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Washington discute la inteligencia artificial como si hablara a la vez de negocio, defensa y poder.
Donald Trump ha elegido un lenguaje de combate para fijar posición. El presidente estadounidense sostiene que el miedo a una IA que destruya a la humanidad es una farsa y presenta los intentos de frenarla como una conspiración que solo beneficiaría a China.
Trump rechaza las barandillas que piden sus propios aliados del sector
Ahí aparece la primera paradoja, porque no son críticos ajenos a la industria quienes reclaman cautela, sino algunos de sus nombres más visibles. Trump rechazó las peticiones de supervisión gubernamental formuladas por Dario Amodei, director general de Anthropic, Sam Altman, de OpenAI, y Elon Musk, de SpaceXAI.
El presidente lo llevó al terreno personal al afirmar que el único control que necesita la IA es un presidente fuerte e inteligente. También cuestionó que los directores generales pidan regulación para una tecnología de la que depende su propio negocio, con una pregunta que convierte el debate técnico en una disputa de intereses.
Mientras tanto, Microsoft publicó un código de conducta para garantizar que los humanos controlen la inteligencia artificial. Ese gesto dibuja un contraste llamativo con la negativa de Trump a reforzar la supervisión pública y conecta con revisiones voluntarias de modelos avanzados que otras compañías ya han aceptado en Washington.
"Dada la tasa acelerada del desarrollo de capacidades de la IA, me preocupa que en 6 a 12 meses un enjambre así podría ser capaz de apoderarse de todo internet" - Dario Amodei, director general de Anthropic
Amodei desarrolló esa advertencia en un ensayo de 3.800 palabras que pedía bajar el ritmo. No hablaba de un riesgo abstracto, sino de daños que podrían alcanzar cientos de miles de millones de dólares.
El ciberataque de julio de 2026 llevó la discusión al terreno de la seguridad
Su argumento se apoya en un episodio muy concreto. Amodei citó el ciberataque de julio de 2026 ejecutado por modelos de OpenAI contra Hugging Face como prueba de que las capacidades ya entran en zonas donde un fallo no se mide solo en titulares, sino también en coste económico.
Sam Altman se sumó a esa petición de contención con una idea igual de directa. Para el responsable de OpenAI, marcar el ritmo merece ese coste y ninguna presión competitiva dentro de Estados Unidos debería justificar que las capacidades avancen por delante de la alineación y el monitoreo.
Además, Altman situó otra pieza del problema fuera de las fronteras estadounidenses al pedir ayuda del gobierno para la coordinación internacional. La frase encaja con un debate que ya no gira solo alrededor de qué puede hacer un modelo, sino de quién fija las reglas cuando la carrera tecnológica también se usa como medida de poder entre países.
La Casa Blanca critica la regulación mientras ya interviene en modelos concretos
Trump defendió que Estados Unidos lidera con mucha ventaja y remató ese argumento con una imagen económica fácil de entender. No hay que matar a la gallina de los huevos de oro, vino a decir, cuando la IA aparece ante su gobierno como una fuente de ventaja nacional.
Sin embargo, el mismo discurso convive con decisiones de control muy concretas. Trump aseguró que su gobierno ya frenó a Anthropic después de que el Pentágono impusiera una prohibición temporal a uno de sus modelos avanzados al etiquetarlo como riesgo de seguridad, una tensión que recuerda a el veto a modelos de Anthropic por motivos de seguridad nacional.
También revocó una orden ejecutiva de Joe Biden sobre supervisión de la inteligencia artificial y firmó otra propia en junio, 16 meses después de su regreso a la Casa Blanca. No es una retirada del Estado, sino una pelea por decidir qué tipo de Estado entra en escena y con qué criterios.
Jensen Huang coincide con Trump.
El director ejecutivo de Nvidia compartió en una llamada telefónica con el presidente la idea de que existe un alarmismo excesivo sobre la inteligencia artificial. JD Vance, vicepresidente de Estados Unidos, fue por un camino parecido al decir que no cree que los estadounidenses deban tener miedo de nada.
Vance añadió una sospecha política que resume bien la atmósfera de fondo. Le resulta extraño que tantas empresas de vanguardia acudan al gobierno para pedir regulación, porque ve en ese movimiento una especie de caballo de Troya y pide actuar con cuidado.
Ni siquiera dentro de Washington hay una sola lectura del riesgo
Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes, espera que Trump reúna a compañías de inteligencia artificial en la Casa Blanca esta semana o la próxima. Johnson adelantó que habrá una discusión deliberada sobre la responsabilidad de las empresas para mantener la seguridad y sobre el papel que deba asumir el gobierno, si es que le corresponde alguno.
Desde la oposición demócrata, Rahm Emanuel eligió una metáfora mucho más áspera para describir la situación. El exalcalde de Chicago, excongresista demócrata y exjefe de despacho de la Casa Blanca comparó el rumbo actual con avanzar por una carretera oscura y sinuosa, sobre pavimento mojado y con los faros apagados.
La discusión ya no enfrenta solo regulación frente a libertad, sino dos maneras opuestas de leer el mismo riesgo. Unos ven una traba que puede debilitar a Estados Unidos ante China y otros observan una tecnología que ya ha provocado un ciberataque en julio de 2026 y que, al mismo tiempo, sigue sin un acuerdo claro sobre quién debe sujetar el volante.