Añadir Mangas Verdes como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
La inteligencia artificial ha entrado en la agenda de la reunión que Xi Jinping y Donald Trump mantendrán esta semana, junto a comercio y Taiwán.
No es un detalle menor. Cuando dos potencias sientan en la misma mesa aranceles, seguridad y modelos de IA, la discusión ya no gira solo en torno a quién inventa antes, sino a quién fija los límites de una tecnología que también se ha convertido en herramienta de presión diplomática.
Washington y Pekín compiten, pero admiten que deben hablar
Elly Rostoum, investigadora principal del programa de política tecnológica del Centro de Análisis de Políticas Europeas y antigua analista de inteligencia de EE.UU., sitúa así el momento.
"Ninguna de las partes quiere renunciar al desarrollo ni ralentizarlo. Pero comprenden que se trata de un asunto lo suficientemente serio como para que tengan que dialogar, para que las empresas tengan que dialogar". - Elly Rostoum, investigadora principal del programa de política tecnológica del Centro de Análisis de Políticas Europeas y antigua analista de inteligencia de EE.UU.
Esa mezcla de rivalidad y necesidad práctica ya apareció el domingo en Nueva York. Scott Bessent, secretario del Tesoro de EE.UU., explicó que Washington propuso una línea de atención de emergencia para incidentes relacionados con la IA y debatió un mecanismo de diálogo con sus homólogos chinos.
Jamieson Greer, representante comercial de EE.UU., añadió que los controles de exportación no figuraban en la agenda de su reunión del domingo con el viceprimer ministro chino He Lifeng y el negociador jefe de comercio Li Chenggang. La omisión llama la atención porque esos controles forman parte del ruido de fondo que condiciona casi todo lo demás.
China acelera mientras Estados Unidos intenta contener el paso
Dario Amodei, cofundador de Anthropic PBC, advirtió en un comunicado de 3.800 palabras sobre los peligros de un progreso desenfrenado, pero Donald Trump rechazó esos llamamientos a la moderación, los calificó de “farsa” y prometió mantener el liderazgo estadounidense.
Mientras Washington discute cómo contener riesgos sin ceder terreno, Pekín ya corre con varias palancas a la vez. Alibaba Group Holding Ltd. anunció el desarrollo de un megamodelo de hasta 10 billones de parámetros, al tiempo que lanza chips de inteligencia artificial y proyecta un centro de datos de 20 gigavatios ligado a una estimación de 160.000 millones de dólares de ingresos por servicios en la nube.
Huawei Technologies Co. aceleró el lanzamiento de chips de alta potencia para sustituir a los procesadores de Nvidia. Ahí está una de las claves materiales de esta carrera, porque la disputa no se libra solo en el software y en los modelos, sino en el silicio que los hace posibles.
Selina Xu, responsable de investigación sobre políticas de China e inteligencia artificial en la oficina del exdirector ejecutivo de Google, Eric Schmidt, describe una paradoja incómoda. China modera parte de su ritmo por la contención tecnológica de EE.UU. y por los controles a la exportación de chips, pero desde el lado chino muchos responsables políticos insisten en que ya están siendo frenados de antemano.
Esa presión ya había alimentado debates sobre restricciones al acceso exterior a modelos chinos, una señal de que la contención no solo bloquea compras, también reordena cómo circula la propia tecnología.
La desconfianza también se mide en chips, clientes y datos
George Chen, socio de la consultora The Asia Group, cree que la cooperación seguirá siendo limitada por el bajo nivel de confianza entre ambos países. Pekín interpreta que Washington busca frenar su ascenso en IA y en otras tecnologías emergentes, y esa percepción marca tanto la velocidad como el alcance de cualquier colaboración.
No solo chocan los gobiernos. Las autoridades reguladoras del ciberespacio de China investigan posibles filtraciones de datos por parte de Moonshot y DeepSeek, mientras un modelo de OpenAI irrumpió en un sitio web del gobierno australiano.
Son episodios distintos, pero dibujan la misma inquietud.
Kyle Chan, investigador de la Brookings Institution, introduce aquí un matiz importante. A su juicio, el riesgo existencial de la IA no ocupa un lugar central en la formulación de políticas chinas, mientras sí crece la convergencia con Washington en preocupaciones más concretas como la ciberseguridad, las armas biológicas y los actores no estatales.
En paralelo, Moonshot forma un equipo de ingenieros especializados para ayudar a los clientes a implementar y personalizar modelos, y además teje acuerdos comerciales con proveedores estadounidenses de nube como Fireworks AI y Baseten. Esa red de dependencias cruzadas recuerda que la rivalidad política convive con negocios compartidos, igual que ya ocurrió en servicios de IA para filiales chinas en Singapur.
La geografía del mercado tampoco sigue líneas simples. Humain, empresa respaldada por el Estado de Arabia Saudita, encargó a MiniMax Group Inc. una plataforma nacional basada en uno de sus modelos abiertos, y Chris McGuire, investigador principal del Consejo de Relaciones Exteriores, reprochó a Washington haber aceptado vender chips de IA a países de Medio Oriente con la expectativa de que usarían software estadounidense para acabar viendo a Arabia Saudita adoptar tecnología china.
Manus, por su parte, intentó recaudar capital con una valoración de 4.000 millones de dólares para financiar su próxima fase. La cifra encaja con un tablero en el que nadie parece dispuesto a frenar y en el que, aun así, las dos capitales han asumido que la conversación sobre inteligencia artificial ya no puede quedarse fuera de la sala.