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Noventa y seis millones de bolas negras flotando sobre un embalse parecen una imagen sacada de una distopía doméstica. En agosto de 2015, Los Ángeles convirtió esa imagen en una solución de emergencia al cubrir unas 70 hectáreas del embalse de Sylmar con esferas de plástico para proteger el agua potable en plena sequía de California.
Los Ángeles eligió una barrera negra porque la luz también contaminaba el agua
El problema no era solo la evaporación.
La luz solar podía transformar los bromuros presentes en el embalse en bromato, un compuesto indeseado en el agua potable. Para frenar ese proceso, la ciudad optó por una cobertura capaz de bloquear el 95 % de la radiación solar y, de paso, reducir el crecimiento de algas y la necesidad de cloro.
Cada esfera medía diez centímetros de diámetro y estaba fabricada con polietileno de alta densidad y negro de carbono. La intervención costó 34,5 millones de dólares, una cifra muy por debajo de la alternativa que quedó descartada, unas grandes cubiertas flotantes presupuestadas en al menos 300 millones.
Antes de Sylmar, la ciudad ya había probado el sistema en otros embalses
Ya en 2008, Los Ángeles había ensayado esta misma idea en los embalses de Ivanhoe, Elysian y Upper Stone Canyon.
Aquel antecedente ayuda a entender que Sylmar no fue un gesto improvisado, sino la ampliación de una tecnología que la ciudad ya conocía. La pregunta es otra y apareció después, cuando la solución empezó a medirse no solo por lo que ahorraba sobre la superficie, sino también por lo que había costado producirla.
El ahorro tardó años en compensar el agua gastada para fabricar las bolas
En julio de 2018, un equipo del MIT, el Imperial College de Londres y la Universidad de Twente llevó esa cuenta en un estudio publicado en Nature.
Los investigadores estimaron que fabricar las 96 millones de bolas consumió entre 250 millones y 2.900 millones de litros de agua. El escenario de referencia del trabajo situó esa huella en 2,9 millones de metros cúbicos, frente a un ahorro estimado de 1,7 millones de metros cúbicos durante el periodo de sequía analizado.
Dicho de otro modo, la operación no empezó ahorrando agua desde el primer día. El sistema necesitaba unos dos años y medio para compensar su huella hídrica inicial, una paradoja incómoda para una intervención nacida precisamente para proteger un recurso escaso.
La cuenta técnica encaja, pero 2026 devuelve el proyecto a examen
Las bolas tenían una vida útil prevista de al menos diez años.
Ese dato coloca el foco sobre 2026, porque obliga a pensar en retirada, reciclaje y sustitución periódica ante la posible pérdida de integridad estructural. El Departamento de Agua y Energía de Los Ángeles contemplaba ese ciclo de mantenimiento, aunque hoy no hay información oficial confirmada sobre el grado de deterioro, la cantidad sustituida ni el calendario de renovación del embalse de Sylmar.
Ahí está la tensión que deja esta historia. Una solución concebida para ahorrar agua, bloquear el 95 % de la luz solar y evitar un gasto mucho mayor que los 300 millones de las cubiertas flotantes llega a su fecha crítica sin datos oficiales que permitan saber cuántas de aquellas 96 millones de esferas siguen haciendo exactamente el trabajo para el que fueron lanzadas.