El metal ha cambiado de bando. Durante años, el titanio se alzó como el símbolo del lujo en los móviles de gama alta. Liviano, resistente, con un brillo casi quirúrgico, parecía el material definitivo para los teléfonos más caros. Pero ahora, de forma casi simultánea, Apple y Samsung han decidido dar un paso al costado. El iPhone 17 Pro y el Galaxy S26 Ultra, los buques insignia de ambas compañías, abandonan el titanio para volver al aluminio. Y no es un retroceso. Es una evolución forzada por el calor.
El calor que no se ve, pero se siente
Los procesadores de hoy no son solo rápidos. Son hambrientos. Con configuraciones que alcanzan los 16 GB de RAM y capacidades de cómputo que superan algunos ordenadores de sobremesa, los móviles modernos ya no solo reaccionan, anticipan. La inteligencia artificial, aunque no requiera tanta potencia bruta como se cree, necesita mucha memoria para funcionar bien. Y gestionar esos datos en tiempo real genera calor. Mucho calor.
Los fabricantes enfrentan un dilema más rendimiento equivale a más temperatura. Y en dispositivos tan compactos, el calor se acumula con facilidad. Se ha llegado a casos en los que los móviles podían llegar a quemar en mano. No es una metáfora. Es un riesgo real que obliga a repensar cada milímetro del diseño. El titanio, por muy noble que sea, no disipa bien el calor. El aluminio, en cambio, es un excelente conductor térmico. Y eso marca la diferencia.
Un regreso con propósito
El aluminio ha vuelto, y todo apunta a que llega para quedarse. Pero no es el mismo aluminio de hace una década. En el iPhone 17 Pro Max, Apple ha rediseñado por completo el chasis, no solo para integrar mejor los componentes, sino para transformar el propio cuerpo del teléfono en un sistema de refrigeración activa. Hay algo que comparten tanto el nuevo Galaxy S26 Ultra como el iPhone 17 Pro Max ambos tienen los mayores sistemas de disipación jamás incorporados en sus familias.
Estos no son ventiladores ni líquidos refrigerantes. Son estructuras internas, láminas conductivas, canales térmicos que distribuyen el calor de forma eficiente. Es ingeniería silenciosa, oculta bajo una carcasa que ahora prioriza el funcionamiento sobre el brillo metálico.
El precio del rendimiento
Además del calor, está el costo. Producir móviles en titanio es más caro. Mucho más. Y en un momento en el que la RAM y la memoria interna están en máximos históricos por la crisis global de componentes, las marcas tienen que tomar decisiones. Cambiar el material del chasis es uno de los pocos recortes que pueden hacerse sin afectar a la experiencia bruta con el teléfono.
Pero no es solo economía. El titanio, aunque resistente a los golpes, mostró un problema inesperado el desgaste prematuro. Los nuevos iPhone 17 Pro han evidenciado rayaduras y marcas con más facilidad que sus predecesores, especialmente en los bordes. Un fallo estético que afecta a la percepción de calidad. El aluminio, tratado con nuevos procesos anodizados, puede ofrecer un acabado más duradero, más consistente.
La IA no se ve, pero calienta
La revolución no está en la cámara o en la pantalla. Está en lo que pasa detrás. Las mejoras en cámara pasan más por el rediseño de algoritmos y no tanto por IPS cada vez más potentes. La IA procesa imágenes en tiempo real, mejora el enfoque, elimina ruido, simula profundidad. Todo eso requiere memoria, no solo velocidad. Y la RAM se ha convertido en el nuevo campo de batalla.
Los juegos móviles también han cambiado. Ya no son simples pasatiempos. Algunos títulos alcanzan una calidad visual cercana a los juegos triple AAA de consola. Y eso, en un dispositivo que cabe en la palma de la mano, genera estrés térmico extremo. El aluminio no es una moda. Es una necesidad física.
El futuro es ligero, frío y eficiente
Estamos en una encrucijada donde el diseño ya no responde solo a la estética. Responde al calor, a la eficiencia, a la durabilidad. El paso de Apple y Samsung no es un retroceso tecnológico, sino un ajuste inteligente. El aluminio, relegado durante años al segmento medio, vuelve al trono de la gama alta por méritos propios.
Quizá dentro de unos años miremos atrás y entendamos que el titanio fue un paréntesis. Un experimento de lujo que el progreso terminó por descartar. Porque al final, no importa si un móvil brilla más. Lo que importa es que no te queme las manos mientras piensa por ti.