Casi todos los días, al levantarnos, hacemos lo mismo. Buscamos el móvil. Lo desbloqueamos. Revisamos mensajes. Abrimos el correo. Comprobamos las redes. Y todo antes de salir de la cama. Esta rutina ya no es una anécdota, es un reflejo del mundo en el que vivimos. Un mundo donde el teléfono móvil no es solo un dispositivo, sino la puerta principal a la vida digital. Y según un estudio reciente, el 98% de los adultos en España ya usa el móvil para conectarse a Internet. Casi todos. Como si fuera un miembro extra del cuerpo.
El móvil como extensión del yo
El teléfono ya no es un medio para llamar. Las llamadas, de hecho, ocupan menos de una hora al día para el 57% de la población. En cambio, el 58% pasa más de sesenta minutos navegando, el 50% chateando por mensajería y el 47% en redes sociales. El móvil ha dejado de ser un instrumento de comunicación para convertirse en el centro de gravedad de nuestras actividades cotidianas. Es nuestra agenda, nuestro banco, nuestra brújula, nuestra fuente de noticias, nuestro entretenimiento. Es, en muchos sentidos, nuestro segundo cerebro.
Y no es casualidad que el 78% de los adultos lo considere su dispositivo principal para acceder a Internet. Frente a él, el portátil y el ordenador de sobremesa parecen reliquias de otra era, con solo 9% y 8% respectivamente. La tablet apenas roza el 3%. El triunfo del móvil es abrumador. Es el dispositivo más íntimo y accesible, siempre a mano, siempre encendido.
Conectados sin parar
El 94% de los adultos se conecta a Internet todos los días. Pero hay más. El 39% reconoce estar en línea "todo o casi todo el tiempo". Una cifra que suena a adicción, pero también a dependencia. No estamos hablando de adolescentes pegados a los videojuegos. Estamos hablando de adultos, trabajadores, padres, profesionales. La conexión permanente ha dejado de ser una opción y se ha convertido en una condición de vida.
Y aunque esta hiperconexión trae beneficios, también genera tensiones. La gente busca información constantemente el 95% lo hace con frecuencia. Usa mensajería instantánea, correo, bancos online, GPS. El 82% gestiona sus finanzas por Internet. El 81% confía en el GPS para no perderse. Pero al mismo tiempo, hay una creciente sensación de agotamiento. De sobrecarga. De estar siempre disponibles, siempre reaccionando.
La paradoja de la competencia digital
Si estamos todos tan conectados, ¿somos todos expertos digitales? No. Apenas un 33% de los encuestados se considera con un nivel alto o muy alto de habilidades digitales. Y un 25% se sitúa en el nivel más bajo. Hay una brecha profunda entre el uso intensivo de la tecnología y la comprensión real de cómo funciona.
Este desfase es más evidente entre generaciones. Más de dos tercios de los jóvenes se ven competentes. Pero en los grupos de mayor edad, esa confianza cae de forma drástica. Y eso tiene consecuencias. Porque usar una app no es lo mismo que entender sus riesgos. Porque chatear no implica saber cómo se usan los datos. Porque estar en redes no significa que uno controle su privacidad.
El interés y la desconfianza
La gente está interesada en tecnología. Tanto que le pone un 7,1 sobre 10. Pero se siente informada solo con un 6,0. Hay curiosidad, pero también desfase entre lo que nos gusta y lo que entendemos. Y ese vacío alimenta preocupaciones que alcanzan cotas muy altas.
La privacidad, por ejemplo, preocupa con una media de 8,2. La seguridad, 8,3. El acoso en redes, 8,5. La idea de que la tecnología cambia demasiado rápido, 8,4. Y el aislamiento, ese fantasma que nos acecha incluso cuando estamos rodeados de pantallas, roza el 7,8. No estamos solos, pero nos sentimos solos. Estamos conectados, pero desvinculados.
Tecnología y vulnerabilidad
Entre las herramientas más emergentes, las de inteligencia artificial como ChatGPT o Gemini ya son usadas por el 43% de forma habitual. Un dato que muestra que la revolución no es futura. Es ahora. Pero también plantea dudas. ¿Quién controla estas herramientas? ¿Qué tan fiable es la información que generan? ¿Cómo afectan a la educación, al trabajo, a la creatividad?
Y en ese contexto, la sociedad pide límites. El 86% de los españoles cree que debería prohibirse el uso del móvil durante toda la jornada escolar en primaria. El 60% lo apoya en secundaria. Y el 77% está muy de acuerdo entre 8 y 10 sobre 10 con prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años. No es rechazo a la tecnología. Es una llamada a la responsabilidad. Es la conciencia de que no todo debe estar al alcance de todos en todo momento.
El equilibrio que necesitamos
La tecnología facilita la vida. Esa afirmación recibe un 7,7 sobre 10. Pero también se siente como algo que nos desborda. Como si, mientras nos hace la vida más fácil, nos robara algo esencial el tiempo, la atención, la calma. El exceso de información, la publicidad, el acceso de las autoridades a nuestros datos, todo ello genera un malestar sordo que late bajo la superficie de cada notificación.
Estamos ante una paradoja nunca tuvimos tanto poder en la palma de la mano, pero nunca nos sentimos tan vulnerables. Tenemos el mundo al alcance de una pantalla, pero también el mundo entero mirando lo que hacemos. Quizá el desafío no sea desconectarnos, sino aprender a conectar con sentido. Con criterio. Con humanidad. Porque al final, la tecnología no es buena ni mala. Es un espejo. Y lo que vemos en ella, somos nosotros.