Hay una nueva rebelión silenciosa en marcha. No lleva banderas ni consignas, pero se extiende en Madrid, en Valencia, en ciudades donde el ruido de las notificaciones empieza a parecer desquiciante. Gente joven, y no tan joven, paga para sentarse en una habitación sin pantallas, sin música, sin hablar. Solo estar. Respirar. Recordar cómo es no estar conectado.
¿Adicción o uso problemático?
En medio de este giro cultural, Adam Mosseri, director de Instagram, intervino en un juicio sobre el impacto psicológico de las redes en adolescentes. Su declaración fue contundente y reveladora
"Pasar 16 horas al día en la red social de las fotos no es necesariamente una adicción, sino un 'uso problemático', siempre que el usuario perciba valor en ello"
La distinción es sutil, pero crucial. Según Mosseri, si alguien dedica media vida a deslizar fotos, a acumular seguidores, a vivir en el filtro del eterno presente digital, eso no equivale a una adicción clínica. Para él, el criterio clave es la percepción de valor. Si el usuario siente que gana algo, no hay enfermedad, solo exceso.
Lo comparó con una serie de televisión.
"Me he sentido adicto a una serie de Netflix cuando la he visto hasta tarde, pero no creo que sea lo mismo que una adicción clínica"
Una analogía que suena razonable hasta que uno piensa en los adolescentes que duermen cinco horas, con el móvil pegado al oído, alimentando una ansiedad que no entiende de capítulos ni finales.
El precio del silencio
Mientras Mosseri defiende el término "uso problemático", en ciudades como Madrid y Valencia florecen los Clubes Offline. Espacios pagados donde lo más radical que puedes hacer es simplemente estar. Sin mirar el reloj. Sin contestar mensajes. Sin justificar tu existencia con una publicación.
La paradoja no puede ser mayor hoy pagar por desconectarte es un lujo. Y no solo un lujo, también una declaración de intenciones. Una forma de decir no quiero que mi atención sea rentabilizada. No quiero que mi tiempo se convierta en estadística.
Estos clubes no ofrecen masajes ni meditaciones guiadas. Ofrecen algo mucho más escaso quietud. Y en un mundo donde cada segundo de tu atención tiene un precio en dólares publicitarios, el silencio se ha convertido en resistencia.
El regreso del teléfono tonto
Algunos jóvenes van más allá. Han cambiado sus smartphones por dispositivos que apenas hacen llamadas y envían mensajes de texto. Los llaman "dumbphones", teléfonos tontos. Pero quizás sean, en realidad, los más inteligentes.
Estos aparatos no tienen redes sociales. No tienen notificaciones. No tienen infinito scroll. Y precisamente por eso, devuelven algo que parecía perdido la sensación de control sobre tu propio tiempo.
Es un movimiento que recuerda al auge de los libros de papel tras la explosión del e-book. O al resurgir del vinilo en plena era del streaming. A veces, lo antiguo no es obsoleto. Es un antídoto.
El cerebro que se desconecta rejuvenece
Un estudio reciente arrojó una cifra que suena a ciencia ficción dos semanas sin internet en el móvil pueden hacer que el cerebro parezca hasta 10 años más joven. No es magia. Es neuroplasticidad.
Nuestro sistema nervioso no está diseñado para el bombardeo constante de estímulos. Cada notificación, cada vibración, cada aviso rojo en la pantalla activa circuitos de alerta que, a largo plazo, agotan. El estrés crónico no solo afecta al ánimo. Deja huella en la estructura misma del cerebro.
Desconectar no es un capricho ni una moda. Es una necesidad biológica. Como dormir. Como respirar. Como caminar bajo un cielo sin wifi.
¿Qué valoramos realmente?
La pregunta que queda flotando, tras las declaraciones de Mosseri y el auge de los espacios offline, es simple ¿qué significa percibir valor?
¿Es valor acumular likes? ¿Es valor estar disponible las 24 horas? ¿Es valor no desconectarse nunca?
O, por el contrario, ¿el verdadero valor está en poder elegir cuándo estar dentro y cuándo fuera? En saber que tu atención te pertenece. En poder sentarte en una habitación, en silencio, y no sentir que estás perdiendo el tiempo?
Quizás el mayor lujo del siglo XXI no sea viajar en primera clase ni tener un apartamento con terraza. Quizás sea simplemente vivir sin prisa. Sin pantallas. Sin sentir que cada segundo debe rendir cuentas.