Tras la pandemia, algo cambió en la manera en que habitamos. Muchos abandonaron las ciudades, buscando espacios más amplios, aire libre, tranquilidad. Familias enteras empaquetaron sus vidas en mudanzas rurales, motivadas por la falta de espacio para los críos en una gran ciudad o por las ganas de huir de todo lo relacionado con tener vecinos. Ironía del destino: hoy, en lugar de escapar de ellos, los vigilamos, los juzgamos, los grabamos. Y lo hacemos desde el sofá, con el móvil en la mano, en aplicaciones que prometían unir comunidades y que, sin embargo, han encendido una guerra silenciosa entre puertas.
El visillo digital
Hubo una época en la que la vecina de enfrente era una figura casi mítica. La vieja del visillo, aquella que observaba desde su ventana, murmuraba en el portal, advertía sobre el coche mal aparcado o sobre el niño que saltaba en el trampolín del jardín. Era una presencia incómoda, pero limitada. Su alcance no iba más allá del rellano. Hoy, esa vigilancia ha mutado. Se ha digitalizado. Se ha multiplicado. Ya no necesita visillos. Basta con una cámara en la puerta y un grupo en una app para que cualquier ruido, cualquier basura, cualquier malentendido, se convierta en un caso colectivo.
La Generación Z, que creció en redes sociales, ha adoptado con entusiasmo aplicaciones como Nextdoor. Un espacio que promete fortalecer lazos vecinales, compartir información útil, organizar eventos locales. Pero la realidad es más compleja. El 70% de los mensajes allí no hablan de fiestas de barrio ni de trueques de herramientas. Se centran en alertas de seguridad infundadas, quejas por ruido o suciedad, y todo ello acompañado de un dedo acusatorio que antes solo existía en la imaginación colectiva. El miedo, amplificado por el algoritmo, ha sustituido a la convivencia.
Del papel al pasivo agresivo
Antes, si había un problema, se dejaba una nota en el ascensor. Un papelito sujeto con chincheta. A veces educado, a menudo frustrado. Hoy, esa nota ha mutado. Ya no es un mensaje privado. Es un mensaje público, registrado, viralizable. Se envía en grupos de WhatsApp, se comparte en redes, a veces con fotos o vídeos de vecinos grabados sin su conocimiento. Las mirillas digitales y las cámaras de seguridad apuntan ahora al rellano, no solo para prevenir robos, sino para documentar cada movimiento. El espacio común se ha convertido en un escenario de vigilancia permanente.
Y lo más curioso: un estudio de la Universidad de Houston demostró que las personas que usan estas aplicaciones perciben un nivel de inseguridad tan alto como aquellas que no las usan, independientemente de los índices reales de delincuencia. Es decir, la tecnología no aumenta la seguridad, sino la percepción del peligro. El miedo no viene del entorno, viene de la pantalla. De un mensaje que circula. De una cámara que graba. De un grupo que se enciende.
Cuando el vecino se vuelve viral
Las quejas que antes se quedaban en el rellano ahora pueden terminar en TikTok. Cuentas dedicadas a los lios de vecinos cosechan miles de seguidores. Un ruido en mitad de la noche, una bicicleta mal aparcada, una discusión en el portal: todo puede convertirse en contenido. La intimidad del conflicto vecinal se ha convertido en espectáculo público. La Generación Z no solo vive el conflicto, lo narra. Y lo hace con guion, edición y comentarios.
Pero hay un coste. La Agencia Española de Protección de Datos ha registrado un repunte en demandas y sanciones por incluir a vecinos en grupos sin su consentimiento o por difundir material privado grabado con cámaras. La línea entre denuncia y difamación se ha vuelto difusa. Entre seguridad y acoso, apenas hay un clic.
¿Construimos comunidad o ruina?
Las herramientas digitales podrían haber sido un puente. Un modo de recuperar la cercanía que se perdió en las ciudades verticales. Pero en muchos casos, han funcionado como espejos deformantes. Amplifican lo negativo, silencian lo positivo. Prometen conexión, pero alimentan la desconfianza. La tecnología no es mala. Las apps tampoco. Pero sin filtros éticos, sin autocensura, sin empatía, se convierten en trincheras. Y al final, no importa si vives en un piso de Barcelona o en una casa de campo. Si tu vecino es una amenaza digital, la paz sigue estando lejos.
Quizá lo que necesitamos no sea una app mejor. Sino una mirada distinta. Menos dedo acusatorio. Más diálogo. Menos visillos. Más puertas abiertas.