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La discusión sobre la inteligencia artificial ya no gira solo en torno a qué puede hacer una máquina. Gira también alrededor de quién acepta frenar, quién pide acelerar y quién convierte ese pulso en una cuestión de poder entre Washington y Pekín.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ha optado por un lenguaje de choque. Para él, las preocupaciones sobre la seguridad de la inteligencia artificial son un “ENGAÑO” comparable a otras conspiraciones políticas que ha invocado en el pasado, y la tecnología será el “mayor motor de desarrollo económico de la historia”.
Trump quiso cerrar el debate antes de que empezara
Trump no solo restó importancia a los riesgos. También habló de una “conspiración ENFERMIZA contra la IA y los centros de datos” y descartó nuevos controles con un argumento muy concreto, que el país ya dispone de un enorme poder penal y regulador sobre las empresas del sector.
“Quien gane la carrera de la IA, gana”, dijo Trump al defender que Estados Unidos mantiene ventaja frente a China.
Ahí aparece la contradicción central. Mientras la Casa Blanca presenta la regulación adicional como un obstáculo innecesario, varias de las figuras más visibles del propio sector piden justo lo contrario, aunque compitan entre sí por llegar antes.
Los ejecutivos que compiten también piden frenar
Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, advirtió de que bots de inteligencia artificial podrían apoderarse de “todo Internet” en un plazo de seis a doce meses. Su cálculo añade una escala muy concreta al riesgo, con daños potenciales de cientos de miles de millones de dólares.
Amodei fue más lejos.
“Debemos frenar el ritmo al que mejoramos las capacidades de los modelos de IA”, sostuvo el directivo de Anthropic.
Elon Musk, fundador de SpaceX y xAI, respondió que Amodei tiene “razón” y reclamó algún tipo de supervisión, incluso con una fórmula llamativa, una revisión de la inteligencia artificial por parte de la competencia. Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, coincidió con la idea de regular el ritmo de los modelos de vanguardia y añadió que le parece excelente contar con evaluadores independientes con un acceso parecido al de los empleados.
La escena tiene algo poco habitual, porque empresas que pelean por dominar la misma tecnología acaban defendiendo frenos externos. En medio de esa imagen, JD Vance, vicepresidente de Estados Unidos, dijo a la prensa que le parece “un poco extraño” ver a las compañías de inteligencia artificial “suplicar al gobierno que las regule” y describió esas peticiones como una especie de caballo de Troya.
Dentro de los laboratorios el miedo suena menos abstracto
No todos los avisos llegan desde despachos institucionales o desde el cruce geopolítico con China. Parte del tono más duro ha salido de personas que trabajaron o trabajan dentro de los laboratorios que construyen estos sistemas.
Jacob Coxon, exinvestigador de Anthropic, dimitió y publicó un mensaje viral visto más de 171 millones de veces en el que acusó a OpenAI y Anthropic de estar “jugando con nuestras vidas”. Su advertencia fue todavía más cruda al asegurar que quienes desarrollan inteligencia artificial creen sinceramente que esta podría acabar con todos antes de que termine la década.
Evan Hubinger, responsable de ciencia de alineación en Anthropic, puso cifra a esa inquietud. Estimó en más de un 10% la probabilidad de extinción humana en la próxima década y declaró que realmente creen con total sinceridad que la inteligencia artificial podría matar a todos los seres humanos.
China leyó el pulso como una pelea por el mando
Desde Pekín, el debate no se presenta como una discusión técnica aislada. Guo Jiakun, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, afirmó en rueda de prensa que “el alarmismo, la confrontación y la competencia feroz” perturbarán la gobernanza mundial de la inteligencia artificial.
Ese cruce llega además en vísperas de una cita política delicada. La inteligencia artificial figura como uno de los asuntos clave antes de la visita de Xi Jinping a Estados Unidos a finales de este mes, en un clima que recuerda que la tecnología dejó de ser solo industria y pasó a formar parte del lenguaje de la rivalidad entre potencias, como ya ocurrió en las reglas que reclama Pekín.
Trump insiste en que Estados Unidos lleva ventaja frente a China y en que quiere mantenerla. Pero al mismo tiempo, desde la petición de frenar la carrera hasta el cálculo de un riesgo de extinción superior al 10%, el debate ya no cabe en una consigna de campaña.