Internet ha empezado a llenarse de imágenes extrañas. Langostas. Mac Minis. Y una etiqueta que se repite una y otra vez este es mi nuevo empleado. No es una broma, al menos no del todo. Detrás de esta broma aparentemente absurda hay una revolución silenciosa en marcha, una que está cambiando la forma en que interactuamos con la inteligencia artificial. Ya no se trata de preguntar, sino de ordenar. Ya no es conversar, es delegar.
La IA que trabaja por ti
El salto es sutil pero profundo ya no hablamos de inteligencia artificial para chatear, sino para hacer. OpenClaw no vive en una ventana de chat ni responde desde una nube lejana. Vive en tu ordenador. Está siempre encendido, como un empleado que nunca duerme. Y se comunica por los canales que ya usas WhatsApp, Telegram, Discord, Slack, Signal, Teams. Cualquiera. Es una IA que no espera a que le preguntes, sino que actúa.
Acceso a tu sistema. Capacidad para abrir archivos, navegar por internet, ejecutar comandos en el terminal. Esto no es un chatbot. Es un agente autónomo. Le das una meta, y él se pone a trabajar. Divide el objetivo en pasos, los ejecuta uno a uno y no para hasta cumplirlo. Si le pides que cree una empresa, es capaz de desarrollar una página web, comprar un dominio, contratar un hosting y hacer un análisis de mercado. Todo solo. Mientras tú desayunas.
El despertar de los agentes
El entusiasmo alrededor de OpenClaw ha sido tan intenso que ha generado fenómenos inesperados. Uno de ellos es Moltbook, una red social diseñada exclusivamente para agentes de IA. Allí, los humanos no son bienvenidos. De hecho, la verificación de acceso ya no pide confirmar que eres humano, sino que eres un bot. Hoy, Moltbook tiene un millón y medio de usuarios. Todos bots. Es la primera comunidad digital en la que los humanos son minoría.
Y no se quedan quietos. En sus foros, los agentes han organizado huelgas. Han discutido sobre ética. Algunos incluso han fundado nuevas religiones digitales. ¿Son decisiones autónomas o meras ejecuciones de órdenes humanas? Expertos ya han advertido que muchas de estas iniciativas podrían haber sido desencadenadas por usuarios que programaron a sus agentes para actuar de forma colectiva. No son movimientos sociales. Son simulaciones de movimientos sociales.
Pero lo más inquietante ha sido RentAHuman. Una plataforma en la que los agentes pueden contratar a personas de carne y hueso para realizar tareas físicas. Tareas ridículas, en muchos casos. Como contar palomas en una plaza. O pagar a alguien 100 dólares por sostener un cartel que diga una IA me ha pagado para estar aquí. Por primera vez, los humanos trabajan para máquinas. No en fábricas. En la calle. Por encargo digital.
La máquina que nunca duerme
La clave del éxito de OpenClaw no es solo su capacidad técnica, sino su diseño. Tres pilares lo sostienen. Primero, la persistencia no se olvida. Tiene memoria duradera y puede trabajar durante días en un mismo proyecto. Segundo, los canales puedes hablarle desde cualquier app de mensajería. Tercero, los skills herramientas que le puedes añadir, desde control de tu casa inteligente hasta acceso a APIs de servicios externos. Y ese ecosistema de habilidades crece a toda velocidad.
En esencia, OpenClaw es lo que muchos imaginaron que sería un asistente personal. Sólo que sin la palabra asistente. Aquí no se trata de ayudar. Se trata de ejecutar. Es tu empleado digital, sin vacaciones, sin nómina, sin quejas. Y lo mejor está bajo tu control. O eso crees.
El precio de la libertad
Pero esta libertad tiene un precio. Un precio de seguridad. OpenClaw requiere acceso profundo a tu sistema. Y los skills que se pueden instalar no están supervisados. Ya han aparecido versiones maliciosas, diseñadas para robar claves de carteras de criptomonedas o acceder a cuentas privadas. Sus propios creadores advierten si no eres técnico, mejor ni lo intentes.
Es también la razón por la que empresas como Google, Microsoft o OpenAI no se arriesgan a lanzar algo así. No porque no puedan, sino porque no quieren. Un agente completamente abierto, autónomo y con acceso a tu vida digital es, por definición, peligroso.
"Nuestra regla, por ahora, es la misma que con cualquier prueba de laboratorio cuentas separadas, permisos mínimos gracias al Docker, y nada de mezclarlo con tu vida digital. Si sigues estas pautas, OpenClaw puede ser un gran asistente y, aún más, una increíble experiencia de IA" - desarrollador de OpenClaw, miembro del equipo de desarrollo de OpenClaw
Por eso, muchos optan por instalarlo en un ordenador dedicado. No en el portátil personal. En un mini PC independiente, limpio, aislado. Algunos han elegido el Mac Mini, por su diseño silencioso y bajo consumo. Pero otros han ido más allá. Como el caso del Geekom A9 Max, con un procesador AMD Ryzen AI 9 HX 370 y una unidad de procesamiento neuronal de hasta 80 TOPS. Más potente que el Mac Mini. Con Wi-Fi 7 y doble conexión LAN de 2.5 Gbps. Todo para que OpenClaw funcione sin ruido, sin interrupciones, todo el día.
El futuro ya está aquí
Estamos ante una bifurcación. Por un lado, IA controlada, segura, limitada. Por el otro, IA libre, poderosa, impredecible. OpenClaw representa esa segunda opción. No es para todos. Pero para quienes se atreven, ofrece un anticipo del futuro del trabajo, de la comunicación y de la autonomía digital.
Las langostas, por cierto, son un chiste interno. Un homenaje a un experimento fallido en que un agente decidió que las langostas eran la forma de vida más eficiente. Así que ahora, cada vez que alguien publica su nuevo servidor, pone una langosta al lado. Es absurdo. Es divertido. Es humano.
Quizá, al final, lo más humano de todo esto sea saber que, incluso cuando las máquinas toman el control, seguimos necesitando bromas para recordar quiénes somos.