Las calles de ciudades como San Francisco o Los Ángeles ya no pertenecen solo a conductores humanos. Allí circulan, cada vez con más frecuencia, vehículos sin conductor, guiados por algoritmos y sensores. Pero detrás de esa imagen futurista hay una realidad menos visible cuando la inteligencia artificial se queda sin respuestas, entra en escena una persona. Y esa persona podría estar a miles de kilómetros, sentada frente a una pantalla en Manila.
El control remoto del futuro
Mauricio Peña, director de seguridad de Waymo, lo confirmó ante el Senado estadounidense sus robotaxis no funcionan completamente solos. Cuando el sistema autónomo no sabe cómo actuar ante una situación inesperada, un operador humano toma el control de forma remota. Es como si, en medio del tráfico, un conductor invisible desde otro continente pulsara un botón y decidiera el rumbo del vehículo.
Estos operadores no siempre están en Estados Unidos. Peña admitió que parte de este personal está ubicado en Filipinas, aunque no precisó cuántos ni en qué condiciones laborales trabajan. Esta revelación ha abierto un debate ético y regulatorio ¿qué cualificaciones tienen estas personas? ¿Tienen licencia de conducir estadounidense? ¿Qué formación reciben para intervenir en situaciones críticas?
"Desafortunadamente, las empresas han proporcionado poca información sobre la ubicación de estos operadores remotos, la frecuencia con la que intervienen en el vehículo autónomo o su cualificación" - Edward J. Markey, senador demócrata por Massachusetts
Una rendija en el velo tecnológico
La dependencia de operadores humanos no es exclusiva de Waymo. Tesla, Zoox, Aurora, Motional, May Mobility y Nuro también están desarrollando tecnologías de conducción autónoma. Pero cuando el Senado les solicitó detalles sobre sus equipos de asistencia remota, la respuesta fue escasa. Las grandes promesas de la movilidad autónoma chocan con una transparencia mínima.
El senador Edward J. Markey no ocultó su frustración. "Eso es completamente inaceptable", afirmó durante la audiencia. Junto al senador republicano Ted Cruz, presidente del Comité de Comercio, Ciencia y Transporte, están presionando a las compañías para que entreguen información clara antes del 17 de febrero. El objetivo es claro crear regulaciones de seguridad uniformes para todos los vehículos autónomos que circulen por territorio estadounidense.
No se trata solo de una cuestión técnica. Es también una cuestión de confianza pública. Los ciudadanos tienen derecho a saber quiénes están al mando cuando un coche sin conductor se detiene en medio de una intersección o cambia de carril abruptamente. Especialmente después de los accidentes reportados en Texas y California, donde vehículos autónomos se vieron involucrados en incidentes que pusieron en duda su fiabilidad.
El humano en la sombra
La industria insiste en que la conducción autónoma reducirá los accidentes, el tráfico y las emisiones. Pero mientras ese futuro se consolida, los humanos siguen siendo el plan B. Y esos humanos no necesariamente viven en el mismo país donde circulan los coches. Pueden estar en centros de operaciones lejanos, trabajando turnos nocturnos, respondiendo a alertas en tiempo real.
¿Qué significa esto? Que la automatización total es, por ahora, un espejismo. Detrás de cada decisión aparentemente autónoma hay una red de personas, muchas veces invisibles, que sostienen el sistema. Y si no sabemos quiénes son, dónde están ni cómo están capacitados, entonces estamos delegando la seguridad vial en una caja negra con cableado humano.
El Senado estadounidense ha encendido la luz. Ahora toca esperar si las empresas responden con claridad o siguen navegando en la penumbra.