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La lista mezcla problemas que ya llenan consultas y hospitales con otros que solemos colocar en el terreno de la hipótesis extrema, pero el estudio los sienta en la misma mesa. Una comisión de 35 líderes publicada en The Lancet, con datos del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud, identifica 17 amenazas catastróficas interconectadas para la salud y el bienestar mundial durante el siglo XXI.
No todas pesan igual.
Entre esas 17 amenazas aparecen la obesidad, la hipertensión, el tabaquismo, la salud mental, las condiciones económicas, el cambio ambiental, la tecnología y los conflictos. El mapa dibuja algo incómodo, porque junta factores cotidianos con escenarios de daño masivo y recuerda que la salud pública no depende solo de lo que ocurre dentro de un hospital.
Dos riesgos ya se asoman al borde de la extinción
La comisión sitúa el conflicto nuclear y el uso malintencionado de la inteligencia artificial como las dos únicas amenazas de la lista que conllevan riesgo de extinción. Ahí el debate deja de ser sanitario en el sentido estrecho y pasa a hablar de supervivencia colectiva.
Esa advertencia gana relieve por una coincidencia poco habitual, ya que Anthropic reconoció el mes pasado durante su oferta pública inicial que sus modelos podrían representar un “riesgo catastrófico o existencial para la humanidad”. La propia industria usa así un lenguaje que hasta hace poco parecía reservado a informes académicos o a foros de seguridad internacional.
Si ese uso malicioso de la inteligencia artificial llegara a desplegarse a gran escala, la comisión calcula unos 10.400 millones de años de vida saludable perdidos en todo el mundo para 2100. La cifra resulta difícil de imaginar, pero precisamente por eso cambia la escala de la conversación.
Christopher Murray, copresidente de la comisión y director del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington, pone el foco en el margen de maniobra que todavía existe.
"Lo más impactante no es solo la magnitud de estas amenazas, sino también que la humanidad aún tiene la capacidad de actuar". - Christopher Murray, director del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington y copresidente de la comisión
Murray añade que las decisiones que tomen hoy los líderes determinarán la salud y el bienestar de la próxima generación. También advierte de que retrasar la actuación solo trasladará y aumentará los costes en el futuro.
La amenaza más extendida no necesita ciencia ficción
Mientras la inteligencia artificial y el conflicto nuclear ocupan el extremo más severo del informe, otra parte del diagnóstico habla de algo mucho más visible en la vida diaria. Las estimaciones apuntan a que la tasa mundial de sobrepeso y obesidad podría alcanzar al 60% de los adultos y a un tercio de los niños en 2050.
Ese dato obliga a leer la palabra catastrófico con otro tono. No siempre describe un estallido repentino, a veces nombra un deterioro lento, repartido durante décadas, que termina afectando a millones de hogares casi sin estruendo.
Además, el informe insiste en que la salud pública conoce bien este patrón de fracaso. En sus propias palabras, está llena de ejemplos en los que las amenazas potenciales eran conocidas y existían planes de protección, pero la actuación eficaz no llegó.
Las crisis agravan lo que ya era desigual
Natalia Kanem, exdirectora ejecutiva del Fondo de Población de las Naciones Unidas y copresidenta de la comisión, sitúa el problema en la velocidad con la que la estabilidad puede romperse.
"Los recientes acontecimientos mundiales nos muestran con qué rapidez la estabilidad puede dar paso a la crisis y lo costoso que resulta responder solo después de que se produce un desastre. Además, las amenazas sanitarias globales corren el riesgo de agravar las desigualdades existentes, con la mayor carga que recae sobre las comunidades más vulnerables. Sin embargo, el futuro no es inevitable". - Natalia Kanem, exdirectora ejecutiva del Fondo de Población de las Naciones Unidas y copresidenta de la comisión
Su llamada a actuar desde hoy no se apoya solo en soluciones técnicas. El informe subraya que harán falta bases sociales e institucionales sólidas que fomenten la colaboración y la rendición de cuentas, una idea que conecta con debates recientes sobre vigilancia de nuevas capacidades y con los fallos que aparecen cuando la respuesta llega tarde.
Kanem remacha esa idea con una apelación directa a gobiernos y comunidades para proteger la salud y construir un futuro más justo, pacífico y seguro para las próximas generaciones. Dicho de otro modo, el informe no discute solo cuánto daño puede causar cada amenaza, también quién pagará primero la factura.
Esa factura ya tiene una forma concreta en el propio estudio, porque la comisión pone en la misma ecuación los riesgos extremos de la inteligencia artificial y una obesidad que podría afectar al 60% de los adultos y a un tercio de los niños en 2050.