En una pequeña oficina de Madrid, un niño de seis años salta de alegría al ver un cuento ilustrado donde él es el protagonista, salva dragones y vuela en alfombras mágicas. No es un sueño. Es DreamStories, una start-up que utiliza inteligencia artificial generativa para crear libros infantiles personalizados. Pero detrás de esa sonrisa hay una pregunta mucho más incómoda: ¿cuánto tiempo durará este negocio antes de que alguien más grande, más rápido, lo imite o lo absorba?
El boom de la IA generativa y el sueño emprendedor
Desde que OpenAI lanzó ChatGPT a finales de 2022, el mundo tech ha entrado en un estado de euforia parecido al de los años 2000 con la burbuja punto com. Cada día surgen nuevas empresas que prometen transformar industrias enteras con IA: desde generar anuncios hasta escribir artículos académicos o automatizar informes corporativos. Vidext, Vibepeak, Aithor. Los nombres suenan a futuro, pero también a experimento en curso.
Phil Calzavara, fundador de DreamStories, lo ve con claridad. Lanzó su empresa en 2023, convencido de que la personalización en la infancia podía ser un nicho dorado. “Cuando surge una nueva tecnología, hay mucha gente que se lanza a buscar negocio” - Phil Calzavara, fundador de DreamStories
Son palabras que no suenan a celebración, sino a advertencia. Porque todos tienen acceso a las mismas herramientas. GPT de OpenAI, Gemini de Google, Claude de Anthropic. Son los motores invisibles que alimentan a cientos de start-ups. Y eso, paradójicamente, es tanto una oportunidad como una amenaza.
La trampa de la facilidad
Imagina que construyes una cafetería cuyo éxito depende de una máquina de café que cualquiera puede comprar en Amazon. Si tu valor está solo en la máquina, no en el café, el sabor o la experiencia, ¿cuánto tiempo tardarán los demás en copiarte? Este es el dilema de muchas empresas de IA generativa.
David Gordo, profesor en IE Business School en Madrid, lo dice sin rodeos: “El salto para pasar de lo generalista a lo concreto es muy difícil”. Y añade: “Algunas empresas van a permanecer, pero una gran mayoría no lo harán”.
El problema no es la tecnología. Es el modelo de negocio. Si cualquier equipo con acceso a una API puede replicar tu producto en semanas, ¿qué te protege? Nada. La barrera de entrada es tan baja que el mercado se inunda. La facilidad de acceso es también la semilla de la obsolescencia rápida.
Un estudio de JetBrains revela que ya el 85% de los programadores usan herramientas de IA en su trabajo. Lovable y Cursor, asistentes de programación, están ganando terreno. Pero ahora compiten no con otras start-ups, sino con Google Antigravity, un producto que la gigante lanzó en noviembre. El juego ya no es entre emprendedores. Es entre start-ups y gigantes con recursos ilimitados.
¿Qué te hace diferente? Esa es la pregunta
En este contexto, sobrevivir no depende solo de tener una buena idea, sino de cómo se ejecuta. Calzavara lo sabe. Reconoce que “todo el mundo tiene acceso a ella”, en referencia a la IA que usa. Pero insiste en que DreamStories no es solo un prompt bien escrito. Ha combinado varios modelos generalistas para crear un “motor de generación propio”, especializado con datos precisos y con memoria, gracias a entrenamiento continuo.
Es un matiz técnico, pero crucial. No se trata de usar IA, sino de moldearla. De darle personalidad, contexto, coherencia. Como si enseñaras a un alumno no solo a repetir frases, sino a contar historias con sentido.
Esteve Almirall, profesor de Innovación en la Universidad Esade de Barcelona, lo resume con crudeza: “Si el valor tecnológico que aportan es muy bajo, lo van a copiar 20.000 rivales de inmediato”.
Y David Gordo insiste: “Si es muy fácil de imitar, otros lo harán”.
La carrera no es de velocidad. Es de profundidad.
El futuro: nichos, conocimiento y no miedo a los gigantes
Sin embargo, no todo es desconfianza. Hay espacio para el optimismo, pero no para el ingenuo. Jaime Novoa, socio de Kfund, una de las principales firmas de capital riesgo en España, ve un cambio cualitativo en los proyectos tecnológicos del país. “Vemos start-ups con un nivel de ambición y técnica que no habíamos visto antes”.
Su estrategia es clara: invertir en empresas que combinen IA generativa con conocimiento experto en sectores específicos. Ciberseguridad, gaming, salud. Espacios donde la tecnología no basta, donde se necesita dominio del terreno.
Kfund evalúa una pregunta esencial antes de financiar: “¿Cómo de difícil es para un tercero montar algo similar?”. No buscan la idea más brillante. Buscan la más defensible.
Y aunque advierte que plataformas como OpenAI o Google podrían entrar en mercados verticales, no lo ve como una sentencia de muerte. “No es imposible que lo terminen haciendo”, reconoce Novoa. Pero también cree que las start-ups pueden llegar primero, innovar más rápido, y construir ventajas que no se copian con solo tener acceso a modelos.
El cuento no ha terminado
Mientras tanto, DreamStories sigue escribiendo historias. Y Google ha lanzado su propia versión: Gemini Storybook. La competencia ha llegado. Pero quizás, solo quizás, la verdadera diferencia no esté en quién tiene mejor IA, sino en quién entiende mejor a los niños, a los padres, al arte de contar cuentos.
Porque al final, la tecnología no cuenta historias. Las personas sí. Y aunque las máquinas puedan generar palabras, todavía no saben por qué lloramos al final de un buen cuento.
En este nuevo mundo de algoritmos y prompt engineering, la humanidad no es un bug. Es la característica principal.