Un millón de satélites 'pensando': la apuesta de Musk por centros de datos de IA en órbita

21 de febrero de 2026 a las 16:35h
Un millón de satélites 'pensando': la apuesta de Musk por centros de datos de IA en órbita
Un millón de satélites 'pensando': la apuesta de Musk por centros de datos de IA en órbita

Imagina mirar al cielo al anochecer y ver, no estrellas, sino una cinta brillante de objetos artificiales surcando la bóveda celeste. No sería la Vía Láctea la que dominaría la escena, sino una constelación humana. Ahora, imagina que cada uno de esos puntos luminosos no solo transmite internet, sino que está pensando. Procesando. Aprendiendo. Esa es la visión que Elon Musk ha puesto sobre la mesa un millón de satélites en órbita que no solo comunican, sino que computan. Centros de datos flotantes, allá arriba, entre el vacío y el sol.

El cielo como granja de servidores

El nuevo proyecto, fruto de la colaboración entre SpaceX y xAI, propone una red de satélites que funcionarán como nodos de inteligencia artificial en el espacio. Estos dispositivos se situarían entre los 500 y los 2.000 kilómetros de altura, en órbitas sincrónicas al sol, lo que garantiza que siempre estén iluminados por la luz solar. Esa posición estratégica no es casual. En el espacio, los paneles solares pueden rendir de forma óptima sin los obstáculos que plantean la atmósfera y el clima terrestre, lo que convierte al entorno orbital en un escenario ideal para alimentar a millones de chips hambrientos de energía.

La idea suena casi cinematográfica, pero tiene un eje racional la eficiencia. SpaceX argumenta que el drástico descenso en los costes de lanzamiento, gracias a cohetes reutilizables como Starship, hace que el espacio ya no sea un lujo, sino una opción estratégica. La reducción del coste de los lanzamientos de sus cohetes hace que el espacio se convierta en una alternativa perfecta para los centros de datos de IA. En la Tierra, los grandes centros de datos consumen cantidades enormes de electricidad y agua para refrigerarse. Arriba, en cambio, hay sol infinito. Pero también hay un problema monumental el calor.

El termo más grande del universo

En el espacio, no hay aire ni agua para disipar el calor. Los satélites, en ausencia de un medio que transporte la energía térmica, se comportan como auténticos termos. Los satélites actúan como "termos naturales", lo que complica enormemente la refrigeración de los millones de procesadores que operarían dentro. En la Tierra, si un servidor se sobrecalienta, un técnico puede intervenir, cambiar un ventilador o ajustar el flujo de refrigerante. Allá arriba, eso es imposible.

"En los centros de datos actuales si surge algún problema un técnico se puede desplazar físicamente si hace falta para solucionarlo. En el espacio la reparación física es inviable"

La solución, entonces, es trágicamente sencilla aceptar la mortalidad de los componentes. Cuando un satélite falle, no se repara. Se reemplaza. Y con un millón de unidades en órbita, el ciclo de vida y descarte se convierte en un flujo constante. Un flujo que implica no solo lanzamientos continuos, sino también reingresos a la atmósfera. Y eso tiene consecuencias.

El precio del cielo

Para desplegar un millón de satélites, se estima que serían necesarios unos 25.000 lanzamientos con Starship. Cada uno de ellos deja huella combustión, emisiones, ruido. Pero el impacto no termina allí. Al final de su vida útil, cada satélite, o los que fallen antes de tiempo, regresarán a la atmósfera. Durante esa reentrada, se desintegran, liberando metales y partículas finas en la estratosfera. Estos residuos químicos podrían dañar la capa de ozono y provocar consecuencias climáticas inciertas. No es ciencia ficción estudios recientes ya advierten sobre el efecto acumulativo de los residuos de satélites en la alta atmósfera. Ahora, multiplicado por un millón, el riesgo deja de ser teórico.

Y luego está el espacio mismo. Las órbitas bajas ya están congestionadas. Starlink ya ha desplegado miles de satélites. OneWeb, Amazon y otros también tienen planes. Lanzar un millón más no es solo un desafío técnico, es una amenaza al orden orbital. El síndrome de Kessler ese escenario en el que una colisión genera una cascada de escombros que hace la órbita inutilizable deja de ser una hipótesis lejana. Cada nuevo satélite añade probabilidad de colisión. Una colisión importante podría generar una nube de basura espacial que tardaría décadas en limpiarse, poniendo en riesgo satélites de observación climática, de navegación, de comunicaciones globales.

El cielo que ya no es nuestro

Y luego está lo que todos podemos ver. Los astrónomos ya han sufrido con Starlink. Los rastros luminosos de los satélites cruzan las imágenes de telescopios, arruinando observaciones de galaxias lejanas, asteroides potencialmente peligrosos o exoplanetas. Este nuevo proyecto empeoraría el problema. Dada la altitud y el tamaño previsto, es probable que formen una banda brillante visible incluso a simple vista, especialmente al amanecer y al atardecer. El cielo nocturno, ese lienzo que ha inspirado mitos, ciencia y poesía durante milenios, podría transformarse en un espejo artificial. El atardecer ya no sería un momento de quietud, sino el inicio de un espectáculo intruso.

SpaceX no está ciego a estos retos. Cuenta con un sistema de vigilancia orbital llamado Stargaze, diseñado para predecir y evitar colisiones. Pero como reconocen incluso los expertos, ningún sistema es del todo perfecto. La regulación del tráfico espacial es un tema emergente, con voces que piden coordinación global. Pero hoy, el espacio sigue siendo un territorio de poca ley, donde quien puede lanzar, lanza.

¿Quién decide sobre el cielo?

La computación orbital puede tener ventajas. Energía limpia, latencia baja, acceso global. Pero este plan no es solo una ingeniería deslumbrante. Es una declaración de intenciones el espacio como extensión del mercado, del poder, de la ambición tecnológica. Y eso nos obliga a una pregunta incómoda el espacio sobre todo, el que vemos es un recurso compartido y finito. ¿Quién decide cómo se usa? ¿Cuánto es demasiado? ¿Dónde trazamos la línea entre progreso y apropiación?

Mirar al cielo ya no es solo contemplar el universo. Es mirar hacia una batalla por su futuro. Y esta vez, los jugadores no están en la Tierra. Están allá arriba. Y van a quedarse.

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