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Washington ya no habla de inteligencia artificial como una cuestión sectorial, sino como una pieza de poder.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ha anunciado la creación de una Fuerza de la IA y el próximo nombramiento de un zar gubernamental para el sector. La comparación que eligió no fue casual, porque vinculó el nuevo órgano con la Fuerza Espacial que impulsó durante su primer mandato.
"Llevamos la delantera a China y al resto del mundo, y pretendo que siga siendo así". - Donald Trump, presidente de Estados Unidos
La frase resume el marco político de fondo. La inteligencia artificial aparece aquí menos como una herramienta concreta que como un pulso con Pekín, una lógica que también atraviesa la pelea geopolítica por la IA que ya domina buena parte del debate tecnológico.
Trump quiere que la IA se gobierne como un asunto de Estado
Trump sostuvo además que la inteligencia artificial podría aglutinar el 25% del producto interior bruto de Washington. No es un matiz menor, porque convierte una discusión técnica en una promesa de peso económico, empleo y ventaja institucional dentro de la capital federal.
Desde marzo, el puesto de zar de inteligencia artificial y criptomonedas de la Casa Blanca está vacante.
Ese cargo quedó libre cuando David Sacks concluyó su mandato como funcionario especial, después de haber sido designado en diciembre de 2024. La vacante ayuda a entender por qué Trump presenta ahora el relevo como una señal política, no solo administrativa.
La carrera contra China también divide a Estados Unidos
No todos los nombres influyentes del sector empujan en la misma dirección. Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, ha liderado un llamamiento para frenar el ritmo de mejora de los modelos de inteligencia artificial, mientras David Sacks ha descrito como exagerados los recelos sobre una amenaza existencial.
Ahí aparece una contradicción difícil de esconder. La Casa Blanca ha tenido a un responsable que rebajaba los temores más extremos y, al mismo tiempo, una parte del propio sector pide contención, una tensión que ya asomaba en el choque entre Anthropic y Washington.
"Al contrario, la valoraremos, la apoyaremos y velaremos por su desarrollo. Sin embargo, también estaremos atentos a las malas prácticas, y podemos hacerlo fácilmente con nuestro sistema de justicia penal y civil ya existente". - Donald Trump, presidente de Estados Unidos
Con esa idea, Trump rechaza la tesis de que haga falta levantar una arquitectura regulatoria nueva para vigilar los riesgos. Su argumento consiste en defender el avance de la tecnología y dejar el castigo de los abusos en manos del aparato legal que ya existe.
El discurso mezcla rivalidad exterior y guerra cultural interior
Trump llevó esa disputa más lejos en Truth Social, donde encadenó en un mismo mensaje referencias a Rusia, Ucrania, el calentamiento global, el impeachment, los hombres en deportes femeninos, la transexualidad y lo que llamó la destrucción de la IA. Después añadió que sus adversarios cambian términos, igual que a su juicio ocurrió al pasar de calentamiento global a cambio climático, y que ahora apuntan directamente contra la inteligencia artificial.
De pronto, la IA deja de ser solo código.
El resultado es una mezcla de estrategia industrial, pulso con China y batalla ideológica doméstica. Pocas tecnologías concentran a la vez una promesa económica del 25%, un puesto específico en la Casa Blanca todavía sin ocupar y una cumbre con Xi Jinping en el horizonte inmediato.
Ese cruce de planos explica por qué la próxima reunión entre Trump y Xi situará el liderazgo global en inteligencia artificial en el centro de la conversación. Cuando una tecnología entra a la vez en el despacho presidencial, en la rivalidad con China y en la retórica partidista, deja de medirse solo por lo que hace y empieza a medirse por quién manda con ella.