Hace un mes, cada noche, antes de dormir, un hombre en Barcelona ponía un vídeo de YouTube. Canciones de blues, voces graves, guitarras lentas, ese lamento profundo que parece salir de las tripas de la historia. Le calmaba. Le recordaba a los viejos discos de su padre, a los tiempos en los que la música tenía callos. Pero aquel cantante de blues al que llevaba un mes escuchando cada noche no era real. Era una diabólica creación de la inteligencia artificial. Un fantasma digital con voz de alma herida, fabricado en un ordenador, sin piel, sin recuerdos, sin dolor. Y nadie le advirtió que no era humano.
El engaño que suena bien
Fueron unos 20 minutos los que bastaron a un oyente desconfiado para descubrir la trampa. Ningún aviso en la descripción del vídeo. Ninguna advertencia. Solo una foto borrosa, una biografía mínima, y una voz que parecía salir de algún sótano de Memphis en los años 50. Los comentarios se sucedían "Este tipo tiene alma", "¿dónde puedo verle en directo?", "esto es auténtico blues americano". Nadie sospechaba que detrás no había más que código y datos. El responsable, según se descubrió, era un ingeniero. Un técnico que, con herramientas de IA, había recreado no solo la voz, sino el mito de un músico inexistente.
Las reproducciones se dispararon. Millones. No era un caso aislado. Formaba parte de un canal conocido como Radio Mandanga, dedicado a reimaginar canciones populares en estilos completamente distintos. "Bomba", de King África, transformada en un suave tema de Motown Soul. "Torito", de El Fary, sonando como si lo hubiera grabado Marvin Gaye en Detroit. "Soy minero", de Antonio Molina, con ritmo de reggae jamaicano. Y hasta "Enter Sandman", de Metallica, convertida en una rumba a lo Peret. Todas ellas sonaban tan bien que superaban en calidad a muchos de los singles que este año han llegado a la lista de éxitos.
¿Progreso o simulacro?
El problema no está en la creatividad. Está en la transparencia. En el engaño. En que, mientras algunos celebran estos experimentos como avances tecnológicos, otros ven cómo se desdibuja la línea entre lo real y lo fabricado. El grueso de la sociedad sabe lo dañina y delictiva que está siendo la inteligencia artificial para crear bulos, generar pornografía infantil y mil atrocidades más. Y el arte, especialmente la música, se convierte en un campo de batalla silencioso.
Los artistas, ya de por sí en una situación de tremenda precariedad, ven cómo sus voces pueden ser replicadas sin permiso, cómo sus estilos son desmontados y reconstruidos por algoritmos, cómo su trabajo se convierte en materia prima para máquinas que no pagan derechos ni sienten. El incierto futuro del mercado musical no depende ya solo de las plataformas de streaming o de las políticas culturales, sino de hasta dónde permitimos que la IA reemplace lo humano, incluso en el arte.
La voz de los sin voz
Hay historias que no pueden ser replicadas. Howlin" Wolf, el legendario músico estadounidense, nació en 1910 en una plantación de Misisipi. A los 13 años, huyó. Caminó más de 140 kilómetros hasta Chicago, con el blues en la garganta y el hambre en el bolsillo. En 1966, en un club de Newport, alguien le preguntó qué era el blues. Respondió
"Cuando no tengas dinero para pagar tu alquiler o comprarte comida, aún tendrás el blues"
Howlin" Wolf, murió en 1976. Pero su definición sigue vigente.
Porque seis décadas después, millones de personas con trabajo tienen que elegir entre pagar el alquiler o comer. Y aun así, cada noche, pulsan play. Buscan consuelo en una melodía, en una voz que les diga que no están solos. Seis décadas después, el blues sigue siendo necesario. Pero ahora, la voz que suena en el altavoz puede no pertenecer a nadie. Puede ser una simulación. Un refugio hecho de datos.
¿Libertad o control?
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, intervino el jueves en el plenario de la Global AI Impact Summit. Habló de valores, de humanidad, de ética. Dijo que España cree en la IA para el bien. Que la tecnología debe ampliar la libertad, no socavarla. Que debe guiarse por los derechos humanos y la democracia. Un discurso claro, casi esperanzador. Y sin embargo, en el mundo real, las mismas herramientas que prometen progreso ya están siendo usadas para borrar límites, explotar trabajadores y simular vidas.
Hay un choque en marcha. Por un lado, los empresarios sin escrúpulos de las tecnológicas, para quienes la IA es progreso inevitable. Por otro, los trabajadores, los artistas, los ciudadanos, para quienes esa misma IA significa despidos, desposesión, deshumanización. Mrinank Sharma, investigador de seguridad en IA, lo dejó claro la semana pasada
"El mundo está en peligro", No era una metáfora. Era un aviso.
¿Seguiremos teniendo el amuleto?
La música ha sido siempre un amuleto. Un escudo contra la tristeza, contra la injusticia, contra el ruido del mundo. Hoy, ese amuleto puede estar hecho de silicio. Puede no tener dueño. Puede no haber sido compuesto por nadie. Y eso plantea una pregunta, simple y profunda ¿seguiremos teniendo ese amuleto dentro de 60 años con la mandanga que nos trae la inteligencia artificial? O, peor aún, ¿sabremos distinguir cuándo el refugio que buscamos no es más que una ilusión al 97% perfecta?