Las oposiciones son, para muchos, la puerta de entrada a un empleo estable, a una vida más tranquila, a cumplir un sueño profesional. Pero detrás de esa hoja en blanco y ese bolígrafo azul, se está librando ahora una batalla silenciosa. No solo contra el nerviosismo o el tiempo limitado, sino contra la inteligencia artificial. Sobre todo, contra las gafas inteligentes, esos pequeños dispositivos que parecen inofensivos anteojos pero que pueden grabar, transmitir y acceder a información en tiempo real. Y eso, en un examen, es trampa. En Valencia, la Generalitat ya no mira hacia otro lado.
Un escáner de realidad aumentada
El área de Función Pública de la Conselleria de Hacienda prepara un plan de vigilancia con aires de ciencia ficción. Antes de entrar al examen, los aspirantes pasarán por una inspección física, como si estuvieran abordando un avión. No buscan armas ni explosivos, sino componentes electrónicos disimulados. Gafas que filman, relojes que conectan, auriculares que susurran respuestas. El objetivo es claro garantizar la igualdad de condiciones. Pero detectar estos dispositivos no es sencillo. Las monturas pueden parecer normales, pero son más gruesas, ocultan cámaras, micrófonos, incluso pequeñas pantallas. Los supervisores recibirán formación para identificar indicios mínimos luces intermitentes, conexiones a móviles, comportamientos sospechosos.
Y si no basta con mirar, se recurrirá a la tecnología para combatir a la tecnología. Se estudia la instalación de inhibidores de frecuencia en los espacios de examen. Estos dispositivos bloquean señales de red, Bluetooth, Wi-Fi, dejando inútiles a las gafas inteligentes y relojes conectados mientras estén dentro de su radio de acción. Es como crear una burbuja analógica en pleno siglo XXI. Una medida drástica, pero que responde a una nueva realidad la tentación de copiar ya no viene solo del papelito bajo la mesa, sino del chip tras la oreja.
El caso del MIR y la nota de cero
Este año, en Santiago de Compostela, durante el examen del MIR, uno de los más exigentes del país, un aspirante fue detectado con gafas inteligentes y un reloj. No se sabe qué modelo usaba ni cómo planeaba enviar o recibir información. Tampoco si actuaba solo. Lo que sí se sabe es que su nota fue un cero. No se castiga solo el fraude, sino la confianza rota. Porque si un solo candidato usa IA para responder, todo el sistema pierde legitimidad.
"La trampa con dispositivos inteligentes no es una infracción menor, es un atentado contra la equidad del proceso" - Ana Sánchez, responsable de Calidad en la Función Pública de la Generalitat Valenciana
En ese contexto, las administraciones no solo endurecen controles, sino que cambian el diseño de los exámenes. Ya no basta con memorizar. Ahora se incluyen preguntas que requieren análisis, razonamiento, pensamiento crítico. Respuestas que no se pueden copiar con un parpadeo o una foto. La IA, por muy avanzada que sea, aún tropieza con la ambigüedad, con el matiz, con el juicio humano. La trampa se vuelve inútil si la respuesta no está en internet, sino en la cabeza del opositor.
La cara oculta de las gafas inteligentes
Pero el debate va más allá de las oposiciones. Las gafas con IA no solo generan sospechas en los exámenes, también en los espacios públicos. En España, un hombre fue detenido por grabar a mujeres sin su consentimiento usando unas Ray-Ban Meta. Un caso que no es aislado. Cada vez hay más lugares donde se prohíbe su uso bares, vestuarios, hospitales, salas de reuniones. No es paranoia, es prevención. Una cámara oculta en una montura puede violar la privacidad con solo mirar.
Hace unos años, la Universidad Internacional de Valencia (VIU) implementó un sistema de vigilancia con IA y reconocimiento facial para controlar exámenes en remoto. El sistema analizaba gestos, miradas, movimientos. Sonaba a control perfecto. Pero la realidad fue otra la Agencia Española de Protección de Datos intervino y sancionó con 650.000 euros por vulnerar el RGPD. La ironía es evidente querían evitar trampas, pero cometieron una falta grave contra los derechos digitales.
La tecnología avanza rápido, más rápido que las normas, más rápido que la ética. Y en ese vacío, surgen los abusos. Las gafas inteligentes pueden ser una herramienta útil, pero también un instrumento de vigilancia encubierta, de ventaja desleal, de intrusión silenciosa. La Generalitat Valenciana no pretende frenar el progreso, sino ponerle límites. Porque en los exámenes, como en la vida, lo que está en juego no es solo el conocimiento, sino la confianza. Y esa, una vez perdida, cuesta mucho recuperarla.