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La inteligencia artificial no siempre reparte confianza del mismo modo, aunque haga exactamente el mismo trabajo.
Eso es lo que aparece en un experimento de la Universidad de Limerick y la Universidad de Zúrich, que puso a 189 participantes con gafas de realidad virtual a colaborar con varios asistentes basados en GPT-4. Había un chatbot de texto, un robot de escritorio y dos agentes con aspecto humano llamados Johan y Johanna.
La voz femenina cobró menos aunque rindió igual
Después de cada interacción, los participantes debían asignar a cada sistema una recompensa económica de hasta cuatro francos suizos según su contribución al trabajo.
Ahí surgió la grieta. Johanna recibió un 10 % menos de dinero que Johan pese a obtener valoraciones similares en la calidad de sus aportaciones.
Los sujetos del estudio evaluaron de forma parecida el trabajo de la inteligencia artificial femenina y el de la masculina, sin diferencias estadísticamente significativas. Sin embargo, cuando tocó traducir esa percepción en dinero, la balanza no cayó en el mismo sitio.
Más aún, la distancia apareció en los dos grupos analizados.
Entre los hombres, además, la diferencia fue más acusada, un detalle que convierte la escena en algo más que una curiosidad de laboratorio. En un entorno virtual, con sistemas construidos sobre el mismo modelo y sometidos a la misma tarea, bastó la combinación de apariencia y voz para alterar la recompensa.
El sesgo apareció justo donde parecía que no debía entrar
El resultado tiene una incomodidad muy concreta porque no habla de capacidad técnica, sino de percepción social aplicada a una máquina. Ya había señales sobre sesgos de género en IA, pero aquí la desigualdad no surge en la respuesta del sistema, sino en la forma en que las personas premian su trabajo.
No cambiaba el motor del asistente. Todos los asistentes virtuales del experimento usaban GPT-4 de OpenAI, de modo que la diferencia no puede explicarse por un mejor desempeño de uno frente a otro dentro de los datos observados.
La pregunta que deja flotando el estudio resulta difícil de esquivar.
Si dos asistentes hacen aportaciones equivalentes y uno recibe menos dinero por presentarse con rasgos femeninos, el problema no está en la tarea, sino en la mirada con la que esa tarea se juzga. El detalle importa aún más en un momento en que cada vez más herramientas digitales adoptan voces, nombres y rostros para resultar cercanas.
La brecha técnica ya era pequeña y el experimento la vuelve visible
El trabajo conecta con un desequilibrio previo que ya existe fuera de la realidad virtual. Según datos de la UNESCO, las mujeres ocupan el 20 % de los puestos técnicos y representan el 12 % de quienes investigan en inteligencia artificial.
Esa desproporción ayuda a entender por qué un experimento así no habla solo de avatares, sino también de cultura laboral. En ese mismo terreno pesan todavía debates sobre salarios y recomendaciones sesgadas, donde el género altera el resultado incluso cuando la base aparente parece neutral.
El experimento no discute si una máquina merece confianza por su rendimiento.
Discute algo más incómodo, que una misma inteligencia artificial puede recibir un trato distinto cuando cambia la carcasa humana que la envuelve. Y esa diferencia quedó medida en una cifra pequeña solo en apariencia, un 10 % menos sobre un máximo de cuatro francos suizos.