Una IA tomó su cara de redes sociales y la vendió a un banco de fotos sin permiso

"La legalidad internacional ha terminado": la frase de Von der Leyen que sacude a Europa

12 de marzo de 2026 a las 17:50h
Una IA tomó su cara de redes sociales y la vendió a un banco de fotos sin permiso
Una IA tomó su cara de redes sociales y la vendió a un banco de fotos sin permiso

Una cara que no es tuya pero que todos reconocerían. Una foto que circula por internet, vinculada a un trabajo que nunca hiciste, en un contexto que no eligiste. Para Gabriel Alonso Díaz, músico de Oviedo, fue una sacudida descubrir su rostro asociado a la imagen de un programador informático en un banco de fotos. No había concedido permiso. No existía contrato. Solo una instantánea generada por inteligencia artificial que tomó su rostro de las redes sociales y lo insertó en un escenario ajeno.

"La imagen más plausible es una foto generada con inteligencia artificial, que toma caras de las redes sociales y las vende a bancos de fotos".

El caso no es aislado. Es un síntoma. Cada vez más personas descubren que sus rasgos, su identidad visual, circulan sin control en plataformas de stock photography, portales de noticias o incluso en campañas publicitarias. La tecnología avanza a velocidad de vértigo, pero las leyes se arrastran. Y entre ese vacío legal, florecen prácticas que rozan lo inmoral y que, en muchos casos, ya son ilegales.

¿Quién posee tu rostro?

La pregunta que plantea Alonso Díaz no es retórica. Es urgente. Qué sucede con nuestros derechos de imagen cuando una máquina puede replicar y manipular nuestro rostro sin nuestro consentimiento? Hasta hace poco, la protección de la imagen dependía de marcos legales claros usos comerciales requerían autorización. Pero ahora, algoritmos entrenados con millones de fotos extraídas de internet pueden reconstruir rostros con precisión inquietante. Y esos rostros terminan en catálogos digitales, disponibles para cualquiera que pague.

El músico asegura que ya pidió la retirada de la imagen. El medio la sustituyó. Pero el daño, aunque sutil, ya está hecho. "Ya estuvo ahí", dice. Y esa presencia efímera pero real puede tener consecuencias. Podrían haber puesto mi cara en cualquier otra situación comprometida para mi carrera profesional, o simplemente para mi intimidad.

La tecnología no discrimina. Puede usarse para recrear a un artista en un concierto que nunca dio, para fabricar un testimonio falso de un político o para colocar el rostro de un ciudadano corriente en contextos violentos o pornográficos. El riesgo no es futuro. Es actual. Y se extiende como una sombra sobre la confianza que depositamos en lo que vemos.

El precio de la guerra y el silencio cómplice

Mientras tanto, en otra frecuencia del mismo mundo, Pilar Ciutad Lacambra escucha la radio desde Toulouse. Y lo que oye le resulta insoportable empresarios, agricultores, consumidores, todos lamentándose del alza del precio del petróleo. Todos reclamando ayudas, reducciones de impuestos, alivios fiscales. Pero nadie menciona la raíz del problema. Nadie habla de la guerra en Oriente Próximo, de la escalada imperialista, de los cuerpos destrozados que no salen en los titulares económicos.

"Sorprendentemente, no he oído un testimonio que se refiera a la causa de esta situación una guerra declarada por dos potencias imperialistas sin consultar ni encomendarse a nadie. Ni una mención de los desastrosos humanitarios derivados de esta locura. Me parece lamentable".

El silencio no es inocente. Oculta una connivencia cómoda. Reducir un conflicto geopolítico a un simple factor de inflación es despolitizar el horror. Es convertir el sufrimiento ajeno en una variable económica más. Y en ese cálculo frío, se borra la responsabilidad colectiva, se anula la memoria y se normaliza la barbarie.

La fractura del orden europeo

Si la guerra desestabiliza los mercados, las palabras de los líderes pueden minar los cimientos de un continente. Daniel Barroso Domínguez, desde Madrid, señala una declaración de Ursula Von der Leyen que suena a grito en medio de una sala vacía "Dice Ursula Von der Leyen que no hay que derramar una lágrima por el régimen iraní y que la UE debe asumir que la legalidad internacional ha terminado".

Esas palabras no son solo una postura. Son una declaración de principios. O mejor dicho, de su ausencia. Porque si la Unión Europea se define por el Estado de derecho, por el respeto a los tratados y al diálogo multilateral, entonces anunciar el fin de la legalidad internacional es minar la propia base sobre la que se construyó la UE.

Barroso lo advierte con claridad "Sus declaraciones no solamente atacan la concordia dentro de la UE, también anulan nuestra principal ventaja competitiva frente a China y EE UU que la preferencia electiva de las naciones no alineadas en un mundo tripolar primará la fiabilidad jurídica al establecer relaciones. En un orden hobbesiano los europeos atomizados quedaríamos a la zaga de EE UU".

Europa no puede exigir legalidad si renuncia a ella cuando le conviene. No puede posicionarse como faro de estabilidad si sus líderes celebran el colapso del orden jurídico. La ironía es amarga mientras se lamenta el caos global, se aplauden discursos que lo aceleran.

La experiencia como mercancía

Y en otro frente, más cotidiano pero igualmente simbólico, está la batalla por las entradas de un concierto. Ana Soler Trias de Barcelona lo vivió en carne propia. Segundos después de que las entradas salieran a la venta, ya estaban agotadas. Pero minutos después, en TikTok, miles de usuarios ofrecían esas mismas entradas a precios multiplicados por cinco, por diez, por veinte.

"Me parece vergonzoso que aquellos que realmente quieren asistir al concierto vean su sueño frustrado por gente que probablemente ni siquiera conoce al cantante. No convirtamos una experiencia increíble en una manera de aprovecharse de los demás".

Detrás de cada entrada reventada hay bots, hay sistemas automatizados, hay especulación. Y también hay una pregunta ¿qué clase de sociedad normaliza que los sentimientos, las emociones, las experiencias compartidas, se conviertan en mercancías para ser acaparadas y revendidas? El acceso a la cultura no debería depender de cuánto estés dispuesto a pagarle a un revendedor, sino de cuánto amas lo que vas a ver.

Estos casos no están desconectados. Hablan de un presente en el que la identidad puede ser robada, la guerra ocultada tras cifras, los principios europeos deshechos con una frase y la cultura convertida en botín. No son noticias aisladas. Son fragmentos de un mismo rompecabezas el de un mundo en el que lo humano se diluye en medio del algoritmo, el beneficio y el poder.

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