La inteligencia artificial está transformando la forma en que vivimos, trabajamos y consumimos energía. Pero detrás de cada prompt, cada imagen generada, cada modelo entrenado, hay un coste oculto el gigantesco consumo eléctrico que requiere. Y ahora, ese coste está empujando una revolución silenciosa en uno de los sectores más tradicionales de la energía el nuclear.
El 63% de los inversores globales creen que la demanda de electricidad provocada por la IA no es un pico temporal, sino un cambio estructural en la manera en que planificamos el futuro energético. Ya no se trata solo de alimentar hogares o fábricas. Se trata de alimentar centros de datos que consumen electricidad como si fueran ciudades enteras. Y para muchos, la respuesta está bajo tierra, en forma de uranio.
El resurgir del uranio
Durante años, Occidente vivió cómodo. Los arsenales de la Guerra Fría, desmantelados tras la caída del bloque soviético, inundaron el mercado con uranio secundario. Pero esos inventarios, como viejos tesoros enterrados, se han agotado. Hoy, lo que extraemos de las minas cubre menos del 75% de lo que necesitamos. Hay un déficit. Y no es pequeño.
El mercado del uranio, según Sprott Asset Management, vive a dos velocidades. En la superficie, el precio del uranio físico parece estancado entre 77 y 80 dólares la libra en 2025. Pero bajo esa calma aparente, algo se mueve. Las acciones de las mineras subieron un 40%. Inversores, lejos del ruido mediático, están apostando fuerte.
"aunque 2025 pareció un año estancado para el precio del uranio físico anclado entre los 77$ y 80$, las acciones de las mineras subieron un 40%"
John Ciampaglia, experto de Sprott Radio, lo ve claro las compañías eléctricas están en un punto muerto. No firman contratos nuevos, prefieren quemar reservas. Es como seguir conduciendo con el depósito vacío, confiando en que la próxima gasolinera aparecerá a tiempo.
IA, energía y soberanía tecnológica
Cuando un gigante tecnológico como Google firma un contrato de suministro eléctrico a 20 años con una planta nuclear, no está solo comprando energía. Está bloqueando los electrones más limpios, más estables, para sí mismo. Está asegurando soberanía energética en la era de la inteligencia artificial. Y eso cambia todo.
Google sabe que sus centros de datos no pueden depender de fuentes intermitentes. Necesitan electricidad constante, 24 horas al día. Por eso adquirió Intersect Power por 4.750 millones de dólares para controlar la fuente, no depender de ella.
Y no es el único. Empresas como VivoPower están invirtiendo en Arabia Saudita y Emiratos Árabes para construir infraestructuras de cómputo con energía propia, generada detrás del contador. La fábrica del futuro tendrá su propia central nuclear, o al menos su propio reactor pequeño.
El auge de los reactores modulares
El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ya lo llama una alianza estructural la relación entre IA y energía nuclear. Y en el centro de esa alianza están los reactores modulares pequeños (SMR). Son como contenedores nucleares se fabrican en serie, se transportan, se instalan. Y lo mejor puedes ir añadiendo más conforme crezca tu demanda de cómputo.
Esta flexibilidad es clave. En lugar de construir una central nuclear cada veinte años, las tecnológicas pueden escalar su poder energético al ritmo de sus servidores. El SMR es la respuesta al crecimiento exponencial de la IA modular, limpia y constante.
"Está bloqueando los mejores electrones limpios para beneficio privado" - Analista de OilPrice, sobre los acuerdos de grandes tecnológicas con centrales nucleares
China, el gigante silencioso
Mientras Occidente debate, China construye. Entre diez y once reactores nucleares al año. La mitad de todos los reactores en construcción en el mundo están en territorio chino. Según la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), China superará a Francia en capacidad nuclear en 2026 y a Estados Unidos en 2030.
Pero el secreto de su ventaja no está solo en la velocidad. China produce el 100% de sus equipos nucleares. No depende de nadie. Lidera la cuarta generación de reactores, con tecnologías de alta temperatura y modulares. Y ya está desarrollando métodos para extraer uranio del mar, una fuente casi ilimitada.
En Occidente, en cambio, gran parte del proceso de enriquecimiento de uranio aún depende de intereses estatales rusos. Una dependencia estratégica incómoda en tiempos de tensiones geopolíticas.
El cuello de botella humano
Hay un problema que no se ve en los gráficos ni en los balances energéticos la escasez de ingenieros y especialistas nucleares. Durante años, se dijo que la energía nuclear estaba muerta. Las universidades redujeron sus programas. Las nuevas generaciones eligieron otras carreras. Ahora, cuando más se necesitan, faltan.
Reabrir minas, construir reactores, gestionar redes nucleares requiere personas. Y esas personas no se forman en un año. Se necesitan décadas. Y eso, en un mundo que quiere respuestas ya, es un freno brutal.
El precio del futuro
Las previsiones apuntan a que el uranio alcanzará entre 100 y 120 dólares la libra en 2026. Pero hay un dato clave se necesitan al menos 135 dólares para que sea rentable reabrir minas y obtener permisos ambientales. Y esos procesos pueden tardar hasta diez años.
Esto significa que lo que decidamos hoy sobre energía, inversión y formación, determinará si tendremos luz para nuestras inteligencias artificiales en 2035. No es solo una cuestión técnica. Es una apuesta por el futuro.
La energía nuclear ya no es solo una opción para reducir emisiones. Es una necesidad para alimentar el cerebro digital del planeta. Y mientras debatimos sobre riesgos y residuos, la máquina ya está pensando. Y pidiendo más electricidad.