Está cayendo la mundial. Así, sin eufemismos, lo describía un vecino de Alicante mientras el cielo se desplomaba sobre la ciudad. No era una exageración. En la madrugada del 10 de marzo, una DANA depresión aislada en niveles altos se desprendió de la corriente general del tiempo, como un iceberg que se separa de su glaciar, y se instaló entre Andalucía oriental y el mar de Alborán. En cuestión de horas, su núcleo se desplazó hacia la provincia de Alicante, transformando el paisaje en un escenario de tormentas eléctricas, rachas de viento inesperadas y lluvias torrenciales que no daban tregua.
Una DANA pequeña pero feroz
El tamaño de esta DANA es pequeño, casi escurridiza, pero eso no la hace menos peligrosa. Al contrario. Su dimensión reducida significa que una mínima desviación en su trayectoria puede desplazar las precipitaciones intensas de una comarca a otra en cuestión de kilómetros. Lo que para un pueblo supone inundaciones repentinas, para otro puede ser apenas un chubasco. Esta imprevisibilidad añade estrés a una situación ya de por sí tensa. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) prevé acumulados entre 30 y 50 mm en Murcia y Alicante, con zonas puntuales que podrían superar los 80 mm en solo seis horas. Son cifras que, en contextos urbanos con drenajes saturados, pueden provocar anegamientos, cortes de tráfico y emergencias locales.
Estas lluvias no llegan en un vacío climático. Se inscriben en una primera semana de marzo extremadamente inestable, marcada por borrascas sucesivas, episodios de calima que tiñen el cielo de naranja y, ahora, esta DANA. El sudeste peninsular, en concreto la cuenca del Segura, es la más afectada del país, seguida de cerca por la cuenca del Júcar y las cuencas mediterráneas andaluzas. Tras unas lluvias abundantes en enero que parecieron prometer respiro, los meses siguientes dejaron a estas regiones prácticamente secas. Ahora, el agua vuelve con fiereza, como si el clima quisiera saldar una deuda climatológica de un solo golpe.
Sombras en el paisaje emocional
Pero el impacto no es solo hidrológico. Hay un rastro invisible que dejan estas tormentas el miedo. En las zonas afectadas por la DANA de 2024, se registra un dato escalofriante hasta un 30% de los niños presentan problemas de sueño. Miles de personas, adultos y menores, sufren ecoansiedad, esa angustia creciente ante la inminencia de fenómenos climáticos extremos. No es solo temor al agua, sino al caos que trae consigo al desorden, a la interrupción de la rutina, a la posibilidad de perder lo poco que se tiene.
La proximidad de las Fallas añade una dimensión social y emocional única a esta situación. En una región donde la fiesta es memoria, identidad y economía, la amenaza de nuevas lluvias intensas genera preocupación colectiva. Las comparsas han trabajado meses construyendo sus monumentos. Las calles ya están engalanadas. El reloj cuenta hacia atrás. Y el cielo, imprevisible, parece tener otros planes. No es solo cuestión de mojarse; es la posibilidad de que el esfuerzo comunitario se vea truncado por el clima.
El dedo del cambio climático
Lo más inquietante es que este tipo de fenómenos ya no pueden entenderse sin mirar hacia el calentamiento global. Un reciente trabajo conjunto de la AEMET y la Universidad de Valladolid concluye algo contundente sin el cambio climático, la DANA de 2024 habría sido mucho más improbable. No se trata de decir que no habría ocurrido, sino que las condiciones que la han hecho posible la temperatura del mar, la inestabilidad atmosférica, la energía disponible en la troposfera han sido amplificadas por el aumento de las temperaturas globales.
Las DANAs no son nuevas, pero sí lo es su frecuencia e intensidad en contextos que antes eran más estables. Y aunque esta sea pequeña, su potencial destructivo se multiplica en entornos urbanos mal preparados, en cuencas sobreexplotadas y en poblaciones emocionalmente fragilizadas por años de alertas, inundaciones y noticias climáticas desfavorables.
La nieve, por cierto, podría hacer acto de presencia por encima de los 900 metros. Un guiño invernal en pleno inicio de primavera. Otro síntoma de un tiempo que ya no sigue los calendarios, sino las lógicas turbulentas de un planeta desequilibrado. Mientras tanto, en Alicante, sigue lloviendo. Y en cada gota, hay más que agua. Hay historia, hay miedo, hay futuro.