranquilizadora cuando la máquina interpreta señales y rostros en carretera.
Algo parecido sucede con las señales. Si alguien altera una señal de stop con pegatinas, el sistema puede leerla como una de límite de velocidad de 50 kilómetros por hora.
La trampa de la cabeza de plástico no crea el problema, solo lo exhibe. También recuerda otros sistemas de vigilancia al volante donde la máquina observa gestos humanos y debe decidir qué está viendo sin margen para la ironía.
Cuando la máquina reconoce formas, también hereda sus equívocos
En el fondo, todas estas escenas comparten el mismo problema. La máquina no entiende el mundo, reconoce patrones visuales y a veces los reconoce mal.
"No; que no tiene vergüenza, pudor ni capacidad de ponerse colorado". - ChatGPT, modelo de lenguaje de OpenAI
La respuesta sirve como ironía involuntaria ante estas confusiones. Un sistema así no siente pudor cuando yerra, aunque sus errores puedan resultar grotescos, caros o peligrosos.
Por eso una cabeza de plástico de 30 dólares termina contando una historia más amplia que la simple picaresca de unos conductores. Si un señuelo inmóvil puede apaciguar una cámara interior, el problema no está en la astucia del usuario sino en la fragilidad de la mirada artificial.
Y esa fragilidad cabe en una escena casi absurda, con un falso rostro mirando fijo al parabrisas mientras un coche de más de una tonelada acepta que todo va bien.