Comprar un móvil hoy no debería ser una carrera armamentista. Sin embargo, cada año, las fichas técnicas se inflan como si el rendimiento fuera la única medida de progreso. Procesadores más veloces, más núcleos, más RAM. Pero ¿para qué? ¿Realmente necesitamos todo eso para mandar mensajes, ver series o hacer una videollamada?
El rendimiento ya no es el rey
Desde hace años, el rendimiento de los móviles dejó de ser un problema para la mayoría de los usuarios. Cualquier gama media de los últimos tres años te va a permitir usar con solvencia mensajería, redes sociales o navegar por internet. No es un optimismo barato es una constatación técnica. Los chips actuales son tan potentes que las tareas cotidianas apenas les hacen sudar.
El verdadero cuello de botella ya no está en los procesadores. El cuello de botella es otro puede ser la cámara, la gestión térmica o la batería y sus prestaciones, porque el rendimiento es un problema resuelto hace años en los móviles. Es curioso cómo, mientras los fabricantes anuncian saltos de rendimiento del 30%, los usuarios apenas notan la diferencia. En cambio, sí notan un teléfono que se calienta al usar el GPS o que no aguanta todo el día con carga.
El precio sigue subiendo, pero ¿por qué?
El rango entre 300 y 500 euros es donde muchos expertos señalan que está el punto óptimo hoy. En esa horquilla, puedes encontrar dispositivos que cumplen con creces con un uso normal, e incluso con cierto exigencia. Pero hay una tendencia clara los precios ascienden, y no precisamente por mejorar lo que más importa al usuario medio.
El responsable principal de esta escalada está en componentes como la memoria o el almacenamiento. Tanto es así que algunos modelos ya anuncian con orgullo lo que antes era básico la trágica noticia de recuperar los 4GB de RAM. Suena a broma, pero no lo es. Incluso con esa vuelta atrás aparente, los móviles siguen aumentando su coste, porque detrás hay una revolución silenciosa el chip del teléfono está más caro que nunca.
El precio del progreso ¿quién paga la cuenta?
Qualcomm, el fabricante que equipa la mayoría de los móviles Android premium del mercado, está a punto de lanzar su próximo buque insignia. Según los rumores, llegaría en dos versiones una Pro para la gama ultra premium y otra para la gama alta a secas. La diferencia estaría en el tipo de memoria RAM soportada y la configuración de la GPU. Nada menor. Pero lo que realmente llama la atención es el coste los actuales Snapdragon 8 Elite Gen 5 rondan los 280 dólares. Los siguientes, todo apunta a que superarán la barrera de los 300 dólares.
Esto tiene una consecuencia directa para muchos fabricantes, solo adquirir el procesador supondrá un tercio del PVP de sus dispositivos. Y ese coste, como siempre, lo acaba pagando el consumidor. Pero, ¿quién necesita semejante potencia? Tal vez algunos jugadores o entusiastas de la IA móvil. Pero no la mayoría.
Google y la apuesta por la experiencia, no por los números
En este contexto, la estrategia de Google resulta reveladora. Sus procesadores Tensor nunca han estado en el top de rendimiento. Y sin embargo, la compañía sigue ofreciendo siete años de actualizaciones incluso en sus versiones más asequibles. Un hito en un mercado donde dos o tres años de actualizaciones son la norma.
Y luego está el caso del Google Pixel 10A, que mantiene el mismo procesador que su predecesor. Un movimiento que, a primera vista, parece un paso atrás. Pero que, en contexto, puede leerse como un acto de coherencia.
"Tuvimos que tomar decisiones de ingeniería difíciles para mantener ese precio de 549 euros, que hemos conservado durante cuatro generaciones. El chipset forma parte de esa consideración. Sabíamos que aún podíamos ofrecer lo mejor de la IA de Google y la mejor experiencia de cámara con el chip que teníamos; no sentíamos que estuviéramos sacrificando calidad, y aun así seguimos incorporando mejoras importantes." - Toni Urban, Product Manager de Google
El mensaje es claro no se trata de tener el procesador más rápido, sino de ofrecer una experiencia equilibrada. Y en ese equilibrio, factores como la eficiencia energética, la calidad fotográfica o la durabilidad del software pesan más que los puntos en un benchmark.
El verdadero lujo la durabilidad
Si un gama media de un par de años te puede seguir ejecutando tareas normales y corrientes de forma solvente, con un gama alta veterano, mejor todavía. La obsolescencia programada no es técnica, es económica. Raro es encontrar a alguien que renueve un gama alta por otro esgrimiendo razones de desempeño. La mayoría cambia por una pantalla rota, una batería desgastada o la ilusión de algo nuevo.
La industria entera está cambiando. Lo que antes era progreso técnico ahora es sostenibilidad, experiencia de uso, durabilidad. Y en ese cambio, decisiones como la de Google con el Pixel 10A dejan de parecer limitaciones y empiezan a verse como visionarias.
Quizá el verdadero lujo no sea tener el móvil más rápido del mercado, sino uno que te dure años, que no se recaliente, que siga recibiendo actualizaciones y que, sobre todo, no te exija cambiarlo cada dos años. La decisión de Google no solo parece acertada desde un punto de vista del precio, sino también del equilibrio las pruebas de rendimiento pasan a un segundo plano cuando factores como la temperatura o la duración de la batería actúan como limitantes.
Y mientras tanto, el mercado sigue obsesionado con los números. Pero los usuarios, cada vez más, empiezan a mirar hacia otro lado.