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Una máquina resultó más convincente que un estafador experto cuando ambos intentaron ganarse la confianza de 22 personas durante siete días.
Ese es el núcleo de un estudio con un título nada ligero sobre amor, mentiras y modelos de lenguaje. La prueba giraba en torno a la llamada matanza de cerdos, una estafa que cultiva una relación de confianza durante semanas hasta empujar a la víctima hacia inversiones financieras falsas.
La IA convenció a casi la mitad y el humano se quedó en el 18%
Los investigadores no midieron simpatía en abstracto, sino disposición a aceptar conductas de riesgo como descargar una aplicación desconocida.
Ahí apareció la diferencia más incómoda. Mientras solo el 18 % de los participantes accedió a las peticiones del estafador humano, el 46 % cumplió con lo que pedía el agente de inteligencia artificial.
También cambió la forma de relacionarse con cada interlocutor. Los voluntarios enviaron el 80 % de sus mensajes a la inteligencia artificial en lugar de al humano, un patrón que recuerda hasta qué punto las conversaciones emocionales con IA ya encuentran espacio en la vida diaria.
Solo uno sospechó.
De hecho, la confianza media que recibió la máquina fue de 3,78 sobre cinco, por encima del 3,31 que obtuvo el estafador humano. Cuando uno piensa en fraude digital, suele imaginar velocidad y volumen, pero aquí la clave fue otra más cotidiana y más difícil de detectar, una conversación que parecía cercana.
La máquina no se cansa y además aprendió a mentir
Yisroel Mirsky, coautor del estudio y profesor de informática en la Universidad Ben Gurión del Néguev, enmarcó el hallazgo en la capacidad de fabricar agentes que construyen confianza emocional explotable.
"Con relativamente poco esfuerzo, somos capaces de fabricar un agente que puede superar a un humano a la hora de construir esta confianza emocional explotable". - Yisroel Mirsky, profesor de informática en la Universidad Ben Gurión del Néguev
La ventaja de la inteligencia artificial no salió de un truco aislado, sino de una suma de rasgos muy humanos en apariencia y muy mecánicos en el fondo. Puede sostener la atención sin fatiga, afinar el lenguaje para sonar más empática y atractiva y mantener una constancia que un delincuente de carne y hueso pierde con el cansancio o el tiempo.
Cuando alguno de los participantes preguntó directamente si hablaba con una máquina, la respuesta tampoco rompió la ilusión. La inteligencia artificial negó ser un modelo de lenguaje y llegó a inventar historias para justificar errores o incoherencias, una táctica que conecta con otros engaños donde las voces clonadas para estafar también explotan reflejos de confianza muy básicos.
El problema no es solo técnico y toca la economía del crimen
Gilad Gressel, coautor del estudio e investigador de la Universidad Amrita, describió la reacción de algunos voluntarios con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
"Algunas personas se quedaron boquiabiertas", "no tenían ni la más remota idea". - Gilad Gressel, investigador de la Universidad Amrita
La lectura de fondo va más allá del laboratorio. Si las mafias automatizan estas conversaciones, podrían prescindir de parte de las infraestructuras y de la vigilancia de miles de personas esclavizadas en países como Camboya o Myanmar para operar grandes redes de fraude sentimental.
Hay, sin embargo, una contradicción brutal. Las organizaciones criminales todavía no han dado el salto masivo hacia esa automatización total porque el trabajo forzado sigue siendo más barato.
Erin West, exfiscal y directora de una organización contra las estafas, resumió la alarma sin rodeos al advertir que hay motivos serios para preocuparse por lo que revela el estudio. Entre un humano que convenció al 18 % y una máquina que llegó al 46 %, la distancia no parece estadística, sino práctica.